Fueros, hechos, desafueros y desaforados
La combinación de hechos y desafueros que nos agobian en el
panorama internacional, de la que España no es ahora mismo excepción

Els Furs, las normas y leyes que rigieron en el Reino de Valencia.
Precisamente los valencianos sabemos bien el significado profundo y operativo del concepto de fuero. Más allá de la comprensión global del término, que puede denotar, jurisdicción, poder o lugar, sabemos -y podemos sacar pecho- que también por protagonizar el primer compendio de normas y leyes conocido en la península ibérica, Els Furs de Jaume I, jurados por el monarca antes les Corts Valencianes en 1261, tras el ensayo previo del primer costum de Xàtiva no mucho después de la conquista.
Con el posterior juramento de Pere III, se consolidó una tradición jurídica propia que llevó al Reino de Valencia al esplendor del llamado Segle d’Or que inauguró y simboliza a su máximo nivel el Tirant lo Blanch de nuestro Joanot Martorell, que se mantuvo hasta les Decrets de Nova Planta de Felipe V tras la afamada batalla de Almansa (“quan el mal ve d’Almansa, a tots alcança”, reza el popular refrán valenciano). Trescientos años más tarde, el Estatut de 2006 hace mención muy expresa al Dret Foral Civil Valenciá, cuya reivindicación sigue inexplicablemente estancada pese a un generalizado consenso.
El Llibre dels fets, la crónica -unas memorias en la práctica- de la que el Conqueridor quiso dejar constancia a su muerte se supone redactada algo antes, en 1274. Los estudiosos afirman que existió una versión en lengua latina hacia 1313 y otra posterior en valenciano, la más antigua que se conoce, datada treinta años más tarde. Mientras los Archivos de la Corona de Aragón conservan una versión parcial del XVII, la Biblioteca de Catalunya, fundada en 1907 como Biblioteca del Institut d’Estudis Catalans, atesora una copia completa del XVI.
La consulta del diccionario resulta innecesaria para comprender que por desafuero se entiende todo aquello ajeno a la legalidad, orillándola mediante triquiñuelas de legítima apariencia, como las llamadas interpretaciones creativas de reciente jurisprudencia, o negándola taxativamente en ejercicio de las más pura delincuencia. En mi infancia era frecuente para expresar dislate, carencia de sentido común, o simplemente una mayúscula desgracia. No en vano, fuero interno viene a ser sinónimo de conciencia.
La combinación de hechos y desafueros que nos agobian en el panorama internacional, de la que España no es ahora mismo excepción, ha sido históricamente el nefasto preludio de los momentos más dramáticos de la humanidad. No han faltado tampoco aquellos otros en los que atajando esa tormenta perfecta a tiempo, ha podido mantenerse el progreso y bienestar de la humanidad. Mantengamos -cultivemos- en consecuencia la esperanza mediante una acción cívica participativa y responsable.
Desaforado y desaforada son calificativos que connotan desmesura, exceso de velocidad, de celo o de ambición. Y que también dan cuenta de situaciones de desconcierto, de remordimiento de conciencia, o incluso de ausencia de ella. En la jerga específicamente jurídica, desaforados somos el común, incluida quien se haya encontrado así de forma sobrevenida como consecuencia del desaforado proceso de aforamiento de un tercero. Aquellos y estos, votantes o electos, por causa de disciplina, obnubilación o simple desidia, hacen flaco favor al desarrollo democrático de nuestra Monarquía parlamentaria, en la que la Jefatura del Estado, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y la Judicatura en su conjunto son el último bastión de garantía y cumplimiento de los imprescindibles valores de igualdad y libertad que proclama nuestra Constitución y replica nuestro Estatut.
Ayer asistí, satisfecho en mi fuero interno, al espléndido concierto interpretado por la Unidad de Música de la Guardia Real, con motivo del X Aniversario del reinado de Felipe VI, donde sonó “L’entrà de la murta” del maestro Giner, y un atronador “Vixca el Rei”, tras la marcha militar compuesta por su Director, el coronel músico Fernando Lizana.