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Prosperar según el código postal

La palabra marcará los discursos electorales hasta el 29 de noviembre, pero el verdadero reto será convertirla en oportunidades laborales, vivienda accesible y servicios públicos para los territorios olvidados

La Junta resuelve todas las solicitudes de ayudas de jóvenes agricultores en Andalucía.

La Junta resuelve todas las solicitudes de ayudas de jóvenes agricultores en Andalucía.JUNTA DE ANDALUCÍA

Javier Dorado

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La palabra de esta campaña ya está elegida: prosperidad. La oiremos en mítines, debates y entrevistas hasta el 29 de noviembre. Antes de que se desgaste de tanto usarla, merece la pena detenerse un momento en ella.

Se suele explicar que próspero viene del latín pro spe: "conforme a la esperanza". Prosperar sería, entonces, que las cosas salgan como uno espera. No que salgan bien en abstracto ni en la media nacional, sino como cada uno espera. Me parece la mejor definición posible para una campaña, porque nos obliga a cambiar la pregunta. Lo importante no es solo cuánto crece el PIB. Es si los españoles pueden tener una expectativa razonable de desarrollar su vida en el lugar donde viven y quieren seguir viviendo.

El problema es que hoy la respuesta depende del código postal. Un país que obliga a la gente a escoger entre su tierra y su futuro puede crecer mucho, pero no es próspero. Es un país que solo prospera en unos pocos sitios: además de injusto, desperdicia lo que tiene.

Durante décadas hemos aceptado una inercia que casi nadie discute: todo tiende a concentrarse en las ciudades. El empleo cualificado, la universidad, el hospital de referencia, la inversión, las oportunidades... y aun así nos hacemos los sorprendidos de que las conurbaciones no den abasto. Pero esa inercia no es una ley de la naturaleza. Es el resultado de decisiones, y las decisiones se pueden cambiar. Hace falta valentía para mirar el problema de frente.

Pensemos en lo que necesita alguien para que su vida pueda ir "conforme a la esperanza" fuera de una gran ciudad.

Necesita un trabajo, y casi siempre dos, porque las parejas no se mudan a medias. Eso significa cadenas de valor que vuelvan a dar empleo cualificado en el territorio: alimentación, fibras, energía, gestión forestal, turismo con raíces. Significa también pagar a quien cuida el monte y el campo, porque ese trabajo nos ahorra a todos cada verano mucho más de lo que cuesta. Significa administración descentralizada, incentivos a la industria y proyectos energéticos que dejen la riqueza donde se instalan y tiren de otras actividades.

Necesita una casa. Y aquí está una de las grandes paradojas de esta campaña: hablaremos semanas del problema de la vivienda mientras miles y miles de casas siguen cerradas en pueblos donde hay gente que querría vivir. No faltan techos. Faltan las razones para habitarlos y un camino sencillo para rehabilitarlos.

Necesita servicios que no se vayan: una escuela que no cierre el año que viene, un médico estable y una conexión que permita trabajar desde cualquier sitio.

Necesita un bolsillo que no dependa de la próxima crisis. Un campo que produce parte de su energía con lo que ya tiene (la biomasa del monte, los restos agrícolas, el sol) es un campo menos vulnerable y más rentable. Una industria pesquera que no se vea cada pocos años en la cuerda floja por el juego de las cuotas es una costa que fija población todo el año.

Y necesita algo más difícil de presupuestar: el valor de que lo que cuida hoy servirá mañana. Que el monte limpio, la tierra trabajada y la casa rehabilitada serán un legado y no una carga para sus hijos y quienes tengan la virtud de disfrutar lo conseguido.

Nada de esto pertenece a un partido. La prosperidad, entendida así, debería ser un terreno común a sembrar por todos. Y precisamente por eso corre el riesgo de no aparecer en ningún debate.

Este verano se planteó en el Congreso una propuesta para remunerar a agricultores y ganaderos por su contribución a la descarbonización. Es una buena idea, y lo sería independientemente de quién la impulse. Ojalá genere consenso y sirva de base para avanzar en políticas cada vez más ambiciosas y eficaces.

Todo esto, además, tiene una virtud poco frecuente: lo que se hace por el conjunto del territorio también alivia a las ciudades. Cada familia que puede prosperar en un pueblo es un alquiler menos presionado, un atasco menos y un terreno mejor cuidado.

Así que propongo tres preguntas para cualquier candidato que pronuncie esa palabra antes del 29 de noviembre. ¿Cuánto va a pagar a quien cuida y limpia las rías, el monte y el campo? ¿Qué va a hacer para que la industria vuelva a las comarcas que se están vaciando? ¿Qué ministerio y organismos del Estado van a salir de Madrid hacia otras provincias para que el poder no quede concentrado en unos pocos kilómetros?

Si al acabar la campaña nadie las ha contestado, sabremos que nos han prometido crecer, no prosperar.

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