| 24 de Mayo de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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He comido pavo, he comido pavo

Los bancos, ayuntamientos, centros de salud, ministerios y el sursum corda, siguen dándole patadas al diccionario. “Tiene usted que pedir cita previa”. Señores, todas las citas son previas

| Manuel Avilés Edición Alicante

Tranquilos que no he tenido que matar a ningún ave navideña de esas que hinchan las plumas y tienen una mala leche de tres pares. ¿Alguna vez han tenido que defenderse del ataque de un pavo? Eso es que no son de pueblo. He comido pavo solo es una canción irreverente que se cantaba en el instituto y que no puedo copiar aquí porque me expulsarían de ESdiario, como nos expulsaban de aquel colegio reprimido por cantarla y hacer alusión a algo que rima con pavo y que expresaba una conducta lúbrica por parte de las vecinas aludidas. 

Pues eso, que estaba yo con mis calzoncillos de la mili – de felpa y hasta los tobillos – sin nada que quemar porque los muebles ya han sido combustible para la chimenea y, disfrutando de mi pobreza energética, me salta un mensaje estafador. Hay que ser hijo de puta para el 23 de diciembre – perdonen la palabrota, pero es que no tiene otro nombre, al menos en mi tierra- poner la luz a cuatrocientos pavos el megavatio, ocho veces más cara que hace un año. Luego dirá el gobierno que las pensiones suben conforme sube el precio de la vida. ¡Tiene cojones lo que es el marketing y la publicidad! ¡Ocho veces más cara! A ver si quien corresponda, que los ancianos ya no sabemos quién es el responsable del desaguisado, aunque los sueldazos de los capitostes eléctricos y políticos sí los vemos de refilón en algunos medios, a ver si el encargado se despierta de esa siesta erótica que se está pegando, donde quiera que la esté durmiendo, y mete mano en ese asunto.  

¿Ven cómo hace falta un partido de pensionistas? Con veinte diputados haciendo de bisagra y de soporte a quien nos interesara en el Gobierno, pondríamos el precio de la luz, el de la gasolina y hasta el IVA de la mortadela con aceitunas que es, ahora mismo mi plato de lujo, que el otro día soñé con unas ostras y me desperté aterrorizado, como si se me hubieran aparecido Drácula, Freddy Krueger y Eduardo Manostijeras. A ver, abuelos del silbato y la banderita, ¡coño!, dejad de darle la matraca a Barcala en la Plaza del Ayuntamiento, que él no tiene nada que ver en ese asunto. Partido de Pensionistas, pero sin llamarse PP, esa es la solución y nos cargábamos las subvenciones a los sindicatos golfos, amantes de las quisquillas y las cigalas de gorra - véase la última chorizada en Madrid con la pasta del Fogasa y la dimisión de un gerifalte denunciando al pirarse- y nos montábamos en el machito del poder decisorio con los nueve millones de votos. 

Ya saben el refrán: Ilusiones y jorobas no hay médico que las cure

No me despisto. Estaba yo con mis calzoncillos de felpa de la mili y embutido en mi manta zamorana, cuando suena mi móvil – aún no me han cortado el suministro, pero todo se andará- y veo un mensaje inentendible. ¡Hombre si después de cuarenta años en la cárcel me meten un pizarrín de ese calibre habría que fusilarme sin confesión! 

 

Dice el mensaje textualmente, aunque el hijoputa que lo escribe no firma: “A partir de mañana usted no podrá utilizar su cuenta bancaria. Pinche en el enlace para activar su nuevo código de seguridad”. ¡Y una mierda voy a pinchar nada! Si pincho, se mete usted - hijodeputa que no descansa ni en nochebuena- en mi cuenta y me limpia la pensión que me ha costado cuarenta años de curro conseguir. Es la leche. Esto me ratifica en mi autorizada opinión, criminológicamente fundada y comprobada tras cuatro décadas de trullo, de que los estafadores son irrecuperables. En su compulsión choriza, el día que no roban o engañan a alguien, no están tranquilos. Se los come la angustia y solo se disuelve esta cuando pegan un palo y se llevan por la cara la pasta de un incauto. Esa pulsión de engañar es como la que tienen los pederastas cuando ven un niño o un jovencito barbilampiño. La misma que los grandes narcos cuando huelen un baúl lleno de billetes de quinientos pavos. Voy a tener que abrir una consulta para explicarle a más de un psicólogo, psiquiatra, educador y asimilado que algunos no se reeducan, que no se reinsertan ni a tiros y que la educación y la reinserción, siendo deseables, no pueden ser universales porque hay gente que no tiene arreglo. Ya saben el refrán: Ilusiones y jorobas no hay médico que las cure.  

Ya había desesperado pensando que para sacar cien euros había que ser licenciado en informática

Voy al banco a intentar arreglar el desaguisado y a avisar de la estafa intentada. Los bancos, los ayuntamientos, los centros de salud, los ministerios y el sursum corda, siguen dándole patadas al diccionario. “Tiene usted que pedir cita previa”. Señores, todas las citas son previas. Nadie pide cita para ir al médico cuando ya lo ha reconocido y le ha recetado las pastillas para el colesterol o la tensión. Decir cita previa es redundante, una patada al diccionario como subir para arriba, bajar para abajo o salir para afuera.  

En fin, que llego al banco y, aunque se cuela un cajero jeta con un chaval que quería cambiar unos dólares, me atiende una señora super amable: todos los mensajes que piden datos son fraude. El banco no le pedirá nunca nada del tipo de “deme usted los datos de tal y cual cuestión personal”. ¡Alleluya! Ha tenido lugar el milagro de la Navidad. Por vez primera, con la variante ómicron desatada y con el puñetero virus campando a sus anchas, me ha atendido una persona. Ya había desesperado pensando que para sacar cien euros había que ser licenciado en informática. Esa es una manera – el partido de los jubilados también tendría que meter mano ahí- de sacar del sistema a los abuelos y hacerlos seres marginales. Tuve la mala suerte de que, cuando explosionó la informática, yo ya era director de un talego y tenía dos secretarias porque allí había curro para dar y vender. Tuve la mala suerte – y la estupidez supina- de seguir con la Olivetti y las fichas de cartulina y ahora he tenido que reconvertirme a la fuerza y a la vejez porque para todo te piden que vayas a la web, que entres en la página, que pongas mil contraseñas y que navegues como si fueras Cristóbal Colón y los Hermanos Pinzones, todos juntos. ¿Es posible resolver cuestiones de Hacienda, de la Seguridad Social, de los bancos, de Muface, de la Subdelegación del Gobierno que sea, del Catastro o de la madre que me parió, sin entrar en una página, sin escuchar a un aparato que te habla como si fueras imbécil, o sea, con una persona enfrente? ¡Cojones, como ha sido toda la vida que hablando se entiende la gente y no con aparatos que hablan con sintetizadores de voz! Si tiene usted ganas de matar a alguien pulse uno, si ese alguien es de su familia pulse dos, si quiere un masaje tailandés con final feliz pulse ochenta y siete. Así no hay quien viva. 

Bueno, no me enrollo más. Voy a buscar una panadería con pan que no sea congelado porque esta noche voy a tirar la casa por la ventana: hoy no hay bocadillo de choped, va a ser de jamón york del bueno. La chica del banco me ha dado un crédito instantáneo y hasta voy a tener una botella de Casa Sicilia para desmadrarme en la Nochebuena. Felices días a todos a pesar de lo difícil que lo está poniendo el coronavirus. ¡Qué cabrón!