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Sarah Santaolalla protagonista en El Hormiguero: "Esa es la que es mitad tonta, mitad tetas"

En la tertulia política de El Hormiguero, Pablo Motos llegó con una escena muy española: zapeo matinal, cara de “¿pero esto qué es?” y una frase escuchada en Cuatro que aterriza en plató con efecto dominó.

Pablo Motos y Sarah Santaolalla

Pablo Motos y Sarah Santaolalla

Luis Sordo
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La conversación venía calentita por las declaraciones de Felipe González en un desayuno informativo en el Ateneo de Madrid: que votará en blanco antes que al PSOE de Pedro Sánchez, que pactar con Bildu es peor que hacerlo con Vox y que no se va del partido. Pack completo: crítica, aviso y yo me quedo aquí, pero os lo digo.

Hasta ahí, el menú era político. El giro llegó cuando Pablo Motos contó que, por la mañana, había oído a una tertuliana llamar “traidor” a Felipe González. No hizo falta dar nombres: el comentario apuntaba a Sarah Santaolalla, colaboradora habitual en TVE y rostro frecuente en tertulias de En boca de todos, presentado por Nacho Abad.

Y aquí es donde la cosa se pone divertida —sin golpes bajos y sin necesidad de elevar el tono— porque “traidor” es el adjetivo más cómodo de la tele: no exige explicación, solo volumen. Es el equivalente político a “¡me ofende!”: lo dices y ya parece que has argumentado. Pero no.

Llamar “traidor” a un expresidente porque critique al Gobierno es como pitar penalti cada vez que alguien pisa el área: al tercer pitido el público ya no se enfada, bosteza. Si discrepar es traición, ¿qué queda para la traición de verdad? ¿“Mega-traidor deluxe con borde crujiente”?

Por eso, sin que nadie tenga que rematarla, Sarah Santaolalla queda en evidencia: el salto de “no me gusta lo que dice” a “es un traidor” es tan grande que, más que una idea, parece un atajo. Un atajo directo al titular. Y, claro, en cuanto conviertes la tertulia en una fábrica de adjetivos XXL, pasa lo inevitable: se te ve el truco.

Juan del Val apostilló que “lo dice bastante gente”. Traducido: esto no va de análisis, va de tendencia. Y cuando una tendencia es llamar “traidor” a todo el que se sale del guion, el debate se queda como una pizza sin masa: mucha cosa encima, pero no sostiene nada.

En medio del momento, Rosa Belmonte soltó una frase “prestada” de La maravillosa señora Maisel y se produjo uno de esos silencios de plató que valen más que un editorial: ese segundo en el que todos piensan “sigamos, sigamos”. Belmonte explicó el origen; Motos tiró de comodín (“no me acuerdo”); y la tertulia volvió al carril.

Pero el retrato ya estaba hecho: si tu análisis necesita dinamita verbal para parecer contundente, quizá no era tan contundente. Y si el argumento más fuerte es una etiqueta, entonces no estás explicando la política… estás compitiendo por el eslogan.

Y en prime time, eso se nota. Mucho.

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