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La historia de Cantora: el bastión y carga financiera que ha marcado a Isabel Pantoja

Cantora, la emblemática finca gaditana que Francisco Rivera 'Paquirri' soñó como refugio familiar y que la folklórica convirtió en su casa impenetrable tras la tragedia de 1984, ha cerrado definitivamente uno de los capítulos más intensos de la crónica rosa española.

Isabel Pantoja.

Isabel Pantoja.GTRES

David González
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Francisco Rivera Paquirri, adquirió la finca Cantora antes de casarse con Isabel Pantoja, con la ilusión de convertirla en su refugio familiar ideal. Situada en la Ruta del Toro, entre Medina Sidonia y Vejer de la Frontera (Cádiz), próxima a Barbate, el pueblo donde creció el torero, consta de quinientas hectáreas de monte, dehesa y cultivos. Allí se realizaron las primeras sesiones fotográficas previas a la boda, se celebraron cumpleaños de sus hijos con Carmina Ordóñez (Francisco y Cayetano) y todas las fechas señaladas del clan familiar.

Paquirri levantó el cortijo, ampliándolo progresivamente hasta su configuración actual: unos 2000 metros construidos, incluyendo nave de almacenamiento, plaza de tientas, caballerizas, vivienda principal con dos niveles (planta baja de 637 metros con salones y cocina, superior con dormitorios), piscina exterior y garaje.

El 26 de septiembre de 1984, apenas diecisiete meses después de la boda, Paquirri falleció en la plaza de Pozoblanco. Un año antes, el mismo día de su enlace, había redactado testamento: legaba el 45% de sus bienes y Cantora a Isabel Pantoja y su hijo común, Francisco José (Kiko Rivera); el 40% y la finca Los Rosales a Fran y Cayetano; y el 15% restante más El Robledo a su padre y hermanos. El reparto generó tensiones familiares y tardó tres años en cerrarse, firmándose justo antes de vencer el plazo impuesto por el torero.

Tras la tragedia, Isabel Pantoja cerró la finca durante cinco años: "Se me venía la casa encima", confesó. Con el tiempo superó el duelo y la convirtió en su residencia habitual, un bastión impenetrable donde recuperó emocionalmente la estabilidad, rodeada de amigas como María del Monte o Chelo García Cortés, y vivió relaciones con Diego Gómez y Julián Muñoz. Allí celebraba reuniones familiares, cumpleaños y Navidades, hasta que los conflictos internos la transformaron en un espacio cargado de memorias pero inanimado, habitado solo por la cantante, su hermano Agustín y su madre doña Ana (fallecida años después).

Cantora también fue escenario de momentos duros: desde allí partió el 21 de noviembre de 2014 para ingresar en prisión por blanqueo de capitales ligado a Muñoz. No fue la primera intento de venta: en 2017 la ofreció por siete millones (superior a su valor real, tasado en 2015 en unos 4,4-4,5 millones ante posible subasta).

Las discordias familiares estallaron públicamente cuando Kiko Rivera descubrió una habitación sellada de unos setenta metros con efectos personales de Paquirri (trajes de luces, capotes, muletas), ocultos pese a reclamaciones judiciales de Fran y Cayetano (a quienes Isabel alegó un robo). Kiko acusó a su madre de engañarlo en la gestión de la herencia y de hacerle firmar documentos sin pleno conocimiento. Además, salió a la luz una "herencia desconocida": Isabel habría vendido o arrendado propiedades no testamentarias de Paquirri, ingresando millones sin informar a su hijo.

Cantora.

Cantora.RTVE

La situación financiera se complicó progresivamente. En el Registro, Isabel posee el 51% y Kiko el 49%. El origen: en 2002, madre e hijo (recién mayor de edad) hipotecaron Cantora por 2,7 millones para mantenimiento. En 2009, con dificultades tras su relación con Muñoz, pidió carencia; en 2015, la ofreció como aval a Hacienda por 1,1 millones. Acumuló anotaciones de embargo (2021 por 75.000 euros, 2024 por 175.000) y una deuda total cercana a 4 millones, casi idéntica a su tasación actual (alrededor de cuatro millones). Se inició ejecución hipotecaria en Chiclana de la Frontera; una subasta apenas cubriría cargas.

Recientemente, la quietud de Cantora se interrumpió con mudanzas: camiones cargados de mobiliario y pertenencias, desatando especulaciones sobre venta, abandono o reestructuración. Aunque el Registro no reflejaba cambios iniciales en titularidad, el precario estado financiero impulsó decisiones drásticas. Isabel vació progresivamente la finca, donde vivió su romance con Paquirri y crió a sus hijos, ahora distanciados. Rumores apuntaron a destinos como República Dominicana o Madrid, pero fiel a su hermetismo, guardó silencio.

Cantora, símbolo de alegría familiar, tragedia, refugio y discordia, representa un capítulo cerrado: mezcla de memorias irremplazables y una carga económica insostenible que marcó el fin de una era para Isabel Pantoja.

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