Sorpresa: Susanna Griso reconoce un “calvario judicial” por sus hijos
La presentadora de Antena 3 se sincera y cuenta lo vivido durante unos años que luchó y mucho por un anonimato y recuerda: “Nunca me he lucrado”.

Susanna Griso, en la fiesta de Navidad de Atresmedia.
No todo lo que ocurre delante de una cámara pertenece realmente al espacio público. Hay historias que se cuentan a medias, otras que se esquivan, y algunas que simplemente se guardan hasta que ya no queda más remedio que ponerles voz. Eso es lo que ha hecho Susanna Griso ahora: abrir una puerta que llevaba años cerrada y dejar ver lo que había detrás.
Acostumbrada a conducir la actualidad cada mañana, a preguntar, a analizar y a sostener el pulso informativo, esta vez le ha tocado ocupar un lugar muy distinto. El de quien se defiende. El de quien explica. El de quien recuerda un proceso que no eligió, pero que tuvo que atravesar igualmente.
Todo empezó con una decisión de la presentadora de Espejo Público, que, en apariencia, no debería generar conflicto: proteger el anonimato de sus hijos. Mantenerlos al margen de la exposición mediática que forma parte inseparable de su vida profesional. Separar con claridad dos mundos que no siempre aceptan límites: el de la figura pública y el de la madre.
Pero esa frontera, que para ella era incuestionable, terminó derivando en un proceso judicial largo y desgastante. Un “calvario”, así lo define, en el que lo más difícil no fue solo lo legal, sino la sensación constante de estar defendiendo algo que debería ser evidente. Durante ese tiempo, la presentadora habla de impotencia, de la frustración de verse atrapada en una situación donde la lógica emocional —proteger a los hijos— no siempre coincide con los tiempos ni con las dinámicas de la justicia.
En ese relato hay una idea que repite casi como un ancla: nunca hubo un interés económico. “Yo nunca me he lucrado”, subraya, marcando distancia con cualquier interpretación que pudiera convertir esa protección en estrategia o beneficio. No se trataba de construir un relato, ni de alimentar una narrativa mediática. Se trataba, simplemente, de preservar un espacio íntimo.
Y ahí es donde la historia adquiere otra dimensión. Porque la paradoja es evidente: Griso, una de las periodistas más reconocibles del panorama televisivo, alguien que lleva años trabajando con la exposición ajena, se ha visto obligada a pelear para evitar la propia. Cambiar de lado. Pasar de observar a ser observada, de preguntar a tener que justificarse.
Sus hijos han crecido precisamente en ese equilibrio delicado. Lejos de los focos, sin redes sociales, evitando formar parte de un escaparate que nunca eligieron. Una decisión consciente que, sin embargo, no los ha blindado del todo frente a las consecuencias de la notoriedad de su madre.
Lo que cuenta ahora Susanna Griso no es solo un episodio judicial, sino el rastro que deja. El desgaste emocional, el tiempo invertido, la sensación de vulnerabilidad en un terreno que debería ser seguro. Porque cuando lo privado entra en conflicto con lo público, la resolución no siempre repara lo vivido.
Al final, más allá de sentencias o procedimientos, lo que queda es esa imagen menos visible: la de una madre intentando proteger a los suyos en un entorno que no siempre respeta las fronteras. Y la constatación de que, incluso para alguien que domina el lenguaje de la actualidad, hay experiencias que no encajan bien en titulares, pero que pesan mucho más que cualquiera de ellos.
Chismógrafo
A Tamara Falcó le salen sobrinos por todos lados: la boda secreta de su cuñada Alejandra tenía sorpresa
Maribel Fernández