¡Qué viene el lobo!

Tenemos un problema, sí, pero VOX es únicamente un síntoma de la enfermedad, no la causa. Podemos desgañitarnos diciendo ¡que viene el lobo!, pero pongámonos de acuerdo en qué es un lobo

 Las cosas han cambiado poco desde aquel montaje en vídeo del Partido Socialista en que se asociaba la imagen del dóberman con la cara de Francisco Álvarez Cascos, en la campaña electoral de 1996. Era entonces la primera vez en la historia de la joven democracia española que el poder podía llegar, como así pasó, a un partido netamente de centro-derecha. Se repetía con profusión la muy manida consigna de "¡qué viene la derecha!" y se agitaba el fantasma de Franco. Lo único que ha sufrido alteración, es la intensidad de ese discurso.

La crisis de 2007, que dio lugar a la aparición de nuevas alternativas políticas que recogían las demandas y el descontento de una parte de la sociedad hacia la política considerada tradicional, que entendían no había sabido estar a la altura de las circunstancias. Lo que fue acogido como una cuestión temporal, tras sucesivas citas electorales, ha demostrado que ha llegado para quedarse y cambiar a corto y medio plazo el panorama de bipartidismo imperfecto imperante.

Lo último que faltaba por aparecer, un partido situado en la extrema derecha, puesto que la extrema izquierda ya se encontraba bien representada por Podemos e Izquierda Unida, ha sido VOX en las recientes elecciones andaluzas.

Pese a una fuerte campaña en contra y agitando miedos de la izquierda y el ninguneo desde el centro-derecha, han conseguido una representación en la Junta de Andalucía que sobrepasa en mucho sus mejores pronósticos; el apoyo de 400.000 andaluces que, le pese a quien le pese, e incluso Íñigo Errejón lo planteó con sentido común, no son fascistas consumados.

Se rompen ahora los esquemas tradicionales que venían a asociar Partido Popular con extrema derecha, algo que no se sostiene desde el punto de la ciencia política ni de la honestidad intelectual. Incluso cabría agradecer al papel preponderante que ha ocupado en el centro-derecha hasta el momento, que se haya demorado tanto la aparición de opciones mínimamente asimilables al Frente Nacional francés.

Las protestas ante un partido al que se ha calificado de fascista, entre otras cosas, se extendieron rápidamente una vez conocidos los resultados del recuento. Sin embargo, el peligro no es tanto la aparición de un partido como VOX, cuyo techo electoral no puede ser demasiado alto, sino la falta de reflexión y de autocrítica por las razones que han conducido a su aparición. Existe un malestar, igual al de 2007 que acabó dando lugar a los indignados, Podemos y la pujanza de Ciudadanos, que no debe ser desatendido.

Los desafíos son múltiples: la mejora de las condiciones laborales, reducción de la brecha de género y elevación de los salarios, la presión migratoria, la garantía del derecho a la vivienda, la lucha contra la corrupción y la defensa de los valores europeos en tiempos de escepticismo.

Las soluciones populistas, simplistas y reduccionistas, siempre resultan tentadoras, pero hay que conseguir explicar a la ciudadanía por qué en ocasiones el camino más duro, es a la larga el correcto.

Por desgracia, poco se puede hacer si no se da ejemplo. La desunión, la falta de consensos y el carácter cada vez más bronco de las relaciones entre los partidos parlamentarios, que impide llegar a  acuerdos amplios y duraderos, no suponen aliciente para que el ciudadano se vuelva paciente y crítico.

Tenemos un problema, sí, pero VOX es únicamente un síntoma de la enfermedad, no la causa. Podemos desgañitarnos diciendo ¡que viene el lobo!, pero al menos pongámonos de acuerdo en qué es un lobo.

 

Comenta esta noticia