Indignación en Zarzuela por la emboscada de México a los Reyes Felipe y Letizia: escándalo en Fitur

La inauguración de la feria de turismo más importante del mundo estuvo cargada por la tristeza y en la Casa Real no esperaban lo que iba a ocurrir en el stand del país invitado. Algo insólito.

La Reina Letizia en la inauguración de FITUR y en el stand de México.Europa Press

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Hubo un silencio incómodo y luego, de pronto, un murmullo que subió de tono hasta convertirse en abucheos inesperados contra los Reyes Felipe VI y Doña Letizia en pleno pabellón de México durante la Feria Internacional de Turismo —FITUR— en Madrid. Lo que debía ser una inauguración institucional cargada de cortesías y sonrisas diplomáticas se transformó en algo más complejo, en una escena que nadie había previsto: una mezcla de rechazo, tensión histórica y política contemporánea que puso a prueba los nervios de la Casa Real y la paciencia de Zarzuela.

No fue el típico gesto aislado de unos pocos asistentes. Testigos presenciales relatan cómo, en el stand de México —país socio de la edición de este año— algunos expositores e incluso representantes de instituciones mexicanas hicieron oír su descontento con pitos y abucheos dirigidos a los Reyes. Un ruido que sorprendió incluso a quienes cubrían la feria y que no se podía leer únicamente como un desaire logístico o un acto de mal gusto casual.

En Zarzuela, según diversas fuentes consultadas, la reacción no fue de simple sorpresa, sino de indignación contenida. No tanto por el gesto en sí, sino por lo que muchos asesores de Casa Real interpretan como una “encerrona” organizada o estimulada desde la narrativa oficial de México, que viene marcando la agenda diplomática desde hace meses. Esa narrativa tiene un trasfondo histórico —de más de 500 años— y político —de actualidad— que complica lo que debería haber sido un saludo institucional en un marco de cooperación mutua.

Porque no es un fenómeno aislado. Desde hace años, sobre todo desde el final de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, la sucesora de la ultraizquierda en el poder, Claudia Sheinbaum Pardo, ha impulsado un discurso en el que insiste en que España —y en particular la Corona— debe pedir disculpas oficiales por los agravios cometidos durante la conquista y la colonización de América, un periodo que dirigentes de la izquierda mexicana califican de violencia estructural contra los pueblos originarios. Ese reclamo no es nuevo, y fue motivo de tensiones diplomáticas incluso el año pasado, cuando Sheinbaum señaló que no había quedado satisfecha con la respuesta española a esa exigencia histórica.

Esa lectura choca directamente con la visión oficial de la Casa Real, que en Zarzuela insiste en que el papel del Rey es institucional y apolítico, y que las heridas del pasado no se pueden sanar lanzando reproches a interlocutores que no tienen responsabilidad ejecutiva sobre hechos ocurridos hace siglos. Más aún cuando, desde el punto de vista español, ya ha habido reconocimientos de dolor e injusticia hacia los pueblos originarios por parte del Gobierno y del Ministerio de Exteriores, aunque sin llegar a una disculpa formal que satisficiera a las autoridades mexicanas.

Ese choque de interpretaciones, sumado a la teatralidad de los pitos en FITUR, ha dejado a Zarzuela con una sensación amarga: la de que un gesto protocolario de acercamiento —la presencia de los Reyes en el stand de México— haya sido convertido, por la narrativa oficial mexicana, en un alegato simbólico que alimenta un relato histórico y político que Madrid no está dispuesto a firmar sin matices.

Por eso, la indignación en palacio no fue un arrebato pasajero, sino la reacción de una institución que siente que su papel ha sido instrumentalizado para objetivos ajenos a la propia diplomacia cultural. Porque, al final, lo que debería haber sido simplemente una feria de turismo terminó siendo un episodio más en una relación bilateral que, en los últimos tiempos, ha transitado entre la cooperación y la controversia.

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Y en ese tránsito, cada gesto —incluso el más simbólico— se interpreta como una pieza de un tablero mucho más grande: el de la memoria histórica, la identidad nacional y las tensiones que persisten cuando el pasado se mezcla con la política del presente.