Nos queda la ciencia
Es obviedad a no olvidar, querido Magín, que en la cultura y la ciencia está la oportunidad y la guía

El científico Santiago Grisolía, (Valencia,1923-2022)
Ahora Leonardo y Marta, Grazalema y Jerez de la Frontera. Asistimos incrédulos a catastróficos fenómenos ambientales que se desencadenan súbitos y sin tregua evidenciando más incógnitas que explicaciones. Pero los resultados son tan inequívocos como dramáticos.
En el Palacio de Forcalló, sede del Consell Valencià de Cultura, volvieron a resonar las palabras tan repetidas de quien fue su presidente tantos años, profesor Santiago Grisolía, “la ciencia es el futuro”. Esta vez en boca de la vicerrectora de la UPV, Débora Domingo, apostillando la lección magistral que el profesor José María Baldasano, premio Jaume I de Medio Ambiente y Nobel colectivo de la Paz IPCC en 2007, pronunció con motivo de la presentación de su último libro Dos grados no son para tanto. Una historia del negacionismo climático, editado por Cátedra recientemente.
Como la palabra al poeta vasco Blas de Otero y al jerezano Caballero Bonald, nos queda la ciencia a los humildes mortales. Coincidía la rectora de la Universitat Jaume I de Castelló, a la sazón presidenta de la Crue, profesora Eva Alcón, en artículo de opinión en Levante-EMV, señalando que “la ciencia és esencial per al progres i el benestar social”. Tanto como la poesía como arma de futuro para Gabriel Celaya.
Me recuerda mi amigo Magín Ruiz de Albornoz la obviedad del aserto de Nuccio Ordine “el conocimiento es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse”, mientras me advierte del interés en no olvidarlo por ello.
Así que el llamamiento científico de Baldasano, bien datado y sin aspavientos, sobre los previsibles resultados de este fosilizado planeta -valen acepciones diversas- no debe caer en saco roto ni devenir un lamento de resignación. Aun cuando el negacionismo científico sobre el cambio climático al que asistimos sea prácticamente residual, el negacionismo climático se asienta en bases económicas y políticas muy sólidas, curiosamente compatibles con opuestos posicionamientos gestuales de sus protagonistas principales. Y eso, que lo explica bien el profesor de la UPC autor del libro de referencia, es clave de arco del estado de derecho y del bienestar social al que propende la profesora Alcón.
La torpe banalización del fenómeno de capital importancia en el extremo de la estúpida resignación ante lo inevitable, tienen en la argumentación histórica y en la investigación científica el único antídoto fiable. Y quienes nos ocupamos de la opinión y de la cultura, obligación de la didáctica difusión de sus resultados.
Tocayo, amantes de la RAE y amigos, el autor recuerda en sus reflexiones finales: “… lo que se ha dado en llamar <> responde bien a la definición de <> de la RAE: cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que son apreciados… Tenemos la obligación moral de luchar por detener el actual cambio climático lo antes posible y descubrir cómo hemos llegado hasta aquí. Hay lecciones que aprender”.
Sé qué hacen suyas estas palabras que hago mías. Y es obviedad a no olvidar, querido Magín, que en la cultura y la ciencia está la oportunidad y la guía.
Nos quedan la palabra y la ciencia. Hagamos uso de ellas.