Villegas compara la “fontanería” del PSOE con el Watergate y señala la gran trampa que podría blindar a Sánchez
El juez Jesús Villegas analiza en ‘ES de Ley’ el caso Leire Díez, recuerda la caída de Nixon y advierte del riesgo de que una mayoría parlamentaria bloquee una investigación contra el presidente aunque aparecieran indicios graves
El juez Jesús Villegas ha vuelto esta semana a ES de Ley con un análisis demoledor sobre el llamado caso de la “fontanera” del PSOE, Leire Díez, y sus posibles derivadas judiciales y políticas. Y lo ha hecho recurriendo a un paralelismo histórico de enorme carga: el Watergate, el escándalo que acabó con la dimisión de Richard Nixon en Estados Unidos.
Villegas arranca con una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué se habla de “fontaneros”? La respuesta obliga a viajar a los años 70, cuando Nixon creó un grupo de hombres de confianza conocidos como plumbers, fontaneros, cuya supuesta misión era evitar filtraciones de información sensible. El problema, recuerda el juez, es que aquellos fontaneros acabaron entrando ilegalmente en la sede del Partido Demócrata para obtener documentación que beneficiara al presidente.
Aquello fue, en palabras de Villegas, una auténtica “pistola humeante”: la prueba casi directa que apunta al responsable cuando el arma todavía echa humo junto al cadáver. Y ahí es donde el magistrado coloca el foco sobre el presente español: ¿existe ya esa pistola humeante en el caso de la fontanera socialista? Su respuesta es prudente, pero inquietante: todavía no. Hay indicios, hay evidencias indirectas, pero falta saber hasta dónde llegan.
El paralelismo con Nixon
El juez recuerda que Nixon, ante la posibilidad real de perder un procedimiento de impeachment, optó por dimitir. En España, el equivalente político sería la moción de censura, aunque Villegas da por hecho que, hoy por hoy, no salen los números parlamentarios para que prospere.
Pero el análisis verdaderamente delicado llega después: la posible responsabilidad judicial de un presidente del Gobierno si aparecieran indicios sólidos que le apuntaran directamente.
En Estados Unidos, Nixon no terminó sentado en el banquillo porque su sucesor, Gerald Ford, le concedió un perdón presidencial. Villegas explica que en España no existe una figura equivalente en esos términos. Aquí un indulto solo puede llegar después de una condena. Es decir, primero debe haber juicio y sentencia. No basta con dimitir y confiar en que un Gobierno afín borre el problema antes de que llegue a los tribunales.
La trampa del suplicatorio
El punto más potente del análisis de Villegas está en el suplicatorio. Si en una investigación aparecieran indicios contra el presidente del Gobierno, la causa tendría que pasar al Tribunal Supremo, porque Pedro Sánchez es aforado. Pero, además, el juez necesitaría pedir permiso al Congreso para poder proceder contra él.
Y ahí, según Villegas, aparece una auténtica bomba institucional: si la mayoría parlamentaria deniega ese suplicatorio, no solo se impide que el presidente sea juzgado, sino que la causa podría quedar archivada mediante un sobreseimiento libre. Es decir, como si nada hubiera ocurrido.
El juez lo resume con una expresión durísima: si se negara el suplicatorio no por falta de indicios, sino para proteger políticamente a un presidente, estaríamos ante algo parecido a un “golpe de Estado constitucional”. Una fórmula legal utilizada no para defender la democracia, sino para blindar al poder.
Leire Díez, Santos Cerdán y el cortafuegos
Villegas también analiza la estrategia que, a su juicio, podría estar desplegándose en torno al caso Leire Díez: colocar un cortafuegos en Santos Cerdán. Es decir, admitir que pudo haber “sinvergüenzas” dentro del PSOE, pero sostener que todo quedó ahí y que no llegó más arriba.
El juez no afirma que exista todavía una prueba directa contra Sánchez, pero sí subraya que hay un dato especialmente preocupante: la reunión de Leire Díez con la directora general de la Guardia Civil. Una cita reconocida por el ministro Fernando Grande-Marlaska, aunque presentada como un encuentro de carácter personal.
Villegas ironiza sobre esa explicación: ¿de qué hablaron? ¿De ropa? ¿De aficiones? ¿De sellos? La pregunta queda en el aire, pero el fondo es muy serio: ¿qué hace una persona rodeada de sospechas reuniéndose con una de las máximas responsables de una institución clave en la lucha contra la delincuencia?