21 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

España, un país sin monarquía, sin toros y sin cáncer en el año 2000

Personalidades como el doctor Marañón, Valle-Inclán, Margarita Xirgu o el conde de Romanones ofrecieron sus predicciones para el año del cambio de milenio en el diario 'Ahora'.

Nada mejor para apreciar los avances y las carencias del presente que conocer cómo lo imaginaron en el pasado. Y eso es lo que ofrece, entre el acierto, la utopía y la distopía, un curioso reportaje periodístico de hace 86 años. Diferentes personajes relevantes en sus ramas de conocimiento como Gregorio Marañón, Pío Baroja, Ramón del Valle-Inclán, el conde de Romanones, las actrices Margarita Xirgu y Catalina Bárcena, o el portero de fútbol Ricardo Zamora se prestaron a participar en esta pieza periodística del año 1932 en el extinto diario Ahora aportando sus predicciones sobre el porvenir de sus disciplinas para el año 2000.

 

"¿Cómo será el año 2000? No se trata ya de una pura fantasía. Es una realidad que conocerán los niños que están naciendo ahora. Usted no verá el año 2000; su hijo sí. Pero en estos sesenta y ocho años que faltan, el progreso del mundo, con un poco de imaginación, puede adivinarse. Véase en este número cómo se imaginan el año 2000 los hombres de más prestigio en cada ramo de la actividad. Estos anticipos son lo único que puede consolarnos a los que irremisiblemente nos vamos a morir sin verlo".

El torero Belmonte vaticinaba que “las leyes agrarias y las conquistas del proletariado” acabarían con las corridas de toros

Con estas palabras en portada comenzaba la edición del domingo 21 de febrero de 1932 de Ahora, editado en la ciudad de Madrid entre 1930 y 1939, durante la Segunda República y la Guerra Civil, y que es accesible ahora gracias a la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de España.

Un fotomontaje a página completa de un niño desnudo señalando a un moderno edificio acompañaba este texto, actuando como preludio de un extenso reportaje en el que estas personalidades realizaban una serie de profecías. La mayoría, a la postre, se antojan un punto rocambolescas.

"En el año 2000 no quedará ni recuerdo de las monarquías", decía el conde de Romanones, que también mostraba serias dudas de que existieran los partidos políticos. "Las leyes agrarias y las conquistas del proletariado acabarán con las corridas de toros", vaticinaba el torero Juan Belmonte. "Todo el mundo será piloto", argumentaba el capitán aviador Francisco Iglesias Brage, aventurando que los viajes transatlánticos hasta Nueva York o Buenos se cubrirían en poco más de seis horas.

En cuanto a las artes, la actriz Catalina Bárcena temía que para el año del cambio de siglo y milenio “el cine habrá dado muerte al teatro”, de modo que “habrá que inventar el teatro nuevamente”. Don Ramón María del Valle-Inclán, por su parte, reconocía no tener ni idea de cómo sería la literatura: “Si yo supiera, ya la estaría haciendo”.

Y en materia de espectáculos, la cantante Celia Gámez aventuraba que los desnudos en un escenario o en un estudio serían historia: “como las artistas frívolas no pueden quitarse más ropa, en el año 2000 se lo taparán todo”. Más acertado estuvo el portero Ricardo Zamora ‘El Divino’ al profetizar que “el fútbol llegará a ser el verdadero deporte nacional”.

Adiós al cáncer y a las muertes por infecciones

Entre todas las predicciones recogidas en el reportaje, destacan las del doctor y pensador Gregorio Marañón, uno de los protagonistas del nacimiento de la endocrinología en España, entre otros éxitos científicos e incursiones en el resto de las ramas del saber, algunas no exentas de controversia. "A fines de este siglo, la ciencia médica se habrá transformado profundamente en relación con la Medicina de ahora. Entre las varias actividades humanas cuya crisis radical se presiente, está en primera línea la ciencia médica", iniciaba su artículo el científico.

 

Portada del diario 'Ahora' del 21 de febrero de 1932 donde se incluía su profético reportaje.

