ESTONIA

La Ruta de la Cebolla: viejos creyentes, colección de samovares y un castillo inspirado en Balmoral

A orillas del lago Peipus, en el este de Estonia, una ruta de nombre curioso descubre pueblos de casas de madera, antiguas tradiciones rusas, talleres artesanales y un castillo de cuento. Un recorrido por tres culturas que han dejado su huella en esta región.

Tradicionales cebollas del Peipus y pescado seco en uno de los puestos de la Ruta de la Cebolla.Magnus Heinmets

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En una pequeña casa del pueblo estonio de Varnja, Herling Mesi ha reunido nada menos que 241 samovares, esos recipientes tan característicos de la cultura rusa que se utilizan para calentar el agua del té. Los hay grandes, pequeños, antiguos, modernos y no solo proceden del vecino país; también de Marruecos, Uzbekistán, Irán, India o Estados Unidos. El más veterano data de 1880; el más reciente, fabricado en plástico, es de hace apenas unos años.

Pero quizá lo más curioso sea descubrir que, según nos explica Herling, cada samovar tiene su propia manera de cantar. Así llaman al sonido que produce el agua al calentarse, una especie de aviso de que pronto se podrá preparar el té.

Estamos en la Casa de los Samovares de Varnja, una de las paradas más singulares de la Ruta de la Cebolla, que recorre las orillas occidentales del lago Peipus (Peipsi en estonio). Al otro lado está Rusia, un país con el que Estonia comparte siglos de historia, aunque no siempre fáciles. Esa proximidad explica la presencia de comunidades de origen ruso que se establecieron aquí hace generaciones y han conservado muchas de sus tradiciones.

La cebolla es uno de los símbolos de esta región, gracias a su cultivo tradicional en las tierras arenosas junto al lago. La ruta no es meramente gastronómica. Detrás de ese nombre encontramos tres tradiciones culturales: la de los viejos creyentes rusos, la de las comunidades rurales estonias y la herencia de la nobleza germano-báltica.

Los viejos creyentes, una comunidad que conserva sus tradiciones

Su historia se remonta al siglo XVII, cuando las reformas de la Iglesia ortodoxa rusa provocaron una profunda división religiosa.

Quienes hoy conocemos como viejos creyentes rechazaron aquellos cambios y, perseguidos, tuvieron que buscar refugio lejos de los centros de poder. Algunos se establecieron junto al lago Peipus, donde sus descendientes han mantenido su identidad religiosa y buena parte de sus tradiciones.

Fotografías familiares, vestimentas y enseres de los Viejos Creyentes.Jaak Nilson

Su huella sigue presente en localidades como Kolkja, Varnja y Kallaste, con sus casas de madera, jardines, huertos e iglesias. Son pueblos que invitan a pasear sin demasiada prisa, observando una forma de vida muy ligada al lago y a la tierra.

El cultivo de la cebolla, la pesca y las recetas tradicionales forman parte de su identidad, al igual que el té, alrededor del cual descubrimos algunas de sus costumbres más curiosas.

El curioso ritual de tomar el té sin quemarse

Los samovares ocupan todas las paredes y repisas de la casa. Herling Mesi nos enseña modelos de viaje con patas desmontables y otros diminutos, a los que llama «samovares egoístas», pensados para preparar té para una sola persona.

También nos muestra uno enorme, conectado a la chimenea de la casa, con un conducto central donde introduce el combustible. En él nos prepara el té y nos enseña cómo se tomaba tradicionalmente esta bebida.

