El Rey Felipe da otro palo institucional a Pedro Sánchez: esta vez a costa de El Pardo
Las relaciones entre La Moncloa y Zarzuela están totalmente rotas desde hace unos años. Es algo prácticamente insalvable y el monarca, libre de ataduras, sigue ahora su hoja de ruta

El Rey Felipe con generales de división y vicealmirantes, en el Palacio de El Pardo.
Durante años, el Palacio de la Zarzuela había sido el escenario natural de las audiencias más delicadas del reinado de Felipe VI. Discreto, funcional, institucional. El lugar donde el monarca controla cada gesto y cada mensaje. Sin embargo, algo está cambiando silenciosamente en la Casa del Rey. Y el síntoma más evidente es El Pardo.
En las últimas semanas, Felipe VI ha desplazado parte de sus encuentros más simbólicos al histórico Palacio Real de El Pardo, una decisión que en círculos políticos y diplomáticos ya no se interpreta únicamente como una cuestión estética o protocolaria. Detrás del movimiento hay también una lectura política de enorme calado. Porque El Pardo no es un escenario neutro. Nunca lo ha sido.
La operación visual tiene varias capas. La primera es evidente: monumentalidad, solemnidad y peso histórico. Felipe VI busca reforzar la imagen institucional de la Corona en un momento de fuerte desgaste político y tensión territorial. El Pardo ofrece precisamente eso: arquitectura de Estado, ceremonial clásico y una atmósfera que conecta con la idea de continuidad histórica de la monarquía española.
Pero existe otra lectura mucho más incómoda para el Gobierno de Pedro Sánchez.
Porque cada vez que El Pardo reaparece como escenario central de la Corona, también resurge inevitablemente su memoria franquista. El complejo fue durante décadas la residencia oficial de Francisco Franco y continúa siendo uno de los espacios más sensibles desde el punto de vista simbólico para la izquierda española. El Ejecutivo socialista jamás ha ocultado su incomodidad con cualquier resignificación pública de ese lugar, especialmente en plena estrategia de memoria democrática impulsada desde Moncloa.
Y ahí aparece el verdadero mensaje de Felipe VI.
La elección reiterada de El Pardo puede interpretarse como una forma de marcar territorio institucional frente a Pedro Sánchez tras años de desencuentros silenciosos entre la Corona y el Gobierno. Las tensiones entre ambos vienen de lejos: desde la gestión del procés y los debates sobre el papel constitucional del Rey, hasta diferencias de criterio sobre determinados gestos institucionales, la exposición pública de la Familia Real o la relación con socios republicanos del Ejecutivo.
En la Zarzuela admiten desde hace tiempo que el Rey Felipe considera esencial reforzar la dimensión histórica de la institución en un contexto político cada vez más polarizado. Y El Pardo cumple perfectamente esa función. No es casual que allí se hayan celebrado algunos de los momentos más significativos del actual reinado: desde actos diplomáticos de alto nivel hasta recepciones destinadas a proyectar una imagen de continuidad de Estado. Incluso fue escenario de celebraciones clave para la propia historia reciente de los Borbones.
El problema para Moncloa es que el simbolismo del lugar nunca desaparece del todo.
Dentro del Gobierno existe desde hace años una enorme sensibilidad respecto a cualquier espacio asociado al franquismo. Por eso resulta especialmente incómodo que el Rey potencie precisamente un enclave que el sanchismo preferiría mantener en un segundo plano protocolario. La contradicción es evidente: mientras el Ejecutivo impulsa leyes de memoria democrática y resignificación histórica, Felipe VI rescata para la primera línea institucional uno de los palacios más cargados de memoria del siglo XX español.
Y lo hace, además, en un momento especialmente delicado en la relación entre la Corona y el Gobierno. La ausencia inédita de Pedro Sánchez en la última Pascua Militar fue interpretada en ambientes monárquicos como un síntoma más del enfriamiento institucional entre Moncloa y la Casa del Rey. Aunque oficialmente se justificó por una cumbre internacional sobre Ucrania, el gesto dejó una imagen políticamente poderosa: Felipe VI rodeado de la cúpula militar y de la Princesa Leonor sin la presencia del presidente del Gobierno.
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Sara Conde