Nos lo llaman reconstrucción

Esto es la barca de Aqueronte, la caldera del averno, el cráter del Vesubio, un tiovivo en llamas del que saldrá el rey hecho un ascua, la legalidad hecha pavesa y la historia hecha cisco.

 

Va surgiéndonos, entre los vapores fuliginosos que produce la inenarrable coalición que lleva las riendas políticas del carromato español, una duda inquietante, perturbadora, casi terrible: cuando lo llaman «reconstrucción», ¿quieren decir subversión? Porque le hace a uno el efecto, al escuchar las alternativas que proponen, que bajo el título de reconstrucción va el derribo de lo actual para edificar otra cosa, peor y más arbitraria.

Si algo hay en lo de Iglesias y Sánchez —por seguir la jerarquía de mando— es un enorme hontanar de perversión lingüística, un prurito indomeñable de cambiar el nombre a las cosas y una capacidad asombrosa para desviar atenciones y marear perdices; hontanar, prurito y capacidad contra los que, sin embargo, un filtro secreto, una misteriosa traducción simultánea, sin cables ni ondas electromagnéticas, descodifica las consignas y hace que, por ejemplo, el concepto capcioso de «ingreso mínimo vital» llegue al cerebro en su auténtica forma de «clientelismo», y la falacia de la «mejora educativa» recobre su imagen fidedigna de hostilidad hacia la enseñanza concertada.

Es como si hubiesen puesto en los televisores una bobina que destapa la mentira, que al retransmitir la tenebrosa farsa/homenaje laico-civil a las víctimas del virus la deja en capotazo a las multitudes, en sesión hipnótica para invertir la consciencia colectiva, para que lo evidente —las vidas que se hubieran salvado anticipando el confinamiento— se pierda en la maraña del cinematográfico aquelarre, los discursos hueros y la melodía lacrimosa.

Llámese intuición, si se quiere, a este fenómenos extraño; llámeselo desvarío, locura o clarividencia. Llámeselo como se prefiera, porque no importa el nombre, sino su efecto; porque independientemente del nombre, que no estará nunca libre de contaminación ideológica, el hecho es que se percibe una doblez en todo lo que hace y dice la entente de la censura; y que los electores están desarrollando, a base de práctica, una sospecha continua, una desconfianza crónica frente al ejecutivo taimado y bigardón, repleto de sectarismo bananero y muy ducho en blandir el zurriago tras la cortina de humo.

Cada vez hay más humo en la macarrónica gestión del gobierno. Una humareda blanca y espesísima que surge de las covachuelas del despiste, del fantasmagórico, transversalísimo y disimulado aunque muy perceptible contubernio de la confusión, y que se une a la densa humareda, negra y abrasiva, que mana del enfado popular, de la indignación ustoria de los autónomos en quiebra y del descontento incendiario que ha prendido en los parados industriales y turísticos.

El perroflautosocialismo transforma el país en una inmensa pira de neumáticos, en una falla descomunal donde arden al unísono el enojo mayúsculo del gentío damnificado y las falsedades del nuevo soviet chorlitero, tumefacto, extemporáneo y delirante.

Jamás ha importado tanto, en toda la centrífuga historia española, lo que no se dice; al tiempo que jamás, en todo nuestro asendereado existir, ha importado menos. No le preocupan, a nuestro pueblo llano, los abracadabrantes manejos del gobierno, como tampoco le preocupa tener monarca o no tenerlo.

Por eso le cuesta tanto, a la opulenta y fingida Unión Europea, darnos dinero. Lo que importa de veras a los íberos, a los celtas, a los fenicios, griegos y cartagineses, pícaros todos, que pueblan esto es pillar sitio en la playa, embaular de lo lindo en el chiringuito, enseñar el culo a base de bien, andar con la mascarilla bajada y retozar en la discoteca. Frivolidad y verbeneo.

Aquí nos autoadministramos el pan de lo negro y el circo del pandero, y lo concerniente al procomún es un mero vodevil con el que, a lo sumo, nos entretenemos de turbio en turbio. La indiferencia de una parte del populacho, el drama de la otra y el embuste del gobierno arden juntos, y el humazo que resulta pone sobre aviso al más pintado.

Esto es la barca de Aqueronte que nos lleva, cual recua de rabiosos, a las zahúrdas de Plutón. Esto es la caldera del averno, el cráter del Vesubio, un tiovivo en llamas del que saldrá el rey hecho un ascua, la legalidad hecha pavesa y la historia hecha cisco.

Y todo porque llaman libertad a la corrección política, progreso a las involuciones de toda laya, educación de calidad al adoctrinamiento libertario, reconstrucción a la revolución, homenaje a la mixtificación y normal a lo anormal sin que nadie reaccione. La sociedad, a lomos del esplendoroso Clavileño audiovisual, surca regiones tan desideologizadas, tan desintelectualizadas, tan vulgares que la clase política —es un decir, un cliché, una inercia, porque sólo queda sucedáneo—, emulando a los okupas, comete impunemente los mayores desafueros. Mal avío para la confianza internacional.

«Reconstrucción de la patria», en boca chavistófila, tiene resonancias de pena negra y regusto de humo estrafalario, rancio y acerbo, humo de patatera —el tabacote del miliciano—, que nos achicharrará el garguero a la primera calada.

*Escritor. Puedes contactar con él escribiéndole al correo juviyama@hotmail.com

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