Con los cinco sentidos
Vive la vendimia: pisa la uva y brinda en la Ribera del Duero
Cada otoño, las imágenes de celebridades cortando racimos, pisando uva y brindando en bodegas corren por redes sociales. Pero esta experiencia no es exclusiva de famosos o influencers: en Pradorey también tú puedes convertirte en vendimiador por un día y llevarte en la memoria un recuerdo tan auténtico como divertido.

Pradorey abre sus puertas para vivir la vendimia en primera persona.
Cuando hablamos de vino, solemos pensar en la vista, el olfato y el gusto. Sin embargo, la Jornada VIP de la Vendimia que organiza Pradorey añade dos sentidos más: el tacto y el oído, que transforman esta cita en una vivencia plena y memorable.
El tacto aparece en el mismo instante de cortar los racimos, con las manos hundiéndose entre las hojas, y alcanza su punto álgido al pisar la uva descalzos en el lagar. El oído también se activa: primero con el crujido seco de los racimos al cortarse, luego con el chapoteo alegre de los pies hundiéndose en la uva y, por último, con ese murmullo irrepetible del mosto al filtrarse entre las pieles. La experiencia enológica, lejos de ser una simple actividad, se transforma así en una inmersión completa que conecta al visitante con la tradición, el paisaje y la historia.
La mañana comienza en los viñedos del Real Sitio de Ventosilla, un enclave con siglos de historia. Caminar entre sus cepas no es solo contemplar un paisaje; es recorrer un escenario donde durante siglos se ha trabajado la tierra con paciencia y visión de futuro. Tijera en mano, los participantes comienzan con la recolección de racimos y la curiosa cata de pepitas y pieles, que ayudan a comprender cómo se define la calidad del vino desde su origen.

Viñedos en vendimia: racimos recolectados y cubos rebosantes de uva tinta.
El almuerzo de vendimiadores, servido en los jardines de la bodega y acompañado de una primera cata de vinos de Pradorey, permite reponer fuerzas, compartir sensaciones y brindar juntos. Aquí, la vista se deleita con el paisaje abierto y el oído vuelve a participar: conversaciones y anécdotas, risas y brindis.
Tras la recolección llega el momento más esperado: el pisado de la uva. Después de la ritual limpieza de pies, los vendimiadores se meten en el lagar por parejas. Se convierte en un baile improvisado, acompañado por el chapoteo rítmico de las uvas liberando el mosto. Ese primer líquido fresco y dulce recuerda que todo vino comienza siempre con un gesto sencillo y colectivo.

Bodega de Pradorey: tinajas y barricas donde nacen vinos con carácter.
El recorrido continúa en la bodega. Semienterrada en la ladera, está diseñada para convivir con el entorno y mantener condiciones naturales de temperatura y humedad. Tinajas, depósitos de acero inoxidable y barricas de roble acompañan el trayecto mientras la guía desgrana los secretos de la elaboración de las 17 referencias de Pradorey, que reflejan la diversidad de la finca: desde tintos de gran estructura hasta blancos inesperados elaborados con uva tinta. Entre sus vinos más representativos figuran El Buen Alfarero, intenso y expresivo; Finca La Mina, elegante y profundo; Finca Los Quemados, con marcada personalidad; el refrescante Salgüero Rosado y el equilibrado Adaro. La visita se completa con una segunda cata, en la que los participantes pueden degustar algunos de ellos.
El itinerario concluye en la Posada de Pradorey, a apenas dos kilómetros del viñedo. Este edificio del siglo XVII fue en su día alojamiento real y aún conserva la huella de quienes lo habitaron. Sus muros de piedra, los blasones que coronan la fachada y los altos techos transportan a otra época. El visitante de hoy puede descansar en sus habitaciones y descubrir la cercana Iglesia de San Andrés, que guarda un retablo histórico y piezas artísticas que recuerdan la riqueza cultural del lugar. No es solo un alto en el camino, sino un viaje en el tiempo.
Sentarse a la mesa de la Posada es otro de los momentos memorables. Su menú degustación propone un festín de caza donde desfilan platos de ciervo, faisán, jabalí y corzo, todos maridados con vinos de la bodega que realzan los sabores. Es una cocina tradicional elevada a celebración, que convierte cada plato en parte de la experiencia sensorial: los aromas, los contrastes y la armonía con los vinos prolongan la jornada más allá de la vendimia.
La historia de la finca añade profundidad a todo el recorrido. Ventosilla fue lugar de paso habitual de los Reyes Católicos, atraídos por su enclave estratégico y por la riqueza cinegética de la zona. En 1503, Isabel la Católica adquirió la propiedad al conde de Ribadeo, y tras su muerte Fernando continuó visitándola con frecuencia. Poco después, Carlos I la entregó a Francisco de Sandoval y Rojas, abuelo del futuro duque de Lerma. Bajo su linaje, el Real Sitio de Ventosilla se consolidó como un señorío agrícola y ganadero de referencia en la meseta castellana. Más tarde pasó a manos de la familia Velasco, que reforzó su legado, hasta que en el siglo XX la familia Cremades tomó el relevo e impulsó una viticultura moderna y sostenible. Hoy, Pradorey cuenta con una de las mayores superficies de viñedo propio de la Ribera del Duero.

La Posada y San Andrés: piedra, arte y memoria en Ventosilla.
Cuando llega la noche, la calma envuelve el paraje. Desde la ventana de la Posada se escuchan apenas los sonidos naturales del campo: el viento que mece las hojas, algún pájaro rezagado, el silencio profundo de una finca que duerme. Ese es quizá el último sentido en desactivarse: el oído, en su versión más serena, como un cierre perfecto al bullicio del día.
No hace falta ser famoso para disfrutarlo: basta con reservar plaza y entregarse a una jornada que convierte a cada participante en protagonista de su propia vendimia. En esta edición, la Jornada VIP de la Vendimia está disponible los sábados y domingos hasta el 26 de octubre. También es posible acordar visitas entre semana.
Se trata de un viaje de sensaciones en el que los cinco sentidos se despiertan y participan activamente. De la vendimia al pisado, de la risa compartida a la calma nocturna, de la historia noble a la gastronomía de caza, todo se conjuga para recordarnos que el vino no es solo una bebida, sino cultura, tradición y memoria. Y en Ventosilla, esa memoria sigue latiendo en cada copa.