Un gorila con dos cabezas

Mucho ha llovido ya desde que Gustave Le Bon, eminente padre de la sociología, emitiera un muy negativo juicio de la inteligencia de las mujeres

El Día Internacional de la Mujer Trabajadora es una efeméride muy especial, pues nos permite echar la vista atrás y contrastar las diferencias entre pasado y presente. Mucho ha llovido ya desde que Gustave Le Bon, eminente padre de la sociología y con destacadas contribuciones en el campo de la psicología de masas, emitiera un muy negativo juicio de la inteligencia de las mujeres, mostrando un chovinismo que avergonzaría a cualquier francés actual.

Mantenía que los cerebros de muchas mujeres estaban más próximos a los de los gorilas, que a los más desarrollados de los hombres, representando las formas mas interiores de la evolución humana, mas próximas a los niños y a los salvajes que al hombre adulto civilizado.

Insistía además en su carencia de ideas y lógica y su incapacidad para razonar, concluyendo que, aunque sin duda, existen algunas mujeres distinguidas, muy superiores al hombre medio, éstas resultan tan excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como por ejemplo el de un gorila con dos cabezas.

Estábamos en una época de cientificismo y progreso casi ininterrumpido previo a la Primera Guerra Mundial, en que triunfaba una disciplina pretendidamente científica y hoy totalmente desacreditada que era la craneometría. El tamaño y forma del cerebro determinaba la inteligencia y, dadas esas premisas, el inferior tamaño del cerebro de la mujer, defendían, establecía científicamente su inferioridad natural.

Las revisiones de las mediciones llevadas a cabo por Paul Broca por parte del antropólogo estadounidense Stephen Jay Gould, grandísimo divulgador, encontraron por su parte numerosas anomalías y una selección muy interesada de los datos a la hora de presentar las conclusiones.En suma, no existía, ni entonces ni ahora, una inferioridad ni superioridad natural a nivel de inteligencia entre hombre y mujer.

¿Eran monstruos? No, eran hombres de su tiempo y representaban un sector importante de la población. Sin embargo, los tiempos estaban cambiando. El filósofo, político y economista británico John Stuart Mill fue siempre un defensor de los derechos civiles y su extensión e igualdad con la mujer. Como él, había también muchos más.

La transición del siglo XIX al XX vio una progresiva extensión del voto femenino, el sufragio pasivo, el acceso a la educación superior y profesiones consideradas tradicionalmente masculinas, así como otros muchos logros.

Las dos guerras mundiales tuvieron como efecto el empujón final a la incorporación en el mercado laboral de la mujer, por la ausencia de hombres que iban al frente. Cuando volvieron, muchas no dejaron ya de trabajar, querían seguir siendo independientes y valoradas por su trabajo. No existía una igualdad real, sin embargo, ya que la diferencia de salarios era sustancial y compatibilizar vida familiar (más bien, querer tener una) y laboral, rivalizaba con los doce trabajos de Hércules.

La implementación de un completo estado del bienestar en los países más desarrollados, con los nórdicos como paradigma, facultó el desarrollo de una carrera profesional de la mujer, a la vez que le posibilitaba tener una familia si lo deseaba.

El camino hacia la igualdad no terminó, empero, en una cuestión económica, sino en una revisión completa de otras muchas desigualdades y discriminaciones que habían quedado en segundo plano.

 Queda mucho por hacer, cierto, pero los logros son absolutamente innegables. Hombres y mujeres están llamados a construir juntos, en colaboración e igualdad, un futuro sin gorilas con dos cabezas.

 *Abogado y politólogo.

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