equipo sanchista
Intelectuales como Sarah Santaolalla, Pablo Iglesias, Pardo de Vera y Évole sacan un manifiesto "contra el odio"
Firmado por rostros habituales del activismo mediático de la cultura de la cancelación de la iuzquierda como Joaquín Estefanía, Ceberio, Jesús Maraña o Maruja Torres, el texto alerta del odio de quienes no piensan como ellos

Firmantes del manifiesto Por una esfera pública libre de acoso, amenazas y miedo
Doce medios situados en la órbita ideológica de la ultraizquierda han impulsado el manifiesto Por una esfera pública libre de acoso, amenazas y miedo, un texto que denuncia la existencia de campañas coordinadas de “mentiras, insultos, desinformación y violencia” contra voces “incómodas” para los ultras. Entre los promotores aparecen cabeceras como Público, infoLibre, Ctxt, Canal Red, El Salto, La Marea, El Plural, Sin Permiso, Luzes, Crític, Spanish Revolution y Pandemia Digital. Lo mejor de cada casa.
El documento llega acompañado por una lista de firmas que retrata a la perfección el ecosistema, el equipo de opinión sincronizada: Manuel Rico (Público), Virginia Pérez Alonso (infoLibre), Vanesa Jiménez (Ctxt) y Magda Bandera (La Marea), además de Ana Pardo de Vera, Jesús Maraña, Fernando Berlín, Miguel Mora, Olga Rodríguez o Nieves Concostrina. A ellos se suman exdirectores de El País como Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Soledad Gallego Díaz, junto a nombres del circuito mediático como el ahora contertulio y antes político Pablo Iglesias, Jordi Évole o Sarah Santaolalla. En el apartado cultural y académico aparecen, entre otros, Aitana Sánchez-Gijón, Luis García Montero, Ignacio Sánchez-Cuenca o Pilar del Río; y en el jurídico, José Antonio Martín Pallín.
El acosador, lloriqueando
El mensaje oficial es solemne: se alerta de una deriva intimidatoria y se advierte de que “el autoritarismo” busca “silenciar todo relato diferente”. El problema es que el manifiesto llega firmado por quienes, durante años, han confundido la discrepancia con una sospecha moral y han convertido el debate político en un sistema de etiquetas: “facha”, “ultra”, “fascista”. Palabras comodín que no describen: expulsan.
Y ahí aparece la contradicción. Los mismos que ahora piden una “esfera pública libre de miedo” han alimentado la cultura de la cancelación cuando el invitado no era de los suyos, cuando el conferenciante incomodaba, cuando el columnista no repetía el catecismo. La libertad de expresión, para ellos, suele ser un derecho precioso… siempre que lo ejerzan los correctos. Si no, el manifiesto del lloriqueo.
Medios
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El ejemplo más reciente de esa lógica lo ilustra la propia Sarah Santaolalla: indignación ante ataques personales recibidos y, casi a renglón seguido, descalificaciones en antena a adversarios mediáticos. Y así, una y otra vez: se denuncia el barro, pero se chapotea en él con entusiasmo.
El manifiesto también señala a redes sociales y plataformas como X como epicentro del deterioro del debate público, con Trump como villano recurrente. Pero la polarización no es patrimonio de una sola ideología: se ha convertido en industria. Y lo inquietante no es que pidan reglas; es que parezcan pedirlas solo para el rival.
Porque la historia enseña otra cosa: el autoritarismo no empieza prohibiendo, sino etiquetando. No arranca con censura, sino con “señalamientos” y “cordones sanitarios” que terminan siendo cordones al pensamiento. Y cuando el mismo club de siempre firma un texto para “proteger” el debate, muchos sospechan que lo que buscan, en realidad, es blindar el relato. El del sanchismo, que con Sánchez viven muy bien. Ellos, claro, no el resto.