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El primo del Rey Emérito, la auténtica oveja negra: escándalos, divorcios y vida al límite

Gonzalo de Borbón Dampierre ocupó un importante lugar en la crónica social española por su desmesurada afición a las juergas y otros excesos que preocuparon a la Familia Real

Juan Carlos I, el pasado 22 de noviembre en Madrid.

Juan Carlos I, el pasado 22 de noviembre en Madrid.GTRES

David Lozano
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En el vasto árbol genealógico de los Borbones, donde los nombres resuenan con palacios y protocolos, siempre hay una rama que se desvía del camino marcado. Gonzalo Víctor Alfonso José Bonifacio Antonio María de Todos los Santos de Borbón Dampierre –nacido en Roma en 1937– encarnó esa oveja negra con mayúsculas: primo carnal del Rey Juan Carlos I, hermano del trágico duque de Cádiz y protagonista involuntario de la crónica social por sus juergas nocturnas, matrimonios fugaces y un estilo de vida que rozaba el límite.

Hijo del infante Don Jaime –segundo varón de Alfonso XIII, que renunció a sus derechos por sordera– y de la noble francesa Emmanuela Dampierre, Gonzalo creció en un entorno marcado por el exilio y el divorcio escandaloso de sus padres en 1947, con acusaciones de infidelidad que salpicaron a su madre. Educado en un internado suizo, regresó a España en los años 50, estudió Físicas en Deusto sin terminar y probó fortuna en la banca entre Nueva York y Manila. Su título de duque de Aquitania era mera cortesía, pero él defendía con pasión la causa legitimista francesa, esa corriente que cuestionaba la legitimidad de la rama española tras las renuncias de sus antepasados.

Opuesto a su hermano Alfonso –responsable, introvertido y casado con Carmen Martínez-Bordiú–, Gonzalo era el seductor impenitente: hablador, carismático y asiduo a las noches madrileñas rodeado de modelos y famosos. Tras la muerte de Franco, su vida explotó en libertad: vicepresidente de cámaras comerciales, pero sobre todo rey de la fiesta. Tres matrimonios fallidos lo convirtieron en habitual de las portadas: el primero en México con la periodista Carmen Harto, que duró tres meses y terminó en acusaciones de "vividor y cobarde"; el segundo con la modelo Mercedes Licer, un enlace mediático que acabó en divorcio rápido, con ella denunciando su alcoholismo y él reclamando dinero de unas fotos polémicas; el tercero, más discreto en 1992 con la italiana Emmanuela Pratolongo, le trajo por fin estabilidad en Suiza.

Las adicciones, sobre todo al alcohol, y los escándalos –como la revelación de una hija secreta en 1983 con una norteamericana– lo alejaron del núcleo familiar. Mantuvo buena relación con Juan Carlos y el Conde de Barcelona, pero su sobrino Luis Alfonso, actual duque de Anjou, heredó la causa legitimista que Gonzalo defendió temporalmente tras la trágica muerte de su hermano en un accidente de esquí en 1989.

Aunque no hay lazos directos destacados con Froilán –el nieto más rebelde de Juan Carlos–, Gonzalo representa ese arquetipo borbónico de la rebeldía: vidas al límite que contrastan con el deber institucional. Fallecido en 2000 a los 63 años por leucemia, enterrado junto a su hermano en las Descalzas Reales, su historia recuerda que en la realeza también hay espacio para los que eligen el caos sobre la corona. Una oveja negra que, al final, humaniza el linaje.

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