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Veinticinco años conduciendo el cambio

En el año 2000 comprar un coche era elegir motor, color y poco más; en 2025 es tomar una decisión tecnológica, económica y casi cultural. En estos 25 años, la movilidad ha cambiado más que en todo el siglo anterior: los coches se han llenado de software, la forma de comprarlos se ha reinventado, la industria española ha tenido que adaptarse a la electrificación y el automóvil ha pasado de símbolo de progreso a objeto de debate. Este es el viaje —personal y profesional— de un cuarto de siglo siguiendo el motor desde dentro.

Seat León Cupra

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Borja Fadón
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Cuando echo la vista atrás y pienso en el año 2000, me veo a mí mismo hojeando catálogos de coches en papel, discutiendo con amigos si era mejor un diésel “porque consume menos” o un gasolina “porque es más fino”, y entrando en un concesionario con la sensación de que aquello era casi un ritual iniciático. Comprar un coche era sencillo, al menos en apariencia. Elegías modelo, motor, color y poco más. Nadie hablaba de conectividad, de emisiones de CO₂, de actualizaciones de software ni, por supuesto, de electrificación. El coche era hierro, motor y carretera.

Veinticinco años después, la movilidad se parece poco a aquella fotografía fija. Y no lo digo solo como periodista especializado en motor, sino como conductor que ha vivido —y a veces sufrido— cada una de esas transformaciones. El coche ya no es solo un medio de transporte; es un dispositivo tecnológico, un producto financiero y, cada vez más, una decisión casi ideológica.

En el año 2000, los superventas eran claros y reconocibles. Compactos y utilitarios que hoy siguen despertando nostalgia: Golf, Astra, Focus, Ibiza, Clio, Punto, 206… Coches honestos, motores conocidos, mandos físicos y una relación muy directa entre el conductor y la máquina. El diésel vivía su edad de oro, empujado por consumos bajos y por una fiscalidad que lo hacía irresistible. Nadie imaginaba que dos décadas después ese mismo diésel sería poco menos que un proscrito urbano.

La evolución del coche ha sido, probablemente, la más profunda. Primero llegaron los sistemas de seguridad: airbags, ABS, control de estabilidad. Después, la electrónica empezó a ganar terreno casi sin que nos diéramos cuenta. Pantallas, sensores, asistentes. Hoy abrimos la puerta y nos recibe un panel digital que parece más cercano a una tablet que a un cuadro de instrumentos. El coche actual piensa, decide y, en algunos casos, corrige al conductor. Hemos ganado en seguridad y confort, sin duda, pero también hemos perdido parte de aquella sensación mecánica, casi visceral, de conducir.

Sin embargo, el cambio no ha sido solo tecnológico. Ha sido cultural. La forma de comprar un coche se ha transformado tanto como el propio coche. Antes, el concesionario era el centro de todo. Hoy, muchas decisiones se toman desde el sofá de casa, comparando precios, cuotas y plazos en una pantalla. La propiedad ya no es la única opción. Renting, suscripción, fórmulas flexibles… el coche se ha convertido en un servicio. Pagas por usarlo, no necesariamente por poseerlo. Y eso dice mucho de cómo ha cambiado nuestra relación con el automóvil y, en general, con los bienes duraderos.

Alfa Romeo 8C, un deportivo de ensueño

Alfa Romeo 8C, un deportivo de ensueño

La electrificación merece un capítulo aparte. Durante años fue una promesa lejana, casi un experimento. Hoy es una realidad que avanza, a veces más deprisa de lo que el mercado —y los conductores— pueden asimilar. El coche eléctrico ha dejado de ser exótico, pero sigue generando dudas legítimas: precio, autonomía, recarga. Como periodista del motor, he probado decenas de eléctricos y puedo decir que el producto es, en muchos casos, brillante. El problema no siempre es el coche, sino todo lo que lo rodea. Infraestructuras, ayudas, mensajes políticos contradictorios. La transición existe, pero no es tan lineal ni tan sencilla como a veces se quiere presentar.

En este contexto, la industria española del automóvil ha tenido que reinventarse casi sobre la marcha. Durante décadas, España fue sinónimo de fábricas eficientes, empleo estable y modelos de gran volumen destinados a toda Europa. Hoy sigue siéndolo, pero con una presión enorme para adaptarse a la nueva movilidad. Electrificación, digitalización, formación de trabajadores, reconversión de plantas. No es un proceso indoloro, pero sí imprescindible. El coche sigue siendo uno de los grandes pilares industriales del país, aunque ya no puede vivir de inercias pasadas.

También ha cambiado la conversación social en torno al automóvil. Hace 25 años, el coche era progreso, libertad, aspiración. Hoy, en algunos discursos, es casi un problema a gestionar. Se habla de restricciones, de zonas de bajas emisiones, de límites. Parte del debate es necesario y razonable; otra parte peca de simplista. La movilidad del futuro no puede construirse contra el coche, sino con un coche distinto, más limpio, más integrado y mejor entendido.

Después de un cuarto de siglo siguiendo este sector, tengo claro que la movilidad nunca había sido tan compleja… ni tan interesante. Hay más opciones que nunca, más tecnología que nunca y más incertidumbre que nunca. Quizá por eso conviene recordar de dónde venimos. De aquellos coches del año 2000, sencillos y fiables, a estos vehículos rodantes llenos de software y sensores. El camino ha sido largo y, en muchos momentos, fascinante.

Los próximos 25 años traerán más cambios, sin duda. Ojalá sepamos afrontarlos con sentido común, pensando en la industria, en los conductores y en una movilidad realista. Porque, al final, más allá de etiquetas y tecnologías, seguimos necesitando lo mismo que en el año 2000: movernos, hacerlo bien y disfrutar, al menos un poco, del viaje.

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