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El Rey Emérito impacta en Francia con confesiones inéditas y niega relaciones sexuales con Lady Di

Don Juan Carlos rompe su silencio en el país vecino. Entre la culpa, la nostalgia y la necesidad de explicarse, Juan Carlos I se desnuda en una entrevista sorprendente a Le Figaro

El Rey Juan Carlos, el pasado septiembre en Galicia.

El Rey Juan Carlos, el pasado septiembre en Galicia.GTRES

David Lozano
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Por primera vez en mucho tiempo —quizá demasiado— el Rey Juan Carlos se sienta ante un periodista dispuesto a hablar de todo. No lo hace en España, donde aún despierta heridas abiertas, sino en Francia, con el prestigioso Le Figaro, país que verá antes que el nuestro la publicación de sus memorias, Reconciliación, un libro que ya promete sacudir despachos y conciencias.

Una decisión nada casual: en España, su hijo y la propia Casa Real han intentado frenar la publicación de estas páginas que son, en palabras del propio emérito, su intento de “recuperar el relato” que siente que le fue arrebatado. En ellas no solo habla de su vida, sino de cómo ha decidido narrársela a sí mismo, como si necesitara que el mundo, al menos una vez, escuche su versión.

Y sí, el resultado son declaraciones que van de la melancolía al desconcierto, de la confesión íntima al ajuste de cuentas. Estos son, enlazados, los grandes titulares de un hombre que quiere explicarlo todo.

Juan Carlos I admite que la publicación de sus memorias nace del deseo de reconquistar su propia historia, convencido de que “me han robado el relato de mi vida”. Y añade, no sin cierta ironía defensiva: “me van a atacar, tendré que comprar un escudo”.

Sobre su marcha a Abu Dabi, confiesa que fue un gesto de sacrificio: “Me fui para protegerle”, dice refiriéndose a su hijo, Felipe VI. Iba para unas semanas… y ya van más de cuatro años. Sin embargo, no oculta que cada regreso a España, especialmente a Sanxenxo, le devuelve un pedazo de sí mismo: “Cada vez que vuelvo a Galicia, me siento el rey de los mares”.

También hay espacio para el arrepentimiento. Habla de la cacería de Botsuana como “un error estúpido”, y de Corinna Larsen como “una relación privada que nunca debió haber tenido consecuencias públicas tan desproporcionadas”.

Sobre su rutina diaria, el tono se vuelve cinematográfico. Cita a Clint Eastwood para describir cómo enfrenta el paso del tiempo: “Cada mañana, dejo al viejo fuera”.

Juan Carlos I y Lady Di

Y en una de las frases más inesperadas de toda la entrevista, niega rotundamente haber tenido ninguna relación con Lady Di: “No he tenido nada con Lady Di. Era fría, taciturna, distante… excepto en presencia de los paparazzi”. Una afirmación que busca cerrar definitivamente uno de los rumores más persistentes sobre su vida privada.

Recuerda, con cierta ternura, el único consejo que le dio su padre, Don Juan de Borbón: “Debes hablar y escuchar a quienes no están de acuerdo contigo”. Tal vez un principio que, según admite entre líneas, no siempre supo aplicar en su reinado.

Cuando se le pregunta por el 23-F, no duda: “No hubo un solo golpe, sino tres: el de Tejero, el de Armada y el de los políticos cercanos al franquismo”. Un reconocimiento que reescribe la historia desde dentro del Palacio.

Defiende, con orgullo, su papel en la Transición: “¿Para qué puede servir un rey en estos tiempos? Para equilibrar y templar”. Y añade, casi como un alegato a su propia figura: “No hay democracia sin reconciliación. La nuestra fue fruto del diálogo entre enemigos históricos”.

Recuerda también la legalización del Partido Comunista, un paso que muchos le advirtieron que no diera. “Les pedí tiempo: no desencadenen una guerra civil tras la muerte de Franco. Fue una época en la que la izquierda respetaba las instituciones del Estado… Lamento que ese espíritu de la Transición se haya perdido en detrimento de España”.

Y entre la nostalgia y el desahogo, confiesa lo más delicado de su poder: “Durante dos años tuve todos los poderes. El de indultar o de firmar una pena de muerte. No tuve que hacerlo, gracias a Dios, porque si hubiera dicho que no, los generales me habrían derrocado”.

Ya en el plano íntimo, el monarca revela pequeños gestos que humanizan su exilio. Al marcharse a Abu Dabi, no se llevó consigo a sus siete perros, que quedaron en Zarzuela junto a la reina Sofía. Pero sí viajó con su loro mudo, un peculiar compañero de plumas que, cuando despliega la cresta, deja ver los colores de la bandera española: rojo, amarillo y rojo.

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