 

Sus augurios eran bastante alentadores en torno al futuro de diversas enfermedades. Por ejemplo, pensaba que, a estas alturas de la evolución humana y médica, las infecciones "habrán desaparecido, casi en absoluto, como causa de mortalidad, y las que aún existan se curarán bien". "Se hablará de la tuberculosis y de sus estragos de hoy, como hoy hablamos del cólera y de la peste, que hace todavía pocos años arrasaban la Humanidad", sostenía.

 

La misma valoración le merecía el cáncer, una enfermedad que, en su opinión, para el año 2000 "será también histórica". No obstante, pensaba que ese descenso en la mortalidad infecciosa iba a ser compensado con "los muertos en el acto de desplazarse de un lugar a otro de la Tierra". "Los médicos entonces no tendrán apenas que curar. Su función se reducirá a la asistencia de los grandes sanatorios de nerviosos y cardiacos, y al servicio de los accidentes quirúrgicos", aseveraba rotundamente.

En cualquier caso, vaticinaba que la humanidad seguiría muriendo "en la proporción conveniente para que los hombres no tengan que comerse los unos a los otros", pero por otras enfermedades, sobre todo las del sistema nervioso y vasculares. "Toda la civilización actual y futura arremete contra esas pobres vísceras. El cupo necesario de muertos se completará con los accidentes traumáticos", añadía.

Una ciencia exacta

También tuvo lugar para describir sus apuntes sobre el futuro de la Medicina como ciencia. Sus elocubraciones han tenido, 'a toro pasado', un éxito dispar. La frase más contundente de su artículo rezaba: "La profesión será casi una ciencia exacta. Se sabrá o no se sabrá, sin matices".

El doctor Marañón profetizaba que a los ciudadanos de 2000 los políticos de los años 30 les parecerían “insensatos”

Y es que, Marañón proyectaba que "gran parte de la actividad de las ciencias médicas" estaría, "finalmente", encargada de los problemas eugenésicos. Esto es, la mejora de los rasgos hereditarios mediante diversas formas de intervención manipulada y métodos selectivos de humanos, creando individuos más fuertes, sanos e inteligentes.

Sí predijo con cierto tino que la actividad de la Medicina no sería, "evidentemente", un ejercicio "libre, sino una organización controlada por el Estado". "El médico será un funcionario oficial y nada más. Del médico de visita de hoy se hablará en los tratados de arqueología", expuso.

Mismo acierto alcanzó al prever que la clase médica estaría organizada como "un instrumento social de previsión" de la enfermedad: "Se estudiarán los sanos, en su aspecto constitucional y en el del cálculo de probabilidades de vida y de rendimiento energético". Sin embargo, fue un poco más allá (o no) al afirmar que "cada individuo humano tendrá en todo momento su ficha de aptitud social y de posible aprovechamiento para el bien común".

Al lado de este aspecto social de la Medicina que esperaba, "tan sistematizado, tan triste para la mente nuestra", dio en el clavo afirmando que "su aspecto científico alcanzará enormes proporciones". A su juicio, el valor individual de los médicos destacaría "en la investigación, y no profesionalmente".

"Grandes institutos de fisiología, grandes laboratorios, grandes seminarios para el estudio científico del alma humana... En ellos se ocuparán miles y miles de trabajadores, con plena iniciativa, sin otro afán que el puramente investigador. Esta será la aristocracia futura", agregaba a su razonamiento.

¿El final de todas las crisis?

Gregorio Marañón finalizó su artículo con una serie de reflexiones sociopolíticas. Creía que, para el año 2000, la humanidad se habría enterado de que las "crisis terribles que pasó setenta años antes eran, en el fondo, una crisis de población: de muchos hombres en países que podían sostener pocos; de pocos hombres en países llenos de riquezas inéditas".

 

"Se pensará, con sorpresa, en la ceguera de los hombres de principio de siglo, que no veían claro esta causa biológica, la fundamental, del malestar que les hizo la vida tan agitada", afirmaba el doctor.

En última instancia, dedicó un párrafo humanista a modo de reflexión para los ciudadanos del futuro: "Les parecerán unos pobres insensatos los dirigentes actuales (de 1932), gesticulando y declamando sobre las nacionalidades, sobre los sistemas económicos, sobre las religiones, sobre los partidos políticos, sin comprender que lo esencial es cuidar a la humanidad, para que sea fuerte, para que no sea excesiva, para que sea buena y para que se reparta la superficie habitable del planeta de un modo equitativo".

 

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