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Etarras en la calle. ¿Nos alarmamos?

Con ETA ha terminado la sociedad española, Europa, los jueces, la policía, la guardia civil y las prisiones. Cualquiera que se atribuya haber terminado con la banda es un tonto con toda la cuerda dada

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Están terminando, no faltan ni dos peladas, los fastos, las procesiones, los sermones, las velas, los inciensos y todo el folklore que conlleva la semana santa.

Vuelve la vida a la normalidad, si normalidad puede llamarse a que dos criminales de guerra sigan campando a sus anchas, bombardeando a su capricho, alterando el orden económico mundial y casi riéndose cuando habla del “estrecho de Trump” –Freud debería estudiar ese lapsus– y habla de hacerse rico. Yo no he ganado ni un euro con esta guerra que no sabemos cómo terminará, los capitostes mundiales sí. No he podido guardar esa frase exacta, del presidente psicópata, oída en telediarios. De Netanyahu no hay ni que hablar –él y el otro tienen que acabar en un Nuremberg para ellos– extiende su territorio masacrando pueblos vecinos sin que nadie lo impida. Gran fracaso del Derecho Internacional que sucumbe ante las armas.

Esto es terrorismo, lo tengo claro. He ahí el eterno problema al hablar de terrorismo en una clase o en una conferencia. He buscado definiciones a lo largo de muchos años dedicado a este asunto profesionalmente y no hay forma de ponerse de acuerdo. Una cosa es cierta, en los muchos terroristas que he entrevistado, no he conocido a ninguno que se reconociera terrorista a sí mismo. Todos eran luchadores por la libertad y la justicia.

Pedro Sánchez es un hombre inteligentísimo en su primer trabajo: mantener su sillón incólume y mantenerse el mismo en el poder. Echen un vistazo a las transferencias que ha cedido en los últimos años a vascos y catalanes. De cuarenta y seis transferencias hechas desde que llegó a la Presidencia, treinta han sido a catalanes y vascos. Son autonomías singulares porque posibilitan que él siga siendo presidente. Así de claro.

La gestión de las cárceles es un marrón que nadie quiere. Las cárceles son un problema en sí mismas. Se gestionan como un hotel –se come, se duerme, hay atención sanitaria, cultural, de limpieza, de peluquería, familiar…, pero nadie quiere estar allí dentro–. La privación de libertad, la convivencia forzada y otros detalles en los que no entraré ahora, hacen que la cárcel sea un problema. Lo mejor es que no se hable de ella porque cuando hablan, casi siempre es para mal. Una vez tuve un problema con un periodista muy famoso –respeto el nombre porque estará aun más abuelo que yo, si no ha pasado ya al otro barrio–. Vosotros, le dije, si yo os llamo para hablar de que hemos organizado una semana literaria para los presos en la cárcel de Nanclares, no vais ni uno. Si un preso le coge el culo a un funcionario, o viceversa –véase el episodio en la prisión de Mallorca, libro “Cuarenta años de cárcel. Sin redención”–, vais todos echando hostias. Ya saben, la noticia no es que un perro muerda a un hombre sino al contrario. Noticia es lo que molesta a alguien, si no es publicidad.

¿Por qué el PNV y Bildu querían la gestión de las cárceles? Para manejar el asunto etarra. En el año 91, a mí, no a nadie más, a mí, me pidió un miembro destacadísimo del partido que mandaba en Euskadi, que hiciéramos las transferencias. Respondí rápidamente: no tengo autoridad para hacer eso, solo soy director de una cárcel. Esa misma petición hizo dos meses después, en una mesa generosa en el Andra Mari de Galdácano, con Arzallus en la comida y Antonio Asunción a mi lado. Pedidlo a Felipe, dijo Antonio, y ellos dejaron claro que lo que querían era manejar el asunto presos de ETA. Hasta el más tonto veía eso.

ETA ha terminado. Yo respeto mucho a las víctimas de ETA porque he sido una de ellas: me echaron de Nanclares por su culpa, estuve años y años con escolta y guardia civil en la puerta de mi casa

ETA ya no existe por más que muchos aún la utilicen en sus discursos políticos, siempre con motivaciones particulares y utilitaristas, como si estuviera viva. Con ETA ha terminado la sociedad española, Europa, los jueces, la policía, la guardia civil y las prisiones. Cualquiera que se atribuya haber terminado con la banda es un tonto con toda la cuerda dada. Hay gente que ha hecho mucho y es muy poco valorada y gente que ha hecho muy poco y está todo el día poniéndose medallas.

