13 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Por qué seguimos yendo al Bernabéu?

El sopor ha vuelto al Bernabéu ante la atenta mirada de Zidane.

El sopor ha vuelto al Bernabéu ante la atenta mirada de Zidane.

Me sorprende la capacidad del ser humano de seguir fustigándose jornada tras jornada con un deporte que, en el 90% de sus partidos y minutos, es absolutamente soporífero.

La última vez que fui al Bernabéu en el banquillo estaba un tal Mourinho, del que siempre valoraré que nos tuviera a todos enganchados a la pantalla a pesar de que el fútbol seguía siendo una puta mierda, pero el sentido del espectáculo, para bien (en opinión de unos) o para mal (para los opuestos), lo manejó como nadie. 

Pues el otro día volví al Bernabéu después de varios años de ausencia. Fue un coñazo insufrible. No, no, que no digo antes de ayer, que acabó empate a uno, me refiero a la anterior jornada, la del 5-2 contra el Osasuna. Un partido que, si atiendes exclusivamente al resultado y ves únicamente los highlights, te podría parecer un partidazo, uno de estos de ida y vuelta, con muchos goles, dinamismo y buen juego. Pero no. Interminable. Tostón. No tuvo nada.

Cada equipo le tiene que dar a su público lo que éste demanda. He visto al Calderón vibrar y morir animando a su equipo por aguantar defendiendo un empate a uno, y me parece algo maravilloso

Y no tendría que pasar nada grave si esto fuera un hecho puntual, si de vez en cuando los equipos ante su público se permitieran la licencia de tropezar. Y no digo tropezar en el sentido de perder o empatar, me refiero a no dar el callo, a no entretener ni levantar a los aficionados de sus asientos. Como soy muy listo, ya sé que muchos creeréis que peco de guardiolismo, que los equipos tienen que tocarla y tocarla para jugar “bien”, el único bien establecido. Y no. Cada equipo le tiene que dar a su público lo que éste demanda. He visto al Calderón vibrar y morir animando a su equipo por aguantar defendiendo un empate a uno, y me parece algo maravilloso.

Pero es que no son casos puntuales. El fútbol, por lo general, aburre. Y lo más divertido de acudir a los campos no es ya lo que sucede en el césped, sino la sarta de frikis, cuñaos y enteraos que pueblan las gradas. Gente que en sus insípidas vidas no encuentra una manera mejor de sentirse realizado que acudir al estadio del que se supone que es su equipo a criticar todo lo criticable, para después besarse el escudo si marcan los suyos, eso sí.

Lo más divertido de acudir a los campos no es ya lo que sucede en el césped, sino la sarta de frikis, cuñaos y enteraos que pueblan las gradas

El fútbol, en la búsqueda del resultado por encima de todo (algo que no condeno, puesto que el objetivo ha de ser siempre ganar), ha perdido su objeto de deseo: la pasión. El fútbol moderno es como un gin tonic: la misma mierda de siempre, pero con cardamomo y bayas de enebro. Puede ser el deporte que menos ha evolucionado de la historia. Lo único que ha cambiado es el circo de alrededor, es decir, que en vez de Larios te plantan un G’Vine y en lugar de un tónica de toda la vida te colocan una premium con aroma a nabo de gorrino, y pagas los 45 pavos de la copa. Y la gente se aburre. O se debería de estar aburriendo, creo yo. Pero seguimos pagando barbaridades por suscripciones a los canales donde lo emiten y entradas a precios de cena en el Bulli.

El fútbol moderno es como un gin tonic: la misma mierda de siempre, pero con cardamomo y bayas de enebro

Y yo, si pago 50 o 100 euros por una cena, exijo de ésta que sea algo espectacular, que eleve las sensaciones de mi lengua a la categoría de un primer beso con la recién divorciada Angelina y que, además, el postre sea como un capítulo nueve de HBO. Mientras tanto, en el fútbol pagamos cifras desorbitadas por verlo desde casa o por asistir al campo y, sí, nos quejamos, alimentamos las tertulias del día siguiente, nos cagamos en la madre del entrenador, el presidente, el portero y hasta del que riega el césped, pero volvemos a acudir como borreguitos fieles a nuestra cita de sopor semanal. Pago, voy tarde, me como unas pipas, llamo hijo de puta al árbitro, pido la dimisión de Florentino dos o tres veces, me largo cinco minutos antes no vaya a pillar atasco y vuelta a empezar. Como diría el entrenador arriba mencionado, ¿por qué?

 

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