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Un destino para vivir. Un destino para visitar.

El crecimiento turístico debe gestionarse priorizando el valor sobre el volumen para garantizar viviendas asequibles, mejores infraestructuras y una prosperidad compartida sin perjudicar la calidad de vida de los residentes

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Publicado por
Agustín Almodóbar Barceló
Senador por Alicante
​Portavoz de Turismo del Grupo Popular

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Una ciudad no deja de ser el hogar de sus vecinos cuando llegan los turistas.

Sus calles, sus viviendas, sus comercios, sus colegios y sus centros de salud siguen siendo los mismos. Lo que cambia es la intensidad con la que se utilizan, las necesidades que deben atenderse y las oportunidades que se generan.

Ahí reside uno de los grandes desafíos del turismo español: conseguir que nuestros destinos sigan siendo lugares extraordinarios para visitar sin dejar de ser buenos lugares para vivir.

Sin embargo, algunos han llegado a contraponer a residentes y turistas como si sus intereses fueran incompatibles. Como si tuviéramos que elegir entre defender nuestra industria turística o proteger la calidad de vida de quienes residen en nuestros destinos.

No deberíamos aceptar esa falsa disyuntiva. El turismo no puede construirse de espaldas a quienes viven en los destinos, pero tampoco podemos resolver los problemas de nuestros pueblos y ciudades dando la espalda a una actividad que sostiene buena parte de su economía.

España es una de las grandes potencias turísticas del planeta gracias al esfuerzo de generaciones de empresarios, trabajadores y familias que transformaron nuestras extraordinarias condiciones naturales, culturales y humanas en oportunidades de prosperidad.

En mi libro, Turismo. El oro silencioso que sostiene a España, he querido reivindicar esa historia colectiva de modernización, apertura internacional y progreso. Pero también debemos mirar hacia delante: los destinos turísticos no son escenarios preparados exclusivamente para recibir visitantes. Son lugares donde viven personas, donde nuestros hijos van al colegio y donde se construyen proyectos de vida.

El pasado fin de semana, Alberto Núñez Feijóo planteaba en una entrevista una reflexión especialmente relevante: aquellos destinos que han alcanzado determinados límites deben avanzar hacia un crecimiento basado en el valor y no exclusivamente en el volumen.

Es una tesis que llevo tiempo defendiendo, tanto en mi libro como en entrevistas y encuentros con representantes de nuestra industria.

Crecer en valor no significa únicamente atraer visitantes con mayor capacidad de gasto. Significa generar más prosperidad, mejores oportunidades laborales, empresas más competitivas y beneficios más visibles para los residentes. Significa apostar por la calidad, la formación, la innovación y la modernización.

Y conviene aclarar algo: apostar por el valor no significa renunciar al crecimiento ni establecer límites indiscriminados a nuestra actividad turística. Significa gestionar mejor, aprovechar nuestras fortalezas y conseguir que el turismo genere mayores beneficios económicos y sociales sin comprometer la calidad de vida de los residentes.

Además, España no tiene una única realidad turística. Hay destinos maduros que necesitan renovarse y otros, especialmente en el interior y el medio rural, con un enorme potencial para generar empleo y combatir la despoblación. No podemos aplicar soluciones idénticas a realidades diferentes ni frenar oportunidades de desarrollo donde todavía existen condiciones para aprovecharlas.

El principio, sin embargo, debe ser común: el éxito turístico ha de traducirse en progreso para el territorio y bienestar para sus habitantes.

Para conseguirlo hacen falta decisiones concretas. Empezando por la vivienda.

Miles de trabajadores de nuestros destinos turísticos encuentran enormes dificultades para residir cerca de sus empleos. Sería poco riguroso atribuir exclusivamente al turismo una crisis que responde también a la insuficiente oferta residencial, las dificultades para desarrollar suelo, la lentitud de los procedimientos urbanísticos y el incremento de los costes. Problemas que se han agravado durante los últimos años ante la falta de una política de vivienda eficaz por parte del Gobierno de Pedro Sánchez, más centrado en los anuncios y las promesas que en facilitar soluciones reales a las familias.

Pero tampoco podemos ignorar que, en determinadas zonas, la proliferación desordenada de viviendas de uso turístico incrementa la presión sobre el mercado residencial y puede generar problemas de convivencia.

Feijóo también ha planteado la necesidad de ordenar las viviendas de uso turístico y combatir la oferta ilegal. Es fundamental distinguir a quienes cumplen las normas de quienes operan al margen de ellas, perjudican a los vecinos y generan competencia desleal.

Necesitamos inspección, coordinación administrativa y seguridad jurídica, respetando las competencias autonómicas y municipales. Pero ordenar el alojamiento turístico no sustituye una verdadera política de vivienda: limitar una actividad no construye, por sí solo, las casas que necesitan las familias.

