El desliz de Juan Urdangarin en El Pardo despierta en Zarzuela sospechas sobre su novia
La joven canadiense, presunta pareja del hijo de la Infanta Cristina, ha brillado por su ausencia, algo que ha disparado las especulaciones entre familiares y la prensa.

Juan Urdangarin, Pablo Urdangarin y Johanna Zott a su llegada al Palacio El Pardo-
En el almuerzo histórico celebrado en El Pardo por los 50 años de la Restauración de la Monarquía, donde prácticamente toda la familia posó bajo el mismo techo por primera vez desde el 18 cumpleaños de la Princesa Leonor, hubo una ausencia que pesó mucho, sobre todo en los dimes y diretes: Sophia Khan, la supuesta novia de Juan Urdangarin, brilló por su ausencia justo el día en que todas las miradas la esperaban. Y en Zarzuela esa ausencia encendió de inmediato las especulaciones.
El encuentro tenía una carga simbólica evidente. Era la jornada en la que Juan Carlos I reaparecía junto a Felipe VI, a Doña Sofía y, sobre todo, junto a la Reina Letizia, a quien dedica varias pullas en sus memorias Reconciliación. Era también el día en el que el Emérito regresaba por unas horas, saludaba sonriente desde el coche y, según fuentes de toda solvencia, se marchaba más tarde entre lágrimas por la frialdad de sus nietas. Pero mientras los focos se repartían entre gestos institucionales y tensiones familiares, la conversación subterránea —la que no se oye pero siempre circula— se centró en Juan.
Tal y como recoge el portal Informalia, la relación entre el hijo mayor de la Infanta Cristina y Sophia Khan parecía asentada: Hola publicó hace unas semanas las fotos del beso en Londres que confirmaron lo que muchos ya sabían, o intuían. Ella, canadiense de 25 años; él, afincado en la capital británica; ambos con la aparente comodidad de quien lleva cerca de un año compartiendo algo más que paseos. Incluso trascendió que Juan había conocido ya a la familia de la joven, un paso que en las casas reales pesa casi tanto como un anillo. Por eso, todo apuntaba a que Sophia cruzaría este sábado el umbral simbólico del círculo Borbón.
Pero no apareció. Ni en los coches, ni en los palcos, ni en los pasillos laterales donde la prensa siempre busca un gesto de confirmación. Juan llegó solo, se sentó solo y se fue igualmente solo. Y esa soledad no hizo sino avivar un rumor que llevaba un tiempo adormecido: el de la supuesta homosexualidad de Juan, que muchos daban por descontada después de que se hablara durante años de una relación discreta con un joven londinense, compañero de estudios, al que incluso acompañó a encuentros familiares en España, desde citas privadas en Zarzuela hasta un partido de balonmano de su hermano Pablo en público. Una normalidad tan natural que, según algunos, era difícil catalogarla como simple amistad.
Con este contexto, la no aparición de Sophia se interpretó más como un gesto calculado que como una casualidad. Porque si había un día para presentar a una pareja era precisamente este: el día del gran reencuentro; el día de las tensiones contenidas; el día en que los nietos del Rey Emérito se mostraron unidos en un palco que simbolizaba continuidad, redención y, sobre todo, imagen. Que Juan decidiera —o aceptara— ir solo fue, sin decir una sola palabra, una declaración poderosa que muchos interpretaron en dirección opuesta al relato oficial.
Y así, entre los brindis, las sonrisas protocolarias y los saludos desde la ventanilla, fue tomando forma una idea que corre ahora por los pasillos de Zarzuela y por las tertulias digitales: la ausencia de Sophia ha vuelto a colocar en el centro la verdadera vida sentimental de Juan, esa que nunca ha querido exponer, pero que siempre se ha filtrado en rumores, miradas y silencios. En un almuerzo donde todo parecía diseñado para escenificar armonía, la única grieta visible vino por ese hueco vacío al lado del primogénito de la Infanta Cristina.
Y en la Casa Real, donde cada gesto se lee con lupa, ese hueco ha abierto una conversación que muchos daban ya por superada.