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La activa vida amorosa de Daniel Sancho tras las rejas de su celda tailandesa

El joven madrileño está a la espera de conocer el fallo sobre sus recursos y pasa los días en prisión, pero hay algo inesperado que lo entretiene

Edwin Arrieta y Daniel Sancho.

Edwin Arrieta y Daniel Sancho.mediaset

David Lozano
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La vida de Daniel Sancho en la cárcel tailandesa sigue marcada por la más absoluta monotonía y la dureza de un sistema penitenciario que no contempla ni un atisbo de esperanza. Según ha explicado el escritor Joaquín Campos, experto en el caso, “las cárceles de Tailandia son cárceles sin horizonte, sin un beneficio, sin un psicólogo y sin nada que puedas hacer”. Tres años después de su ingreso, el hijo de Rodolfo Sancho y Silvia Bronchalo continúa atrapado en esa realidad.

Sancho ingresó el 7 de agosto de 2023 en la Prisión de Koh Samui, destinado a preventivos y condenas inferiores a 15 años. Tras la sentencia de cadena perpetua, el 30 de agosto de 2024 fue trasladado a la cárcel de Surat Thani, un penal de alta seguridad mucho más grande, estricto y masificado, donde conviven reclusos condenados por delitos de sangre. Allí su día a día está regulado por estrictos horarios, recuentos constantes, actividades colectivas y largas horas encerrado en el módulo. Su única distracción es el deporte y la lectura. No tiene acceso libre a internet y las comunicaciones con el exterior están severamente limitadas.

Las visitas son escasas y controladas. Los encuentros duran apenas 20 minutos. Las llamadas telefónicas se han restringido y solo quienes están autorizados pueden contactar con él. Silvia Bronchalo ha viajado a Tailandia para verle tras la condena, pero Rodolfo Sancho no ha vuelto al país desde agosto de 2024. Mientras tanto, su defensa sigue luchando para que el delito se reclasifique como homicidio imprudente y pueda, en el mejor de los casos, cumplir parte de la pena en España.

En medio de este escenario de aislamiento y dureza, ESdiario ha tenido acceso a una información exclusiva procedente de fuentes próximas a la familia Sancho. Según estas fuentes, Daniel recibe con regularidad numerosas cartas de amor en prisión. Tanto mujeres como hombres le escriben confesándole su atracción, ofreciéndole apoyo moral e incluso ayuda económica. Algunos llegan a plantearle mantener una relación, al menos epistolar. El joven cocinero, condenado por el asesinato de Edwin Arrieta, se ha convertido en objeto de deseo para personas que no le conocen personalmente y que, sin embargo, le idealizan desde la distancia. Las mismas fuentes explican que todas las cartas son revisadas por el personal de la prisión.

Estamos ante claros casos de hibristofilia, una parafilia documentada en la que el sujeto siente atracción sexual o romántica hacia personas que han cometido delitos graves, especialmente crímenes violentos. Quienes la padecen suelen proyectar sobre el delincuente una imagen de poder, rebeldía o vulnerabilidad que les genera fascinación. En muchos casos, la distancia y la imposibilidad de un contacto real alimentan la fantasía. Es lo que está ocurriendo con Daniel Sancho, un joven además objetivamente atractivo.

Las cartas de amor a asesinos condenados no son un fenómeno nuevo: se han visto en casos mediáticos de todo el mundo. La diferencia aquí es que llegan a un preso español que cumple condena en una de las cárceles más duras de Tailandia, donde cada día es una lucha por mantener la cordura.

Mientras Daniel Sancho cuenta los días esperando la resolución de su recurso, fuera de los muros de Surat Thani hay quien le escribe declarando su amor. Dentro, solo queda la rutina, el deporte, la lectura y la incertidumbre de un sistema penitenciario que, como dice Joaquín Campos, no ofrece horizonte alguno. 

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