¿Quién ganará el nuevo pulso ruso?

Es necesario no volver a mostrarnos débiles y vacilantes y apoyar a Ucrania. No se trata de un castigo a Rusia, sino más bien un correctivo para recuperar un cauce más colaborador

La historia rusa es absolutamente apasionante y con un paradójico sentido del humor. Fueron los varegos, vikingos suecos, quienes fundaron en el siglo IX el germen de lo que acabaría conviertiéndose en el país más extenso de la tierra, el Rus de Kiev.

Poco después, impresionados por el esplendor de Bizancio, acabaron sustituyendo el paganismo por los ritos de la Iglesia oriental para acercarse al resto de Occidente. No sería hasta el siglo XVIII empero que se expandiría hasta el Pacífico y Alaska. La historia más reciente, resulta bien conocida.

El siglo XX fue un periodo de sacudidas y cambios; junto con actos heroicos en la Segunda Guerra Mundial, en nombre de la Revolución se cometieron verdaderas atrocidades. La caída del Telón de Acero por el desplome de la Unión Soviética, que gracias a la Glastnost impulsada por Gorbachov descubrió lo mal que estaba realmente, hizo pensar a algunos en un fin de la historia, por el triunfo final del capitalismo como forma económica y de la democracia liberal como sistema político. Rusía, por fin, parecía acercarse a una Europa que le recibía con agrado. Poco duró el espejismo.

La década que siguió a la caída del comunismo en la URSS significó el desastre para muchos ciudadanos rusos, que perdieron sus empleos y diversas coberturas sociales. La esperanza de vida cayó en picado y la corrupción y la criminalidad subieron como la espuma.

Todo parecía perdido hasta la llegada de Vladimir Putin, quien con mano de hierro ha luchado contra estas lacras y ha mejorado la situación hasta el extremo de lograr que muchos rusos recuperen el orgullo perdido. Por desgracia, la mano de hierro se extiende al trato de la oposición y las libertades fundamentales, oficiosamente limitadas.

En el exterior, Putin lleva años planteando pulsos a Europa y Estados Unidos y, si tenemos que ser honestos, los ha ganado todos, especialmente en lo que a Europa se refiere. Decir que la UE es un gigante económico y un enano político, es la mejor descripción de un problema que ha devenido crónico. Son demasiadas las crisis en las que Europa no ha actuado con una sola voz y se ha dejado pasar la oportunidad de mostrarse firmes. Como consecuencia, la sensación de impunidad de Putin ha derivado en actos y reclamaciones más ambiciosos.

Ucrania pide apoyo a la OTAN y los socios europeos, no para un enfrentamiento abierto, sino para evitarlo. Si Europa y Estados Unidos se muestran firmes y en el mismo bando, podrán hacer recular a Rusia; caso contrario, esto recordará mucho a la Crisis de los Sudetes de 1938, cuando Chamberlain por Reino Unido y Dadalier por Francia, firmaron un infame acuerdo para cedérselos a Alemania, en un futil esfuerzo por evitar una guerra que, ya sabemos, habría ocurrido igualmente.

El momento actual dista mucho del punto crítico en que nos encontrábamos hace ochenta años, pero lo que sí es necesario es no volver a mostrarnos débiles y vacilantes, apoyando con palabras y hechos a Ucrania.

No se trata de un castigo a Rusia, sino más bien del correctivo que necesita para volver a un cauce más colaborador con los que, en el fondo, debieran ser sus socios naturales. La historia rusa puede ser particular, pero es parte de la historia de Occidente.

 *Politólogo y abogado.

 

 

 

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