El día de la marmota: tesis, másteres y titulitis

Nada obliga en la legislación española a que los cargos políticos cuenten con educación reglada mínima. Sin embargo, resulta complicado ascender a los más altos puestos si se carece de ella

Seguramente todos ustedes recordarán la genial "el día de la marmota" en que un magnífico Bill Murray revivía una y otra vez el mismo día. La política española parece aquejada del mismo mal en relación a los títulos y méritos académicos de sus protagonistas: la misma historia se repite una y otra vez, cambiando sólo las caras y las siglas de los protagonistas.

 Mucho antes de la dimisión de Cristina Cifuentes por su controvertido máster o de Carmen Montón por su trabajo de fin de máster plagiado, se venía produciendo ya un creciente escrutinio de los currículums ofrecidos al público por nuestros políticos, lo que ha conducido a una continua mengua de los mismos: de presumir de licenciatura, se pasaba a un más humilde "estudios en" que con el tiempo desembocaba en algunos casos en la desaparición de toda mención a los mismos.

Nada obliga en la legislación española, y con buenos motivos, a que los cargos políticos cuenten con una educación reglada mínima. Exigirla supondría una discriminación inaceptable de aquellas personas comprometidas y con vocación de servicio público que, por una u otra razón, no han tenido la oportunidad de obtenerla. Sin embargo, resulta complicado ascender a los más altos puestos de representación del estado, como es el Congreso o el Senado, si se carece de ella. El electricista Corcuera o el bachiller Montilla son excepciones, más que la regla.

Nuestro Parlamento, como el de virtualmente todos los países desarrollados, se encuentra copado por individuos con algún tipo de formación superior, normalmente estudios cursados antes de su entrada plena en la política. Ésta, como cualquier actividad que se desarrolle de modo profesional, implica no poder dedicar tanto tiempo como se desearía a adquirir nuevos conocimientos.

Cualquier trabajador que intente compaginar su actividad con la asistencia presencial a cursos del tipo que sea, conocerá las dificultades a que se enfrenta. En todo caso, lo anterior no es excusa para pasar por encima de aquellos que logran, por méritos propios, compatibilizar ambas cosas y mostrar un buen aprovechamiento.

Los trabajos hay que realizarlos con escrupulosidad académica y rigor intelectual, para lo que es esencial diferenciar la parte original de nuestro trabajo de lo que no lo es. Ciertamente se pueden cometer errores al citar, pero cuando el fusilamiento de informes y artículos, incluso propios, se convierte en la pauta, algo falla.

En el punto de mira se encuentran ahora Pablo Casado, salpicado por el escándalo Cifuentes, y un Pedro Sánchez cuya tesis doctoral parecía haber sido declarada secreto de estado, tan complicado y bajo unas condiciones tan leoninas era acceder a ella. El afán por la titulitis que aqueja España puede ser la causa de la caída de ambos en un futuro no muy lejano.

¿Qué habría pasado en Europa ante casos similares? Lo cierto es que ya lo sabemos.

Alemania ha servido también de referente en casos especialmente sonados. La diputada del Partido Socialdemócrata Alemán, Paula Hinz, dimitió en 2016, tras 10 años en el Bundestag, porque se descubrió que había inventado toda su formación académica, que en la realidad no alcanzaba ni el bachillerato (en algo debería recordarnos al ilustre Luis Roldán, un adelantado a su tiempo). Años antes, en 2009 y 2011 respectivamente, habían dimitido la Ministra de Educación, Annette Schavan, y el Ministro de Defensa, Karl-Theodor von Gutenberg, por sendas tesis plagiadas.

 En el resto de Europa, El exprimer ministro rumano, Victor Ponta, aguantó las acusaciones en relación a su tesis, aunque una acumulación de escándalos acabó obligándole a dimitir. El plagio de algunos capítulos de la tesis publicada 20 años atrás le costó el puesto al entonces presidente húngaro Pál Schmitt en 2012. Ni la Unión Europea se libra. En 2011, la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Silvana Koch-Mehrin dimite igualmente por plagio de su tesis.

Toca ver qué camino seguira España: la senda europea de aceptar las propias responsabilidades y dimitir o la numantina y enconada resistencia hasta que lo evidente no deja más opción que una retirada.

*Politólogo y abogado.

 

 

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