Cuando Asunción tuvo la gran idea de la dispersión y la reinserción y proclamó en una reunión de directores de cárceles que las prisiones no podían ser solo un almacén de terroristas, sino un elemento esencial en la lucha contra el terrorismo –Vean mi libro De prisiones, putas y pistos, véanlo si les da la gana, que no es obligatorio ni escribo para vender libros, sino solo para mantener engrasadas las neuronas, y eso hace que hasta mi novia, el amor de mi vida, me haya abandonado porque dice que ya está bien de literatura y de gilipolleces–, ese día hubo un cambio radical en la pelea del estado contra una banda terrorista que lo tenía, en muchos momentos, puesto contra la pared.

La cárcel es una institución total. Lo he dicho, en mi de director y luego cuando me dediqué exclusivamente a la banda terrorista, a más de un etarra: si me pongo a controlarte, te conoceré mejor que tú a ti mismo. No es un farol y en más de una charla y una conferencia, se lo he dicho también a la policía y a la guardia civil: nosotros sabemos de delincuentes más que vosotros. Estamos con ellos todo el día, no como tanto criminólogo de salón y autor de novela negrísima desde la moqueta de su estudio. Pisamos la arena en cada corrida –con perdón–.

Tu detienes a un etarra o a otro delincuente y lo tienes poco tiempo en “tus manos”. Te puede mentir, puede guardar silencio y puede disimular. En la cárcel vive un día tras otro. No puede negar con quien tiene relación porque tú autorizas las visitas y las llamadas. Tú puedes controlar la correspondencia, aunque no la intervengas. Tú sabes qué cosas pide al demandadero, que enfermedades sufre, qué deportes practica, qué libros lee o si no lee ninguno, quienes son sus amigos, qué tabaco fuma, si le gustan los porros o si consume la cosa más inimaginable. Ved en las putas y las pistolas mi episodio de la purrusalda con Txiquierdi, es ilustrativo. La privacidad en una institución total es muy difícil, predique quien quiera lo contrario.

La documentación carcelaria de un interno es un documento completo. Mucho más que la documentación de cualquier ciudadano que también lo es. La cuenta corriente, la declaración de la renta, la de la seguridad social, nos dan una imagen muy cercana a la realidad de cualquiera, por no decir exacta.

Hay gente que ha hecho mucho y es muy poco valorada y gente que ha hecho muy poco y está todo el día poniéndose medallas

En un problema como el terrorismo etarra, tener el control y el mando sobre los que están en prisión da un poder digno de tener en cuenta.

ETA ha terminado. Yo respeto mucho a las víctimas de ETA porque he sido una de ellas: me echaron de Nanclares por su culpa, estuve años y años con escolta y guardia civil en la puerta de mi casa - pregúntenle a mis vecinas-, me perdía la adolescencia de mis hijos que me calificaban de padre ausente, o sea que no me vengan con víctimas que, en mi caso, que te den por muerto y estar pendiente de cuando te van a pegar el tiro es un mal rollo. Respetando las víctimas, respeto también el uso que hacen PSOE, Bildu y PNV de los etarras que ahora viven en el resort vasco. Recuerden que he defendido sobradamente que la dispersión que con Antonio Asunción llevé a cabo, no era una medida para hacer sufrir a los presos sino un medio y un modo de tratamiento. La dispersión debió acabar y lo hizo, porque acabó la banda. Ahora tenemos que admitirla en las instituciones porque era lo que le pedíamos – en interior, no sé dónde , tiene que haber miles de folios de entrevistas en las que, como un predicador de semana santa, les decía una y otra vez a los etarras con los que hablé: dejad los tiros y las bombas lapa de una puta vez y entrad en las instituciones. Ahora están dentro, vamos a hacer política intentando que esta sea en beneficio de todos y no solo para sujetar sillones.

¿Creen que, oyendo a De Juana Chaos planear mi muerte en los locutorios de Meco, no me jode verlo en Venezuela vendiendo ron Amazonas y aguardiente Tres esquinas? ¿No me jode ver a Gadafi, que se cargo a mi amigo el Cabezón Goicoetxea, salir con la cabeza alta de Basauri y pasear como un ciudadano modelo? ¿No me jode ver a Anboto, pareja de Antza hecha una abuelita como todos, al que estuvimos buscando días y noches y sobre el que no puedo escribir ningún libro? ¿Qué me vais a decir de ETA que no sepa, sabios de gabinete con moqueta y sonido ambiental, si estoy hasta los cojones de pasar miedo y frío y aburrimiento, para que vosotros os llevéis las medallas? A estas alturas solo quiero que Kubati y Txiquierdi lean este artículo y se acerquen a Alicante. Los invitaré a un arroz en algún sitio bueno –no haré publicidad, el mismo en el que Martiarena, que buen hombre, se comió el solo a las siete de la tarde, un arroz con conejo y caracoles para ocho–. Me gustaría hablar con los dos para dejar claras cuatro o cinco cosas. Me gusta ver un país sin terrorismo.

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