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Alsina pone en aprietos a Carlos Cuerpo con la pregunta que incomoda al Gobierno: “¿China respeta los derechos humanos?”

El ministro de Economía se ve obligado a retratarse en Onda Cero ante una cuestión explosiva que golpea de lleno la equidistancia del Ejecutivo con Pekín.

Carlos Cuerpo, con Carlos Alsina en ‘Más de uno’

Carlos Cuerpo, con Carlos Alsina en ‘Más de uno’

Luis Sordo
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No era una pregunta cualquiera ni una de esas formuladas para salir del paso. Carlos Alsina fue al núcleo del problema, a la zona donde el Gobierno se siente más incómodo cuando habla de China. Y allí lanzó la cuestión que retrata a cualquiera: “¿China respeta los derechos humanos?”.

Frente al micrófono de Más de Uno, Carlos Cuerpo tuvo que enfrentarse no ya a un debate económico o comercial, sino a algo mucho más delicado: la contradicción permanente de un Ejecutivo que quiere hacer negocios con Pekín sin pagar el precio político de parecer complaciente con un régimen bajo sospecha por su historial en libertades y derechos fundamentales.

Alsina aprieta donde más duele

La escena tuvo toda la fuerza de esas entrevistas que desnudan un discurso oficial. Porque cuando se habla de China, el Gobierno suele instalarse en la vaguedad diplomática, en el lenguaje de laboratorio, en esa calculada ambigüedad que intenta no molestar a nadie. Pero Alsina no dejó espacio para el maquillaje verbal.

La pregunta era simple, pero demoledora. De las que obligan a elegir entre la verdad incómoda y el refugio en los eufemismos. Y ahí es donde muchos miembros del Ejecutivo tropiezan: saben que cualquier contundencia puede molestar a una potencia clave, pero también que cualquier titubeo deja un rastro político evidente.

El Gobierno quiere negocio sin mancharse

Ese es el verdadero fondo del asunto. El sanchismo lleva tiempo intentando caminar por una cuerda floja con China: mantener abiertas las puertas económicas, no estropear la interlocución con Pekín y, al mismo tiempo, seguir envolviéndose en la bandera de los derechos humanos cuando toca presumir de valores.

El problema llega cuando ambas cosas chocan. Porque llega un momento en que no se puede contentar a todos. O se denuncia con claridad lo que ocurre en un régimen autoritario, o se opta por esconderse detrás de fórmulas tibias para no perjudicar intereses estratégicos.

Y eso fue exactamente lo que dejó al descubierto la entrevista.

Cuerpo sale del terreno cómodo

Carlos Cuerpo se mueve con soltura cuando pisa el terreno técnico: cifras, previsiones, estabilidad, crecimiento, inversión. Pero la pregunta de Alsina no iba de PIB, ni de aranceles, ni de mercados. Iba de principios. Y ahí la respuesta del ministro adquiría una dimensión mucho más política que económica.

Porque cuando un representante del Gobierno evita llamar a las cosas por su nombre ante una cuestión de derechos humanos, el mensaje que queda es demoledor: que el interés comercial pesa más que la defensa de los valores que luego se invocan en otros escenarios.

La incomodidad de Moncloa con China

La entrevista volvió a poner sobre la mesa una evidencia que en Moncloa conocen bien: China es un socio demasiado importante como para irritarlo, pero también demasiado controvertido como para defenderlo sin coste.

Por eso cada comparecencia, cada declaración y cada respuesta sobre Pekín se mide al milímetro. Y por eso preguntas como la de Alsina son tan temidas. Porque rompen el decorado, fuerzan la posición real del Gobierno y dejan al descubierto si detrás de la retórica progresista hay convicción o simple cálculo.

Una pregunta que retrata a cualquiera

La cuestión planteada en Onda Cero no solo interpela a Carlos Cuerpo. Interpela al conjunto del Ejecutivo. Y también a esa parte de la política española que presume de superioridad moral, pero se vuelve de repente mucho más prudente cuando los intereses económicos entran en escena.

Con China no caben demasiados disfraces. Y la pregunta sigue siendo la misma, por mucho que se intente bordear: si un Gobierno dice defender los derechos humanos, debe demostrarlo también cuando el país señalado no es un adversario pequeño, sino una superpotencia a la que conviene no incomodar.

Porque al final ahí está la clave. Y ahí fue donde Alsina puso el foco. En el punto exacto en el que el discurso oficial empieza a hacer aguas.

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