Herling Mesi tiene una historia para cada uno de sus samovares.Victoria Peñalver

Con dulzura, Herling nos cuenta que el secreto para beberlo sin quemarnos está en el platito de la taza. Hay que sujetarlo por debajo con tres dedos de la mano izquierda —el pulgar, el índice y el corazón— y, con la otra mano, verter en él un poco de té. Basta esperar unos segundos para que se enfríe y sorberlo directamente del platito. Una costumbre de lo más útil, aunque seguramente llamaría bastante la atención en cualquier cafetería española. Y añade que los tres dedos representan para los viejos creyentes al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Mientras escuchamos música tradicional estonia y probamos un pequeño pastel salado de cebolla, Herling no deja de servirnos té una y otra vez, hasta que alguien le indica con la mano que ya no quiere más. Entonces, entre risas, nos descubre otra costumbre: para decirle al anfitrión que hemos terminado, hay que colocar la taza boca abajo sobre el platito. ¡De lo contrario, puede llegar a servirte todo el té del samovar y preparar uno nuevo!

Una granja donde las tradiciones se aprenden con las manos

Veinika y Ergo Västrik nos reciben en Turgi Handicraft Farm, una granja dedicada a la artesanía, la enseñanza de técnicas tradicionales y la buena alimentación. Ambos habían sido profesores, ella de arte y él de folclore. Hace trece años decidieron instalarse aquí para seguir compartiendo sus conocimientos de otra manera.

En la planta superior de la casa encontramos un amplio taller con telares de madera, donde multitud de hilos dan forma a mantas y otros tejidos de vistosos dibujos geométricos y combinaciones de colores.

En la granja Turgi Handicraft puede aprenderse a utilizar un telar de madera.Victoria Peñalver

Organizan cursos de varios días en los que los visitantes aprenden a manejar los telares y pueden confeccionar su propia manta para llevársela a casa. También disponen de alojamiento para ocho personas, distribuido en dos habitaciones.

La alimentación también ocupa un lugar importante en su forma de entender la vida y durante nuestra visita nos preparan una comida con numerosos platos veganos. ¡Deliciosos! Una muestra más de la hospitalidad de esta pareja, que ha abierto las puertas de su casa para compartir sus conocimientos y costumbres.

KolkjART, una casa donde el arte se extiende hasta el jardín

En KolkjART, el arte está por todas partes: en las salas, en un antiguo establo, en la fachada y hasta en el jardín, donde las obras se mezclan con la vegetación. Esta galería de Kolkja, inaugurada hace apenas unos meses, es el proyecto de Viktoria Berezina, una artista ucraniana que ha convertido su casa en un espacio de creación artística.

Viktoria nació en Jersón y llegó a Estonia en 2022, huyendo de la guerra. Durante aquel periodo mantuvo una estrecha correspondencia con Raul Oreškin, vinculado a la cercana galería Voronja. Él tradujo y compartió aquellas cartas, que terminaron convirtiéndose en un proyecto artístico y una publicación.

Viktoria Berezina, fundadora de KolkjART, ante la colorida fachada de su galería en Kolkja.Victoria Peñalver

Más tarde, ella y su familia se establecieron en Kolkja y abrieron su propia galería. Su primera exposición, Mycelium, reúne a artistas estonios y ucranianos. El nombre hace referencia al micelio, la red de filamentos que conecta los hongos bajo tierra, como símbolo de las relaciones entre personas de distintos lugares.

Muchas de sus obras han llegado de la mano de amigos artistas que la han visitado. Una de las más impactantes está medio escondida detrás de la casa: un gran espejo circular colocado horizontalmente sobre una antigua estructura de piedra. Una fina capa de agua cubre su superficie y, al acercarnos, descubrimos nuestra imagen reflejada entre las ramas de los árboles. Es una creación de la ucraniana Anastasiia Tereshchenko, tan sencilla como original, que nos hace sentir parte del paisaje.

Con la obra de Anastasiia Tereshchenko, el que se mira pasa a formar parte del bosque.Anastasia Ilnytska

Otra de sus grandes obras es Sandbox, un gran lienzo de colores intensos y figuras inquietantes en el que parece distinguirse a una mujer protegiendo a una niña, rodeadas de criaturas que las acechan. Su autor, el ucraniano Kostiantyn Tereshchenko, marido de Anastasiia, lo pintó con su hija Dusya, de cuatro años. La pequeña nació en Jersón durante la ocupación rusa y la venta de una obra de su padre a un coleccionista estonio permitió a la familia abandonar la ciudad y refugiarse en Suecia. Una historia en la que también tuvo un papel importante Viktoria, que ayudó a dar a conocer su trabajo en Estonia.

