Alarma en Casa Real: Miguel Urdangarin cuela de madrugada en Zarzuela una gran amenaza
Choque interno en Palacio: el nieto de los Eméritos vive instalado con Doña Sofía, pero sus salidas nocturnas y el hecho de colar amigos inquieta a la Guardia Real

Alexia de Grecia y Miguel Urdangarin tras el funeral de Gómez-Acebo en Madrid.
Miguel Urdangarin, nieto de los Reyes Eméritos estudió Ciencias del Mar en el Reino Unido y soñaba con dedicarse profesionalmente a ese campo, pero sus planes se truncaron cuando no fue renovado tras unas prácticas. Posteriormente intentó formarse como monitor de esquí, aunque una lesión frustró su objetivo. Hoy, sin rumbo laboral ni académico, Miguel ha encontrado estabilidad en lo emocional junto a su pareja, Olympia Beracasa, antigua compañera de estudios en Ginebra.
Ambos se reencontraron por casualidad en Madrid, y desde entonces mantienen una relación sólida que ya supera el año de duración. Un vínculo que, según apuntan fuentes próximas, es uno de los motivos que lo retiene en la capital.
Sin embargo, lo que más preocupa en Zarzuela no es su falta de proyecto profesional, sino su vida nocturna. Miguel Urdangarin, según diversas fuentes, se ha aficionado a las fiestas en la capital, acudiendo con frecuencia a bares y discotecas junto a su grupo de amigos. Regresa tarde, a veces de madrugada, lo que obliga a la seguridad de Palacio a mantenerse en constante alerta por motivos de seguridad.
El Rey Felipe VI y la Reina Letizia, según apuntan voces de su entorno, estarían “profundamente incómodos” con la situación. No tanto por la presencia del joven en la residencia, sino por el estilo de vida que ha adoptado. “Se ha convertido en un nuevo Froilán”, resume con ironía una fuente próxima al círculo real.
La polémica ha alcanzado un nuevo nivel tras la información publicada por ElNacional.cat, que asegura que Miguel Urdangarin estaría introduciendo en el recinto de Zarzuela a personas ajenas al entorno familiar. Según el citado medio, algunas de estas visitas vulneran normas básicas de seguridad, como la prohibición de realizar fotografías o grabaciones dentro del complejo.
Esta práctica, de confirmarse, supone un serio quebradero de cabeza para la Guardia Real, que debe garantizar la seguridad del recinto y de todos sus residentes. No es solo una cuestión de protocolo, sino de seguridad nacional: Zarzuela sigue siendo residencia oficial del jefe del Estado.
En La Zarzuela se admite, en voz baja, que la situación es “incómoda” y que el joven no puede ser expulsado fácilmente: el complejo pertenece a Patrimonio Nacional y, mientras la reina Sofía viva allí, cualquier miembro de la familia directa tiene derecho a visitarla o acompañarla.
Pero la convivencia, dicen quienes conocen bien los pasillos del Palacio, no es sencilla. El carácter tranquilo y disciplinado de Doña Sofía choca con el espíritu libre y noctámbulo de su nieto, que parece disfrutar de su estancia como si viviera en un resort de lujo más que en una residencia de Estado.
En Zarzuela se impone el silencio, pero en los pasillos se comenta que el caso de Miguel preocupa más de lo que se admite públicamente. Y no tanto por lo que hace, sino por lo que representa: un nuevo frente interno para una Familia Real que lleva años intentando mantener su imagen a salvo.
Chismógrafo
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