| 25 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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La última mascarada

Con la retirada de la máscara, ese clamor popular del “quitánosla” a la manera televisiva, el presidente ha aprovechado para retirar también su colección de máscaras superpuestas.

Menuda semanita. Se aceleró Pedro Sánchez tras la representación del Liceu, rodeado de figurantes de sí mismos que es resultado de la patética trayectoria de empresariado catalán. Los bendijo Garamendi en un exceso de transparencia. Corearon los bisbes con posterior bendición de la Conferencia Episcopal y protesta del Arzobispo de Toledo. Aragonés con el fugado de Waterló y Junqueras celebrando la debilidad del Estado. Ya.

El martes 22 se acabó la diversión (¨llegó el comandante y mandó a callar”) un curioso consejo de ministros comentado, acordó la ignominia. El indulto es un insulto para España y Sánchez un felón. Lo he rotulado con esmero en una cartulina blanca sobre la bandera de España, que luce en la fachada de mi casa. Cuatro horas de debate y cuatro minutos de sonriente autocomplacencia sin preguntas. Alea jacta es.

La magnanimidad y la concordia, que debemos estrenar con la felicidad estival, las vacaciones, los estadios con público, ferias y fiestas

Fast. Alguien me ha chivado que es el nuevo mantra de la cocina monclovita de oportunidad y mercado político. Pronto. Fue la respuesta durante varios días de la ministra de Sanidad y del propio Presidente a medidas apetecidas por la población. Rápido. Sonrisas sin lágrimas. Mascarillas fuera. Baja el IVA de la factura de la luz de las familias. Y alguna fruslería de acompañamiento en esa línea cursi del encuentro, la magnanimidad y la concordia, que debemos estrenar con la felicidad estival, las vacaciones, los estadios con público, ferias y fiestas.

La catarata de reacciones decididamente contrarias de los partidos de la oposición y excepcionalmente de algunos relevantes socialistas, ha resultado parangonable a la chulería de los presos indultados. No pretendo reseñar aquí unas ni otras.

Hay un programa de abundante audiencia en la televisión, en el que el público chilla “quitátela, quitátela”, como en un ritual tribal, y se refieren a una máscara, aparatosa, que cubre el rostro de una celebridad. Creo que estuvo Esperanza Aguirre disfrazada de mariposa y cantando en buen francés. ¿Lo verá Sánchez? No lo descarto.

La última mascarada es su contraria. La del rey desnudo.

La sonrisa sobreactuada de Darias anunciando lo que, inmediatamente, hemos conocido como el “síndrome de la cara vacía” ha provocado, sin embargo, preocupación entre los sanitarios y no poca confusión entre la población.

Castells con sus provocaciones comparando el suspenso académico con una condena elitista “que machaca a los de abajo”. No se puede ser más imbécil

Con menos rubor, la portavoz y ministra de hacienda -siempre regañando- anunció lo contrario de lo sostenido durante meses: la bajada del IVA de la electricidad, como ya pasó con las mascarillas.

Y Ábalos en tromba, al modo bolivariano (que todo se pega) dispuesto a despejar piedras en el camino (¿expropiándolas tal vez?) que no son sino el dinero malversado que el Tribunal de Cuentas estableció. O, después y casi despechugado, esa sentencia categórica “hacen más mal en la cárcel que fuera” antes de llamar “chaval” a Casado. Todo un estratega sobre la redención penitenciaria.

En este contexto no se corta Castells con sus provocaciones comparando el suspenso académico con una condena elitista “que machaca a los de abajo”. No se puede ser más imbécil.

Con la retirada de la máscara, ese clamor popular del “quitánosla” a la manera televisiva, el Presidente del Gobierno ha aprovechado para retirar también su colección de máscaras superpuestas, maestro del pentimento político.

Rápido, una gota de felicidad diaria. Abandonada la cuenta atrás de la vacunación. Un nuevo subidón de adrenalina y un cambio de lenguaje y de máscaras.

Hacia el buenismo integral autoinfligido. La nueva España. Con un halo melifluo y una risa nerviosa, en un rasgo teocrático, Sánchez en su última mascarada sentenciaba que hay momentos para el castigo y momentos para el perdón. Urge remediarlo.