Einstein y la gilipollez

En Granada, en la universidad, alguna mente iluminada, ha dado a luz una idea brillante: han hecho un calendario y todos los meses están puestos en femenino, febrera, maya, septiembra...

Una frase atribuida al genio que descubrió la teoría de la relatividad dice más o menos: Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana y, del universo no estoy del todo seguro. 

Yo no tengo ni la menor duda sobre la dignidad de la mujer, sobre la igualdad en todos los terrenos con el hombre, sobre la necesidad de terminar de raíz con cualquier abuso que la tenga como víctima, a ella o a cualquiera. Hay que castigar cualquier abuso, porque en todos se utiliza la superioridad -física, psíquica, social, de puesto de trabajo, de cargo…-, de cualquier persona sobre otra. Todos tenemos mujeres esenciales en nuestra vida –madre, hermanas, esposas, hijas, nietas…- Defender a la mujer no tendría que ser ni siquiera necesario por evidente.

Parece, no obstante, que algunos que pretenden perpetuarse en “huertos cómodos” –con coche oficial, con sueldo, sin partirse la cabeza ni el espinazo, con postureo y visibilidad a diario…-, ejercen de defensores de lo obvio y repiten una y otra vez una propaganda innecesaria: al que agreda a una mujer, a un niño o a otro hombre, código penal y punto.  Se pone de manifiesto que la teoría sobre la estupidez de Einstein está plenamente vigente. En Granada, en la universidad, alguna mente iluminada, ha dado a luz una idea brillante: han hecho un calendario y todos los meses están puestos en femenino, febrera, maya, junia, septiembra, diciembra… ¿Eso añade algo a la dignidad, a la defensa, a la valoración de la mujer?  Se nos está yendo la olla de pura estupidez. La teoría de Einstein queda plenamente verificada.

Si me van a operar en Alicante de cáncer de próstata exigiré que el oncólogo tenga como mínimo el C1 de valenciano. Sería un disparate interesarme solo por su formación en asuntos cancerológicos

El gobierno –que esperanza tenía puesta en él cuando se formó y va desinflándose y decepcionando por momentos-, en su afán de contentar a no sabemos quién, dice que el castellano o el español – parece que llamarle español también está mal visto- ya no es el idioma vehicular en la enseñanza en España. Cada autonomía con lengua propia –catalán, gallego y euskera-  elude y obvia el castellano y no pasa nada. Puedes ser un magnifico cirujano digestivo, por ejemplo, pero si no sabes catalán no podrás operar en Mallorca. Se demuestra la teoría de Einstein acerca de lo inabarcable de la estupidez humana. Si me van a operar en Alicante, por ejemplo, de cáncer de próstata –patología bastante común en los ancianos- exigiré que el oncólogo tenga como mínimo el C1 de valenciano. Sería un disparate interesarme solo por su formación en asuntos cancerológicos.

Cuando yo estudiaba Filosofía en Granada –con Franco vivo y Carrero Blanco y Arias Navarro y toda esa peña, que añoro porque entonces éramos más jóvenes- había una asignatura llamada Sociolingüística, que apuntaba a quienes teníamos una mínima visión de futuro lo que hoy está pasando.

Todos pensamos en nuestra “lengua uno”, o sea, en la que aprendemos al nacer. Si te crías en un ambiente bilingüe, aprendes  dos a la vez. La lengua con la que te crías manifiesta el pensamiento de la sociedad porque refleja ideas y realidades, es decir, determina el propio pensamiento mucho más de lo que pensamos. Cuando uno coloniza -los españoles o los ingleses en América y los moros ahora mismo en Europa y no me llamen facha porque no lo soy, que sigo siendo de izquierdas, aunque no vaya a votar a Podemos nunca más-, cuando uno coloniza, impone su lengua y su religión porque al imponerlas, está imponiendo el pensamiento, la manera de construirlo y de desarrollarlo. Eso hacen ahora mismo las autonomías al querer preterir el castellano/español, al intentar obviarlo como idioma escolar: imponer su identidad y relegar la española al trastero de lo inservible. ¿Esto es bueno, es malo? Pregúntenle a Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Creía que con la autonomía llegaría la felicidad para todos y ha llegado el aumento de enchufados, de chollos cojonudos y de huertos sembrados de inútiles

Volvamos a la lengua, que las nacionalidades que pueblan esta península quieren imponer frente al castellano/español. La lengua, una creación del que la usa, un vehículo del pensamiento para retratar la realidad. Un esquimal, por ejemplo, tiene veinte palabras para designar veinte tipos distintos de hielo porque son necesarias a su realidad congelada. Nosotros distinguimos entre la navel, la mandarina, la sanguina, la barberina o la clementina… Para un inglés todo son naranjas. La lengua y la instalación en la realidad van unidos. He ahí el interés autonómico en tener una lengua propia que relegue al desván a cualquier otra. Pura política. Si quieres crear una barrera entre Cataluña y España –es solo un ejemplo- trabajas por potenciar tu lengua porque esa lengua propia es esencial en tu identidad como sociedad diferenciada y, las ideas y la vida  de esa sociedad diferenciada, se expresan y se intentan perpetuar a través de la lengua.

Es una cuestión política y de poder. Se enarbola como bandera la opresión que una lengua –el euskera o el catalán- hayan podido padecer en tiempos pretéritos porque ahí tienes a huevo el banderín de enganche contra el idioma opresor, de un estado dominante –volvemos a la ideología-  que chafó a la que consideras tuya propia y originaria. Poco importa que el español sea una lengua que  facilita la comunicación en todo el mundo –hablo por experiencia-. Poco importa que frente a Cervantes, Quevedo, Lope de Vega o Delibes, los pequeños idiomas locales solo puedan anteponer a literatos que solo son terceras filas ante estos monstruos literarios. ¿Qué tienen que hacer  Tirant lo Blanch, La plaça del diamant o el Llibre de meravelles, frente al Quijote, el Lazarillo o el Buscón? ¿Qué -con todos mis respetos- Angel Lertxundi, Bernardo Atxaga o Arantxa Urretabizkaia, frente a García Márquez, Borges, Cortázar o Cela? ¡Ojo! No menoscabo el euskera ni el catalán que me parecen extraordinarios como acervo cultural. Me parece mal el intento de postergar y expulsar al castellano.

Algunos pretenden perpetuarse en “huertos cómodos” – con coche oficial, con sueldo, sin partirse la cabeza ni el espinazo, con postureo y visibilidad a diario…-, ejercen de defensores de lo obvio y repiten una y otra vez una propaganda innecesaria

He vivido en el País Vasco y en Mallorca, dos sitios extraordinarios con unas gentes maravillosas. Considero una riqueza importantísima y digna de ser preservada, el euskera y el mallorquín, pero en ambos sitios –entono el mea culpa- desde el respeto a sus idiomas siempre he dicho: con el esfuerzo que necesitaría para aprender euskera, habría aprendido inglés, por ejemplo. Con el inglés me podría entender con mil millones de personas, con el castellano con seiscientos millones, con el euskera con doscientos mil escasos. Valoro su riqueza, me parecen absolutamente defendibles, pero arrumbar el castellano es un crimen cultural –paso de llamarlo político- de tamaño gigantesco, un arrodillamiento infame para mantener los sillones.

Tengo la negra con las monarquías. No hay manera de terminar la saga borbónica porque cada día hay un nuevo roto o un descosido sobre el que escribir. Tendrán que esperar otra semana Carlos IV y su señora –¿de él y de cuantos más?- el nefando traidor Fernando, la pobre desatada y manipulada Isabel y… no seguiré, que ya está bien de andar haciendo amigos.

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