Carmen Lomana no pisa la caseta del Turronero en la Feria de Abril
La socialité le confiesa en COPE a Cristina López Schlichting y a sus oyentes que no fue invitada y que es por la relación entre Bertín Osborne y José Luis López

Carmen Lomana, en La noche del Pescaito, el pasado 20 de abril.
La Feria de Abril siempre ha sido un escenario de apariencias. De brillo, de tradición, de estética cuidada hasta el último detalle. Pero también —y cada vez más— de tensiones soterradas, de jerarquías invisibles y de ausencias que dicen tanto como las presencias. La última crónica de Carmen Lomana, que realiza semanalmente en el diario La Razón, no es solo un recorrido por el albero sevillano: es una radiografía, elegante pero afilada, de todo lo que se mueve detrás.
Lomana describe una feria “radiante”, una explosión de belleza y color, un homenaje constante a la mujer andaluza, a sus trajes, a su forma de habitar la fiesta. Pero en ese elogio hay también una advertencia. Porque la Feria que ella observa ya no es exactamente la que recuerda. La masificación, la presencia de quienes acuden “a hacerse la foto” y no a vivir la tradición, empieza a desdibujar el sentido original del evento.
Ese contraste —entre la esencia y el espectáculo— es el hilo conductor de su relato.
Por un lado, la belleza intacta: los carruajes, el paseo de caballos, el rebujito compartido entre casetas, la elegancia natural de quienes entienden la feria como parte de su identidad. Por otro, la transformación progresiva en un escaparate social donde no todos juegan el mismo papel.
Y ahí aparece el otro gran tema, el que Carmen Lomana no escribe pero sí cuenta.
Porque en paralelo a esa crónica publicada, la socialité dejó caer en el programa Fin de Semana de COPE, que presenta Cristina López Schlichting, una información que completa el cuadro: la existencia de una de esas fiestas privadas que definen el verdadero mapa de poder de la feria. La celebrada en la caseta del conocido empresario José Luis López, conocido como “El Turronero”, convertida —según su propia descripción— en un auténtico hervidero de invitados, hasta el punto de parecer “el metro en hora punta”.
No es una caseta cualquiera. Es una de esas que marcan quién está dentro y quién se queda fuera. Y ahí es donde la historia gira. Lomana no fue invitada a esa caseta.
El motivo, según su propia versión, tiene nombre propio: Bertín Osborne. Amigo íntimo del anfitrión y, según desliza ella misma, poco dispuesto a compartir espacio con alguien con quien mantiene una relación tensa. “Como no me puede ni ver, seguro que le ha dicho que no me invite”, explicó con una mezcla de ironía, sonrisas y resignación que define perfectamente el tono de la situación.
Pero lo más revelador no es la queja. Es lo que viene después.
Porque lejos de alimentar la polémica, Lomana cierra el comentario con una frase que parece sacada de un manual de alta sociedad: “Mando un saludo muy cariñoso al Turronero porque es un hombre excepcional”. Un gesto que no es casual. Es diplomacia social en estado puro. Una forma de decirlo todo sin romper del todo.
La Feria de Abril sigue siendo un espectáculo público, sí. Pero su verdadera dimensión se juega en espacios privados, en casetas donde se negocian relaciones, se consolidan alianzas y, también, se ejecutan exclusiones. Y esas exclusiones, aunque se envuelvan en cortesía, dejan huella.
El contraste con su crónica escrita es evidente. Allí, Lomana celebra la belleza, la tradición, la autenticidad. Aquí, deja entrever las reglas no escritas de un entorno donde la invitación —o su ausencia— sigue siendo el verdadero indicador de estatus.