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Tambores de guerra

Aunque yo, tal vez ingenuo, aspiro no solo a acallar los tambores de guerra, sino a erradicarlos y recuperar la melodía de paz y concordia, compatible con legítimas diferencias

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queremos pazDPA vía Europa Press

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El magnífico texto de Jaime Siles que encabezaba el Homenaje de artistas plásticos a Ucrania que apadrinó el Ateneo Mercantil -han pasado tres larguísimos años de la invasión rusa- se iniciaba con la rotunda frase de Esquilo “La primera víctima de la guerra siempre es la verdad”, y nadie se ha atrevido hasta hoy a desdecirlo glosaba el catedrático y poeta valenciano. Siempre procede recordarla digo yo hoy modestamente.

A principios de mes, con la nueva dana amenazante, una entrañable amiga castellonense -y no menos prestigiosa- me sorprendió preguntándome a bote pronto si creo en las plagas bíblicas. Y me puse transcendente: “en las plagas bíblicas como tales me cuesta creer … pero en una suerte de continua confluencia de torpezas humanas que terminan en incapacidad absoluta para gestionar y controlar lo inesperado, no hay más que contemplar la historia … y las circunstancias en las que estamos en un momento más que crítico a nivel general (Trump, Putin, Sánchez …) y sus consecuencias físicas, medioambientales, administrativas … y por ende sociales y económicas, no serán una plaga bíblica pero son una plaga nefasta de estulticia y maldad combinadas”. Sólo queda confiar en la providencia y ayudar con sensatez, bondad y compasión.

A la Comunidad Valenciana también ha llegado la plaga de la guerra, como si con la tragedia no hubiéramos cosechado tristeza suficiente. Una guerra todavía incruenta, de unos contra otros, de todos contra todos, alimentada artificialmente por los más extremistas, que exige tregua inmediata y permanente, so riesgo de no dejar títere con cabeza. Con un falso eufemismo el de “seguridad” acuñado por la insustancial Yolanda Díaz (tengo para mí que comparte guionista con la esposa del presidente) por mor de eludir legítima “defensa”, mientras ella misma y los suyos azuzan los peores humores del personal. Su socio valenciano con Baldoví o Ribó a la cabeza, son un vergonzoso espectáculo de insultos e improperios en las redes sociales.

Álvaro Errazu, mi director, sostiene que nuestra realidad más cercana está emponzoñada y así lo refleja Sergi Tarazona al glosar el escrito consensuado por cuatro decenas de miembros destacados de la sociedad valenciana que he tenido el honor de coordinar.

Remediarlo, por razonable que parezca, en la práctica y a la vista de los acontecimientos diarios se antoja hoy objetivo hercúleo. Entre las posiciones más radicales y fundamentalistas, que no suelen faltar en los bandos en contienda, y la fatiga de los más tibios que a menudo forman legión, el panorama resulta ya insoportable para el común. Y rayano en la melancolía en el mejor de los casos. Ni las Fallas son capaces con sus tabalets y sus dolçainas, de opacar el sonido salvaje de los tambores de guerra. Personalmente ajeno a las equidistancias considero execrable el movimiento encabezado por Morant y Bernabé con el que se pretende someter a Carlos Mazón, e inaudito que desde la responsabilidad de un ministerio o la delegación de gobierno, se hayan instalado en la agresión verbal directa y personal.

Les confieso que el reclamado “respeto por los tiempos y los modos” de partidos políticos o asociaciones resultó precisamente un argumento disuasorio para la adhesión de muchos hipotéticos firmantes del escrito más arriba citado. O sea, que es obvio que se ha perdido la confianza y, por ende, el respeto en los servidores públicos emanados de las urnas, debilitándose en exceso las conductas democráticas y, por tanto, las esencias del Estado de Derecho. Unos y otros tienen el deber moral de recuperarlo.

Aunque con otros objetivos y argumentos, he querido entender -y saludo- planteamientos semejantes en la reflexión que Alfons García hacía ayer en el Levante. Un halo de esperanza.

Hay muchos, demasiados, que me dicen que poco ya se puede hacer a estas alturas. Que estamos jodidos. Aunque yo, tal vez ingenuo, aspiro no solo a acallar los tambores de guerra, sino a erradicarlos y recuperar la melodía de paz y concordia, compatible con legítimas diferencias, a la que los que acumulamos tres cuartos de siglo, nos habíamos acostumbrado y queremos para los que nos despidan mañana. No es una fantasía, es un sueño a construir, como ya hicimos en la transición con la propia democracia.

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