La prensa noruega carga ahora contra Doña Letizia por un “feo” gesto en el funeral de Harald V
La Reina utilizó un 'instrumento vetado' durante el funeral del Rey de Noruega y el detalle, que pasó prácticamente inadvertido el 9 de septiembre, vuelve ahora a ser objeto de críticas.

Victoria de Suecia y los Reyes Felipe VI y Letizia, durante el funeral en Oslo.
Casi dos semanas después del funeral de Estado del Rey Harald V de Noruega, celebrado el 9 de septiembre en la catedral de Oslo, la prensa noruega ha decidido mirar hacia atrás y señalar con el dedo un detalle que, en el momento, pasó casi desapercibido. Y no es un detalle cualquiera: el “gesto” de la Reina Letizia con el cartel de su asiento, utilizado a modo de abanico improvisado durante la ceremonia. Un gesto que ahora algunos medios nórdicos califican de poco apropiado, de “feo” en el contexto de un acto de máximo rigor y solemne duelo nacional.
Llama poderosamente la atención el calendario. Durante días, la cobertura noruega se centró en el legado de Harald, en las lágrimas de la reina Sonia, en el nuevo Rey Haakon VIII, en la presencia de Mette-Marit todavía convaleciente y en la multitudinaria procesión por Karl Johans gate. Los Reyes Felipe y Letizia, junto a doña Sofía, formaron parte del cortejo a pie, vestidos de riguroso luto, con el monarca español luciendo la orden de San Olaf como gesto de respeto. Letizia recuperó un vestido de tweed negro de Carolina Herrera y el histórico collar de perlas de pasar de la Reina Victoria Eugenia. Todo impecable. Todo protocolario. Hasta que, más de siete días después, alguien en Oslo decide sacar la lupa y fijarse en ese pequeño movimiento de mano.
Según se ha podido ver en las imágenes, en cada asiento de la catedral había un cartel identificativo. A falta de un abanico convencional —y, al parecer, ante el calor del templo—, la Reina lo usó para darse un poco de aire. Un gesto espontáneo, casi doméstico, que en cualquier otro contexto habría pasado por anécdota. Pero no en un funeral de Estado con representación de decenas de Casas Reales, jefes de Estado y miles de noruegos concentrados en silencio. El protocolo de estos actos es estricto: los movimientos deben ser contenidos, sobrios, casi invisibles. Un abanico, si se usa, debe ser discreto, de color oscuro y guardarse en los momentos de mayor solemnidad. Convertir el cartel del asiento en ventilador no entra en el manual.
Y aquí viene lo sorprendente. La prensa noruega, que durante la jornada del 9 de septiembre se mostró mayoritariamente respetuosa y centrada en su propio duelo, ahora —cuando el cadáver ya está en la cripta de Akershus y el país ha pasado página hacia el reinado de Haakon— encuentra el momento para criticar a la Reina de España. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no el mismo día, cuando las cámaras estaban grabando y el detalle era visible? La respuesta parece más mediática que protocolaria. Después de una semana de crónicas emotivas y de reivindicación de la monarquía (incluso el primer ministro laborista Jonas Gahr Støre aprovechó para ensalzar el legado de Harald), el espacio se abre para el detalle secundario, para el “¿y tú qué mirabas?”. Es el clásico ciclo de la cobertura real: primero la solemnidad, después el cotilleo disfrazado de análisis de etiqueta.
No es la primera vez que un gesto menor de Letizia genera ruido. Su forma de estar, su mirada directa, su manera de ocupar el espacio público han sido objeto de escrutinio desde que llegó a Zarzuela. En España lo sabemos de sobra. Lo que resulta llamativo es que sea precisamente la prensa noruega —hasta ahora más contenida y centrada en sus propios dramas familiares, con Marius Borg y las polémicas de Marta Luisa de fondo— la que decida poner el foco en este particular. Como si el abanico improvisado fuera más relevante que la presencia de Felipe VI como padrino de Ingrid Alexandra, o que la propia reina Sofía, de la generación de Harald, viajando a Oslo para despedir a un amigo de décadas.
El funeral fue un despliegue de realeza europea sin precedentes recientes: Guillermo de Gales, Máxima, Mary, Rania, Charlene, Victoria de Suecia… Todos de negro, todos a pie detrás del féretro. En ese escenario, el gesto de Letizia es menor. Pero el timing de la crítica no lo es. Más de una semana después, cuando el eco del minuto de silencio nacional ya se ha diluido, alguien en los medios nórdicos decide que ese movimiento de mano merecía ser catalogado como “feo”. Quizá porque la solemnidad se agota y el periodismo de detalle necesita oxigenarse. O quizá porque, en el fondo, ninguna reina consorte está nunca del todo a salvo de la lupa, ni siquiera a más de dos mil kilómetros de Madrid.
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