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Mesa para dos

Miki López

Miki López

Director de la Guía Macarfi en la Comunidad Valenciana

¿El arroz nos vertebra o nos separa?

Quien vive fuera de la Comunitat Valenciana no tiene por qué entender nuestras diferencias. Ni distinguir entre paella valenciana, un arroz alicantino o uno de Castellón. Para ellos, todo es arroz. Y no pasa nada.

Imagen generada por IA

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El arroz es identidad en la Comunitat Valenciana. Lo cultivamos, lo trabajamos y lo comemos como pocos. Y, al mismo tiempo, lo discutimos más de lo necesario. 

La paella valenciana tiene reglas claras. Producto, técnica y tiempos. No hace falta insistir. Hay cocineros que la ejecutan con precisión y respeto, como Toni Montoliu o Vicente Rioja. Ahí hay un canon.

Pero el arroz no se queda ahí.

En Alicante y Castellón el mapa se abre: secos, melosos, al horno, de pescado, de carne, de temporada. Cambian los fondos, cambian los tiempos y cambian las costumbres. Y eso suma.

También cambian las formas de cocinarlo. Paella al fuego directo, con leña de naranjo, al sarmiento, a gas, con control técnico o con oficio heredado. Cada método deja su huella en el grano y en el sabor. No hay una sola forma de hacerlo bien.

El problema llega fuera. Para quien no es de aquí, todo es “paella”. Sin matices. Es comprensible.

Lo que ya no es tan comprensible es lo que hacemos dentro. Discutimos ingredientes, etiquetas y ortodoxias. Y eso, a menudo, nos resta más de lo que nos aporta.

La denominación de origen añade otra capa. La Denominación de Origen Arroz de Valencia fija un estándar, pero no recoge todo el talento. Proyectos como Molino Roca han crecido fuera de ese marco con reconocimiento internacional. El ecosistema es más amplio de lo que parece.

Y, en medio de todo esto, ha entrado un nuevo actor: la cocina canalla.

Arroces con huevo frito, con chuletón, con atún rojo, con algas. Propuestas que rompen códigos y abren otro debate. Qué es paella. Qué es arroz. Qué cabe en un paellero.

Aquí la línea es sencilla: se puede cocinar casi todo, siempre que haya respeto, técnica y criterio. El problema no es innovar. El problema es no saber qué se está haciendo.

Nombrar bien las cosas importa. No todo es paella. Pero casi todo puede ser un arroz.

Quizá toca una reflexión más calmada. Agricultores, cocineros, academias, asociaciones e instituciones —como la Academia de Gastronomía de la Comunitat Valenciana— tienen margen para construir un relato común. No para limitar, sino para ordenar.

Porque lo que tenemos es excepcional.

La Comunitat Valenciana es un paraíso del arroz. Por variedad, por técnica y por cultura. Aquí conviven la tradición más estricta y la creatividad más libre.

El arroz, junto a la naranja, nos representa. Y bien.

Al final, conviene poner las cosas en su sitio.

Quien vive fuera de la Comunitat Valenciana no tiene por qué entender nuestras diferencias. Ni distinguir entre paella valenciana, un arroz alicantino o uno de Castellón. Para ellos, todo es arroz. Y no pasa nada.

El error es complicarlo más.

Tenemos entre manos uno de los productos más reconocibles de España. La paella —o el arroz— es una marca global. Y eso exige claridad, no ruido. Cuanto más fácil lo hagamos, mejor se entenderá fuera.

Aquí dentro podemos matizar, debatir y afinar. Forma parte de la cultura. Pero hacia fuera toca simplificar y proyectar.

Ser inteligentes.

No perdernos en discusiones a corto plazo ni en la niebla del detalle. Pensar en largo plazo. Ordenar el mensaje. Construir una visión común que nos haga crecer.

Porque el arroz ya es fuerte.

La clave es no debilitarlo nosotros.

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