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Los influencers de la generación de cristal encuentran en una anciana la horma de su zapato

La escena viral de una creadora de contenido y sus amigas increpando a una mujer mayor evidencia cómo muchos jóvenes convierten la calle en un plató, olvidan la educación básica y descubren que la vida real no lleva filtros

Los influencers, en el punto de mira

Los influencers, en el punto de miraS O C I A L . C U T / Unsplash

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Sandra Sánchez

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Las redes sociales han conseguido algo insólito: convencer a una parte de la juventud de que el mundo es un decorado y los demás, meros figurantes. La última prueba llega con un vídeo viral en el que una influencer, móvil en mano y ego en modo selfie, increpa a una señora mayor por el simple hecho de cruzarse en su “contenido” cuando no la dejaban pasar en plena vía pública.

La joven, más preocupada por encuadrar bien que por comportarse con educación, trata la calle como si fuera su canal personal. Lo que no esperaba era que la vida real no funciona como Instagram o TikTok, por muchos esfuerzos que el PSOE le dedique ahora a estas redes sociales. La mujer, cansada del tono, del acoso verbal y del postureo, responde. Y ahí se rompe la narrativa: la influencer deja de actuar y entra en pánico. El guion se le cae a pedazos. "Cállate la p**a boca", "Tienes como 60 años", "te vamos a patear"... Ni Hitchcock en uno de sus arrebatos.

El episodio resume a la perfección el fenómeno de la generación de cristal con altavoz digital: mucha fragilidad emocional, poca tolerancia a la frustración y una alarmante falta de empatía hacia quienes no participan de su ficción permanente. Todo vale por un clip, incluso señalar, provocar o humillar a una persona mayor que no ha pedido ser protagonista.

Lo preocupante no es solo el comportamiento individual, sino el ecosistema que lo alimenta. Redes sociales convertidas en plataformas antisociales, donde se premia la bronca, el victimismo y la falta de respeto si eso genera visitas. La educación, la convivencia y el sentido común quedan fuera de plano.

Mientras tanto, los mayores —que no entienden de “trending topics” pero sí de convivencia— empiezan a estar hartos. Hartos de cámaras invadiendo espacios comunes, de jóvenes que confunden la libertad con la falta de normas y de una generación que se indigna por todo… salvo por sus propios excesos.

A veces, basta un encontronazo con la realidad para aprender una lección básica: la calle no es un escenario, y la vida no se puede editar. Y cuando eso ocurre, la horma del zapato suele ser bastante más dura de lo esperado.

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