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La nación sin autoestima

Rafael Núñez retrata una España acostumbrada a mirarse con desconfianza, atrapada entre la leyenda negra y los nacionalismos, y necesitada quizá no solo de mejores políticos, sino también de autoestima

Acto de izado solemne de bandera con motivo de la festividad de San Isidro.

Acto de izado solemne de bandera con motivo de la festividad de San Isidro.Europa Press

Borja Cardelús
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Borja Cardelús
Director General del Fundación del Toro de Lidia

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Para cuando uno torna la última página de La nación sin autoestima de Rafael Núñez (CEU Ediciones, 2006), ya es tarde. El lector con cierto sentido de España se encuentra como la nación, abatido. Y con sensación de desasosiego ante la impotencia de la situación, como cuando estudiábamos el siglo XIX español.

No es que uno no barruntara lo que nos iba a contar Núñez. Lo que pasa es que a esta vida hemos venido a intentar ser felices. Por eso en la cosa de lo de España tendemos a hacernos un poco los suecos, que es menos sufrido que asumir la pesada carga de ser español y que te duela permanentemente España. El problema es que tras la lectura de este magnífico texto se nos hace más difícil eludir la cuestión, por lo crudo que se nos presenta.

Lo primero que hay que aclarar es que Rafael Núñez no nos propone un texto científico que avale una tesis, sino que de manera ágil y contundente nos va contando la historia de la baja consideración que los españoles tenemos de nosotros mismos, y sobre los colaboradores necesarios para que esto ocurra. Por resumirlo, nuestra inveterada leyenda negra en el exterior y el sempiterno problema de los nacionalismos en el interior, polos sobre los que gravita el libro.

La narración es directa, ágil, amena, y rica en ejemplos que avalan la idea que propone el autor de una España que no encuentra su sitio más que en la posición de postración, en una progresión rítmica que hace que no puedas abandonar la lectura. La tensión narrativa va en aumento hasta dejar al lector exhausto emocionalmente.

El estilo divulgativo y narrativo para demostrar una tesis tiene sus trampas, suele ser terreno abonado para abusar de numerosos sesgos cognitivos que van a hacer que el lector quede a merced de lo que pretenda contarle el autor.

En La nación sin autoestima puede que ocurra algo así. Y si bien el lector avisado es consciente de que se le están escamoteando argumentos en contrario, en realidad da un poco igual. Por un lado, basta abrir las ventanas y asomarse a la calle para darse cuenta de que Rafael Núñez tiene razón. No, no estamos construyendo un sentido de España común como cualquier otra nación, demasiadas taras nos atenazan.

Y, por otra parte, quizás más relevante, es que no parece ser la motivación principal del autor la de alcanzar una verdad científica indiscutible después de haber presentado argumentos a favor y en contra. No, el autor, a la manera de los escritores regeneracionistas, aborda el tema como diagnóstico militante con la idea de provocar reacción. Se parte de una tesis que el autor considera evidente para sacudir, persuadir y movilizar, más que para someter esa tesis al método científico.

Se agradece que Rafael Núñez no entre a juzgar lo que unos han hecho y otros han dejado de hacer, se limita a la narración concienzuda y profusamente ejemplificada, se cede el protagonismo a los hechos y que sea el lector el que reparta culpas. Aunque puede que se eche de menos una más contundente narración de los pecados por omisión de algunos, que para llegar a esta situación todo el mundo ha tenido que arrimar el hombro por activa o por pasiva.

Las soluciones no las va a encontrar el lector en el libro. Ay, si fuera tan fácil. Aunque uno, al concluir la lectura, puede legítimamente preguntarse si lo que necesita España son estrategias políticas acertadas o en realidad si lo que hace falta aquí es un buen psicólogo. La duda queda flotando en el aire.

Estoy convencido de que La nación sin autoestima provocará en no pocos raptos de incontrolable indignación ante la evidencia, para ellos, del carpetovetónico espíritu castellano que nos imposibilita el avance hacia el promisorio futuro de las naciones modernas. Será, sin duda, una muestra más del éxito del autor y de lo certero del título.

Ojalá este libro sirva de acicate para que nos miremos mejor a nosotros mismos, para trabajar, cada uno en su ámbito, en un nosotros común al que tenemos derecho, con su historia de la que enorgullecerse y su futuro ilusionante. Y ojalá también este libro cayera en las manos adecuadas para que, por fin, alguien se pusiera a hacer algo serio sobre este tema de una vez.

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