Hay que aumentar la oferta residencial, facilitar la construcción e impulsar la rehabilitación. Resulta difícil hablar de prosperidad compartida cuando quienes trabajan en nuestros hoteles, restaurantes y comercios no pueden permitirse vivir donde trabajan.

Otra prioridad es dotar a los destinos de las infraestructuras y los servicios públicos que realmente necesitan. Una ciudad que recibe a millones de visitantes no puede planificarse únicamente según su población empadronada.

Carreteras, accesos, transporte público, abastecimiento de agua, saneamiento y servicios municipales deben responder a la población efectiva que atienden. Eso exige inversiones y una financiación municipal que reconozca las particularidades de los destinos turísticos.

No se trata de reclamar privilegios, sino de garantizar recursos proporcionados a las necesidades reales. Muchos ayuntamientos deben mantener servicios e infraestructuras dimensionados para una población muy superior a la que figura oficialmente en sus registros, especialmente durante determinadas épocas del año.

Y esa circunstancia debe tener consecuencias en la planificación y en los mecanismos de financiación. No parece razonable exigir a los municipios turísticos que presten servicios de calidad a cientos de miles de personas sin reconocer adecuadamente el esfuerzo económico que ello supone.

Porque cuando mejoramos el transporte, renovamos las redes de agua o cuidamos los espacios públicos, mejoramos también la vida cotidiana de los vecinos. La competitividad turística y el bienestar de los residentes no deberían avanzar por caminos separados.

La seguridad merece idéntica atención. Debemos reforzar los medios humanos y materiales de nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y adaptar la planificación de efectivos a los incrementos estacionales de población. Proteger a los residentes y garantizar la tranquilidad de los visitantes son dos caras de una misma responsabilidad.

Por eso el turismo no puede entenderse exclusivamente como una política de promoción. La vivienda, las infraestructuras, la movilidad, la seguridad y la financiación municipal también son política turística. Sin esa visión transversal, seguiremos respondiendo con medidas parciales a problemas que están relacionados.

Conozco bien esta realidad por mi vinculación personal y familiar con Benidorm y la Marina Baixa. He crecido en una comarca cuya transformación económica y social sería imposible de explicar sin el turismo. Precisamente por eso sé que defenderlo no consiste en ignorar las necesidades de los vecinos, sino en conseguir que su desarrollo contribuya a atenderlas.

También debemos hablar con claridad de los mensajes de rechazo hacia nuestros visitantes. En algunos destinos hemos visto pintadas como «Tourists go home» y protestas relacionadas con la presión turística.

Conviene distinguir. Los vecinos tienen pleno derecho a manifestarse pacíficamente, reclamar viviendas asequibles y exigir mejores servicios. Sus preocupaciones merecen respuestas. Pero una cosa es reivindicar soluciones y otra convertir al turista en responsable de las viviendas que no se construyeron, las infraestructuras que no se modernizaron o las decisiones que las administraciones no adoptaron.

España ha dedicado décadas a construir una reputación internacional basada en la hospitalidad y la profesionalidad. Millones de personas nos eligen cada año no solo por nuestras playas, nuestro patrimonio, nuestra gastronomía o nuestro clima, sino también por la calidad humana de quienes hacen posible su experiencia.

Esa confianza es uno de nuestros mayores patrimonios y debemos protegerla.

Resulta profundamente contradictorio que, mientras numerosos países compiten por atraer visitantes, inversiones y oportunidades, en algunos lugares de España estemos normalizando mensajes que invitan a los turistas a marcharse.

No podemos olvidar que detrás de cada visitante hay también miles de empleos, empresas, proveedores y familias cuya prosperidad depende, directa o indirectamente, de nuestra capacidad para seguir siendo un país atractivo y acogedor.

El turismo no debe quedar al margen de la crítica. Pero sus problemas se resuelven con gestión, planificación y cumplimiento de las normas, no enfrentando a residentes y visitantes. Ese enfrentamiento no construye viviendas, no mejora servicios y no aporta soluciones.

El próximo 29 de noviembre, España tiene una cita con las urnas y también una oportunidad para situar estas cuestiones entre las grandes prioridades de nuestro país. El futuro de nuestra industria turística exige algo más que buenas palabras y declaraciones de intenciones: necesita políticas concretas, inversiones, planificación y un compromiso firme con su competitividad y con el bienestar de quienes viven en nuestros destinos. Porque defender el turismo español es también defender la prosperidad y la calidad de vida de millones de españoles.

Detrás de cada cifra turística hay personas: quienes nos visitan, quienes trabajan, quienes emprenden y quienes han elegido nuestras ciudades para construir su vida. Todos merecen destinos bien gestionados, acogedores y capaces de ofrecer oportunidades.

Porque el verdadero éxito turístico no consiste únicamente en conseguir que millones de personas quieran venir a España. Consiste también en conseguir que quienes viven aquí quieran seguir haciéndolo.

Un destino para vivir. Un destino para visitar. Y, sobre todo, un destino del que todos podamos sentirnos orgullosos.

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