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Mario Vaquerizo estalla en directo con Sonsoles Ónega: confiesa su orientación sexual y política

El cantante se harta de los comentarios y dudas sobre su sexualidad que tienen incluso algunos de sus amigos. Habla del “armario” y presume de ser “capitalista”.

Mario Vaquerizo, en una imagen del pasado año.

Mario Vaquerizo, en una imagen del pasado año.GTRES

David Lozano
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Mario Vaquerizo ha hecho algo poco común en la España contemporánea: hablar sin pedir permiso. En una entrevista con Sonsoles Ónega en Antena 3, el cantante y personaje mediático se ha pronunciado sobre orientación sexual, ideología, dinero y prejuicios con una franqueza que descoloca tanto a conservadores como a progresistas. Y en ese gesto hay algo más que una anécdota televisiva: hay un retrato incómodo de la cultura política española.

Vaquerizo reconoce sin complejos que tiene “pluma” y que eso ha generado sospechas permanentes sobre su orientación sexual. Lo dice sin victimismo, con ironía y con una reivindicación implícita: la expresión de género no es propiedad de ninguna orientación sexual ni de ninguna ideología política. “Hay homosexuales que no tienen pluma y yo tengo pluma”, afirma con naturalidad, subrayando que se toma a broma los comentarios sobre su imagen.

El problema, explica, no es tanto la especulación sobre él, sino el cuestionamiento de su esposa, Alaska. Según Vaquerizo, esos rumores implican que ella no sería una mujer autónoma o consciente de su relación, una visión que considera profundamente machista. En una sociedad obsesionada con la deconstrucción de estereotipos, el artista expone uno de los más persistentes: la incapacidad de aceptar una masculinidad no normativa sin suponer una orientación sexual concreta o una agenda ideológica.

Pero Vaquerizo no se limita a hablar de identidad sexual. También se declara abiertamente capitalista, defensor de la propiedad privada y de la acumulación patrimonial como resultado del esfuerzo individual. “Soy capitalista, me encanta la propiedad privada y me encanta que con mi esfuerzo y mi trabajo pueda destinar mi dinero a lo que yo quiera”, afirma sin rodeos. Esa frase, pronunciada por un icono pop asociado a lo alternativo y lo queer, rompe otro dogma: la identificación automática entre estética transgresora y ideología de izquierdas.

Aquí está el núcleo político del asunto. En España, la identidad se ha convertido en un campo de batalla ideológico. La orientación sexual, la estética, el lenguaje y el consumo cultural se interpretan como marcadores de pertenencia a tribus políticas. Vaquerizo, en cambio, encarna una anomalía: un personaje con estética queer, discurso liberal en lo económico y una relación con el mainstream mediático sin complejos.

Su discurso también expone la paradoja del espectáculo contemporáneo: la diversidad celebrada en la superficie, pero vigilada ideológicamente en el fondo. Se acepta la pluma como espectáculo, pero se sospecha del pensamiento. Se tolera la estética, pero se fiscaliza la ideología. En ese contexto, Mario Vaquerizo se reivindica como sujeto libre, no como bandera de ninguna causa.

Hay, además, un subtexto sobre la cancelación cultural. El artista afirma que nadie tiene derecho a cuestionar su pensamiento o su ideología, y que él simplemente hace oídos sordos a las críticas. Esa actitud revela un cansancio generacional con la vigilancia moral constante: la obligación de alinearse, de declararse, de elegir bando.

En el fondo, la intervención de Vaquerizo es menos sobre su orientación sexual que sobre la libertad individual. Su figura mediática funciona como espejo de una sociedad que necesita etiquetas para sentirse segura. Cuando alguien se sale del guion —pluma sin militancia, riqueza sin culpa, matrimonio sin sospecha— el sistema de categorías se resquebraja.

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