Una faceta diferente de esta ruta, donde las tradiciones de siglos pasados conviven con proyectos artísticos que acaban de nacer.

Un castillo de 74 habitaciones para quien había pedido una pequeña casa blanca

La última parada nos lleva a Alatskivi y a la herencia de la nobleza germano-báltica.

Entre jardines y árboles aparece un castillo blanco de torres puntiagudas que parece trasladarnos a Escocia. No es casualidad: el castillo de Alatskivi, terminado en 1885, fue diseñado por el barón Arved von Nolcken tras viajar por tierras escocesas, inspirado en el castillo de Balmoral.

El castillo de Alatskivi, inspirado en el castillo escocés de Balmoral.Victoria Peñalver

Según nos cuenta Laura Lillepalu-Scott, responsable del castillo, Josephine, la esposa del barón, le había pedido una pequeña casa blanca en Alatskivi. Él respondió construyendo un castillo de 74 habitaciones. Buena parte de su aspecto original se ha recuperado gracias a fotografías antiguas que todavía se exhiben en uno de sus salones.

Y como en todo castillo que se precie, tampoco faltan los fantasmas. De ellos nos habla Sven Särki, sumiller de su restaurante, donde disfrutamos de productos de la región como la perca, la carne de venado, las setas silvestres y la sopa de cebolla, acompañados de curiosos vinos de frutas y bayas.

Sven asegura haber escuchado conversaciones entre dos mujeres cuando aparentemente no había nadie más, pasos que parecían carreras y puertas que sonaban como si alguien las abriera o cerrara.

Al salir, volvemos a admirar su imponente fachada blanca, sus torres y sus tejados puntiagudos. Desde luego, el barón no escatimó en gastos para complacer a su esposa.

Resulta curioso que estas mismas tierras que hace siglos acogieron a los viejos creyentes rusos, perseguidos por su religión, hayan ofrecido también refugio a personas como Viktoria, obligada a abandonar Ucrania por la guerra. Historias separadas por cientos de años que hoy se encuentran a orillas del lago Peipus. Y quizá por eso, si algo nos llevamos de la Ruta de la Cebolla, es el recuerdo de quienes nos han abierto sus puertas para compartir con nosotros sus historias y tradiciones.

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Más información y puntos de la ruta en la web de Visit Estonia.

Ideas sobre dónde dormir

Estas son dos opciones para alojarse durante el recorrido. Las distancias en coche están calculadas tomando como referencia el castillo de Alatskivi.

SOHO Hotel, en Tartu (a 40 km). Ubicado en pleno centro histórico, es una buena opción para combinar la Ruta de la Cebolla con una estancia en Tartu, Capital Europea de la Cultura en 2024. Esta bonita ciudad universitaria cuenta con un interesante Museo Nacional de Estonia, edificios históricos, calles peatonales y animadas terrazas, además de propuestas tan originales y divertidas como la Casa Invertida, donde todo está literalmente patas arriba.

Kurro Nature Spa, junto al lago Peipus (a 65 km). Rodeado de bosques y muy cerca del lago, este moderno hotel es una opción especialmente atractiva para quienes quieran dedicar varios días al descanso y aprovechar una de las jornadas para recorrer la Ruta de la Cebolla. Destaca por su tranquilidad y sus amplias y luminosas habitaciones, de diseño contemporáneo, con balcones privados y vistas al bosque o al lago. Cuenta con un espectacular spa que incluye varias piscinas y numerosas saunas de diferentes tipos y temperaturas. Su restaurante apuesta por productos locales y de temporada, con especialidades como la carne de caza, el pescado del Peipus y las setas silvestres.