La careta de Pablo Iglesias

A pesar de no poder saber todavía si los debates han influido en los indecisos, dudo que se confíen los electores de uno u otro partido y auguro una participación más elevada de lo habitual

Nos enfrentamos a unas elecciones con elementos inéditos en los 40 años de la actual democracia española: la certeza de la imposibilidad de alcanzar la mayoría absoluta por parte de ninguno de los aspirantes, y muy posiblemente ni siquiera una mayoría simple que permita gobernar con una cierta solvencia a través de pactos puntuales con parte de la oposición; la fragmentación del voto de la derecha, tras la irrupción de Vox en el panorama político, que puede producir la paradoja de un triunfo en votos pero no en escaños, como bien conoce Izquierda Unida; por último, dos debates televisivos consecutivos seguidos.

Se ha escrito mucho sobre la eficacia y utilidad de los debates. Si algo está claro, es que no harán cambiar el sentido del voto de casi nadie, puesto que el votante neutral, racional y crítico que puede votar alternativamente a izquierda o derecha es una quimera.

Una vez decidido el voto por primera vez, la inercia mental conduce bien a una repetición del voto (por eso se pregunta el recuerdo de voto en las encuestas) o a la abstención si se ha producido algún tipo de desencanto. Así, los debates tienen por objeto decidir a votantes indecisos que ya simpatizaban contigo a volver a votarte.

Los dos debates televisivos nos han permitido ver a los candidatos de los diferentes partidos marcando distancias y arrojándose pullas, con una excepción que no merece el calificativo de meritoria, sino de maquiavélicamente estudiada: Pablo Iglesias.

Aparte de ferviente constitucionalista a tenor de lo visto, se ha transformado en una suerte de cura de pueblo que amonesta a los demás. A esto cabe agregar una actitud de humildad y servilismo hacia el PSOE, allanando el camino a una eventual coalición, que nada tiene que ver con la agresiva puesta en escena de 2016, cuando acompañado por sus colaboradores (antes de las purgas, ya no queda nadie de esa foto), se postulaba como vicepresidente incluso antes de negociarlo con el PSOE.

Iglesias no se libra, por tanto, de la acusación de sobreactuación. Lo que sí es cierto, es que lo hizo en un sentido distinto al de los otros candidatos. No nos podemos llamar a engaño y caer en la trampa de ver un cordero donde sigue habiendo un lobo con las fauces bien abiertas y dispuesto a desgarrar cuantos cuellos haga falta, especialmente de otros correligionarios de izquierda, vistos sus antecedentes.

Las encuestas previas a los debates dan como seguro ganador al PSOE y la bajada popular es inevitable, no tanto por la competencia de VOX, que ha logrado atraer un voto de derecha que directamente no seguía al PP, sino por Ciudadanos.

Con todo, el fenómeno del voto vergonzante, que se manifestó en las encuestas previas a las generales de 1993, dando la victoria a un joven José María Aznar frente a un PSOE acosado por escándalos de corrupción y los GAL, puede repetirse y mitigar tanto la caida de los populares como reducir la ventaja del PSOE.

A pesar de no poder saber a ciencia cierta todavía si los debates han influido en los indecisos, puesto que nuestra ley electoral prohíbe la publicación de sondeos los cinco días previos a las elecciones, dudo que se confíen los electores de uno u otro partido y auguro una participación más elevada de lo habitual.

*Politólogo y abogado.

 

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