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Antonio Canales, en la picota: otra grave acusación por ‘inquiokupa’

El bailarín sevillano está de nuevo en el foco informativo por una nueva denuncia que apunta a su presunta mala costumbre de vivir gratis total

Antonio Canales, en una imagen reciente.

Antonio Canales, en una imagen reciente.GTRES

David Lozano
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Antonio Canales vuelve a verse envuelto en una polémica que creía superada, pero que regresa con fuerza suficiente como para empañar, una vez más, su presente.

El bailaor sevillano, que en los últimos meses ha tratado de centrar la atención en su carrera y en esa especie de despedida artística con la que pretende poner en valor su legado, se enfrenta de nuevo a acusaciones que lo sitúan en un terreno incómodo: el del llamado “inquiokupa”.

Según algunas informaciones, una persona de su entorno le habría vuelto a señalar por una situación similar a la que ya protagonizó hace apenas un año: una vivienda compartida, pagos que no llegan a producirse y una salida envuelta en versiones contradictorias. En este nuevo episodio, Canales ha reaccionado con una defensa tan directa como rotunda, asegurando que no debe nada, que nunca ha tenido obligaciones económicas en ese sentido y que, en realidad, su presencia en ese inmueble respondía a una invitación más que a un acuerdo formal.

El problema de esa explicación no está solo en lo que dice, sino en lo que arrastra. Porque inevitablemente remite a un antecedente reciente que sigue muy presente en la memoria mediática. Entonces, su casera le acusó de haber acumulado varios meses sin abonar ni el alquiler ni los suministros, con cifras que, según distintas fuentes, se movían entre los cinco mil y los más de seis mil euros. Aquel conflicto no llegó a resolverse en sede judicial, sino que se cerró mediante un acuerdo que implicaba la salida del artista de la vivienda y el fin de la disputa sin mayor recorrido legal.

Ese cierre, más práctico que concluyente, es el que ahora cobra sentido. Porque cuando una situación se repite, deja de interpretarse como un incidente puntual para empezar a leerse como una pauta. Y es ahí donde el discurso de Antonio Canales encuentra más dificultades para sostenerse, no tanto por la contundencia de sus palabras como por la acumulación de episodios que apuntan en una misma dirección.

A todo esto se suma un elemento que complica aún más la percepción pública: la propia interpretación que el bailaor hace de estas situaciones. Su insistencia en que no existen contratos, en que no ha tenido que pagar porque no correspondía hacerlo o en que se encontraba “invitado” dibuja una forma de entender las relaciones personales y económicas que, fuera de su lógica, resulta difícilmente compatible con el marco legal y con las expectativas habituales en este tipo de convivencias.

Las imágenes que trascendieron en su momento sobre el estado de la vivienda tras su salida, la negociación de la deuda en lugar de su resolución clara y, ahora, la reaparición de nuevas acusaciones configuran un escenario que vuelve a situarle en el centro de la controversia en un momento especialmente delicado de su trayectoria.

Porque, en paralelo, Canales intenta proyectar otra narrativa, centrada en su legado artístico, en su despedida de los escenarios y en el reconocimiento a una carrera que, durante décadas, le ha situado como una figura indiscutible del baile flamenco. Sin embargo, esa narrativa convive ahora con otra mucho menos favorable, que no tiene que ver con su talento ni con su trayectoria, sino con una sucesión de episodios que erosionan su credibilidad.

Y es precisamente en esa tensión entre ambas versiones —la del artista que se despide y la del personaje envuelto en polémica— donde se juega buena parte de su imagen pública actual. 

Al final, lo que queda no es solo la pregunta sobre si debe o no debe dinero, sino algo más profundo: por qué, una y otra vez, su nombre vuelve a aparecer asociado a situaciones similares.

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