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El pueblo de Madrid que esconde tesoros: la sensual Leda, el rey roto y la joya tras la verja

El castillo de Villaviciosa de Odón es mucho más que un decorado histórico cerrado al público. Fue el lugar donde un rey murió de amor, donde se sellaron intrigas internacionales, y donde aún se guardan secretos

El castillo de Villaviciosa de Odón, archivo histórico del Ejército del Aire

El castillo de Villaviciosa de Odón, archivo histórico del Ejército del AireArchivo histórico del Ejército del Aire

Antonio Martín Beaumont

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En Villaviciosa de Odón se guardan verdaderas maravillas. Aunque, quizá por el carácter sobrio de sus habitantes, se les da menos importancia de la que realmente tienen. Basta con entrar en el Jardín Histórico de su castillo por la puerta de Felipe V. A pocos metros, uno se topa con la estatua de Leda y el cisne, una obra maestra del escultor Juan de Ávalos.

Está instalada en el estanque de Fernando VI, diseñado en 1739 por Juan Bautista Sachetti y completado, ya en el siglo XX, por el arquitecto Julio Cano Lasso. Pero llegar más allá es imposible. Una verja cortante lo recuerda: “ZONA MILITAR. PROHIBIDO EL PASO”.

Desde 1968, el castillo es sede del Archivo Histórico del Ejército del Aire. Firme. Silencioso. Como un vigía inmóvil. Cinco siglos mirándonos. Pero hay que conformarse con bordear la fortaleza y ver, entre maleza y desconchones, el avión Mirage que agoniza en su jardín posterior.

El símbolo mitológico y la herida del poder

Vuelvo mis pasos hacia Leda y el cisne. El sol de junio castiga. Un acompañante señala el erotismo de la escena. La escultura impacta: Leda, desnuda, sorprendida en su baño por Zeus transformado en ave. De esa unión mitológica nació Helena, la que con su belleza desató la guerra de Troya.

Todo poder, también el divino, deja una herida.

Ávalos —escultor monumental del franquismo y, paradójicamente, socialista exiliado en Portugal— eligió esta pieza para colocarla, en 1999, en un lugar cargado de historia emocional: donde un rey murió de pena.

Cuentan que Francisco Franco, al ver su obra El héroe muerto en 1950, preguntó:

—¿Quién ha hecho esto?

—Un rojillo.

—Todos los artistas son un poco rojillos —respondió el general.

Un año después le encargó a Juan de Ávalos las esculturas del Valle de los Caídos.

Fernando VI: la lenta muerte del amor

Agosto de 1758. Bárbara de Braganza acaba de morir. En Villaviciosa solo queda el eco. Fernando VI pasea por esos jardines diseñados por Sachetti. Va como un espectro. Ni ministros, ni música, ni comida. La tristeza se lo lleva por dentro.

Leda y el cisne, de Juan de Ávalos. Al fondo, el castillo

Leda y el cisne, de Juan de Ávalos. Al fondo, el castillo

Los médicos anotan delirios, insomnio, letargos. Testigos hablan de un rey que corre desorientado por los pasillos. Hasta que, el 10 de agosto de 1759, a los 45 años, muere. Sin herederos. Sin voluntad. Murió de amor.

Un matrimonio real que sí fue amor verdadero

Nadie lo esperaba. Era otro matrimonio de Estado. Un Borbón español y una Braganza portuguesa. Pero Fernando VI y Bárbara no fueron una pareja más. Se eligieron. Se necesitaron. Y se amaron profundamente.

En la corte de amantes y escándalos, ellos caminaban juntos. Escuchaban música de cámara como un rito. Él gobernaba con ella siempre cerca. Cuando ella se fue, él se desplomó.

Eligió el castillo de Villaviciosa para esconderse del mundo. Fue allí, en su refugio de piedra, donde se fue apagando lentamente.

Villaviciosa, epicentro del tablero europeo

Mientras el rey se moría, Europa contenía el aliento. Francia, Austria, Inglaterra… Las potencias vigilaban. ¿Quién ocuparía el trono vacío? El rey no tenía descendencia.

La corte española tejía alianzas. Pactos discretos. Comidas secretas. Ensenada y Carvajal sostenían el Estado como podían. Pero todo estaba en suspenso.

Villaviciosa era, por unos días, el centro del mundo. Y del silencio.

Un castillo que ha visto demasiadas cosas

Cinco siglos después, ese castillo sigue en pie. Destruido y reconstruido. Testigo de todo.

Ha visto pasar a reyes, reinas, infantes, diplomáticos, artistas, forestales, soldados, ministros… Incluso Godoy, el todopoderoso valido de Carlos IV, estuvo aquí detenido tras el Motín de Aranjuez.

Hoy, cerrado al público, sigue cumpliendo su vieja función: Resistir. Y observar.

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