OPINIÓN
Zapatero, Ábalos, Morant, Zaplana y el periodismo
Un periodista conservador que cuestione al gobierno de turno hace su trabajo. Uno de izquierdas que haga lo mismo con el suyo ejerce, según esa doctrina, un heroísmo cívico.

Desgraciadamente la profesión periodística es noticia a cuenta del clima de corrupción que vive nuestro país. El oficio, que es el menos corporativo que se conoce ―a excepción de aquellos neoprofetas de la progresía, entusiastas, monolíticos y disciplinados― se ha visto violentado por las investigaciones policiales, las filtraciones y las pesquisas judiciales. Se escandaliza buena parte del gremio por aparecer en las portadas y en las transcripciones telefónicas, cosa que parece desgarrador si afecta a uno y menos si castiga al prójimo. Los reproches van por barrios, siempre han sido así. A unos se les puede sacar en negrita y en sumarios, a otros, en cambio, va de retro. De forma atávica, esa parte del colectivo que algunos han bautizado como la "sincronizada", pero que opera también en el ecosistema valenciano desde hace lustros, ha logrado aparentar solvencia, rigor y honradez. Schopenhauer teorizó sobre el arte de tener razón, un manual de uso, que debe sostenerse en una superioridad moral sin precedentes y capacidad para juzgar a quien no se ahormaba en sus propósitos. Desde la pena del telediario al asesinato público se han amontonado, también aquí, los casos.
Ahora, sin embargo, el viento ha virado 180 grados. En los casos Leire, Zapatero, P.S., Ábalos y Koldo, etc... hay una interesantísima vertiente para el debate, también manoseado, sobre las relaciones entre la prensa y el poder. Nada nuevo, como digo. El periodismo y el poder es un interfaz vasto e interesantísimo, del que se ha escrito mucho. Hay una cita que los manuales de periodismo reproducen con devoción casi litúrgica: "El periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas." La atribuyen a Orwell, aunque probablemente sea apócrifa. Lo interesante no es la frase, sino quién la cita y contra quién. En las redacciones de los medios no conservadores, hablemos claro, funciona como contraseña ideológica: periodismo verdadero es el que incomoda al poder —sobreentendido: al poder de derechas―. El resto es propaganda. Esta taxonomía resulta cómoda porque convierte la parcialidad en virtud y el activismo en rigor. Un periodista conservador que cuestione al gobierno de turno hace su trabajo. Uno de izquierdas que haga lo mismo con el suyo ejerce, según esa doctrina, un heroísmo cívico. La superioridad moral no se gana en la redacción: se declara en la trinchera.
Ese interfaz es familiar a un servidor. Con el tiempo y después de 36 años de ejercicio profesional, hemos transitado desde las redacciones a la comunicación como negocio o al periodismo de "infopinión". En las conversaciones de WhatsApp entre ZP y su asistente, el director de un medio digital, vamos a entendernos, bastante proclive al sanchismo incluso en las peores circunstancias, practica el lacayismo más impune ofreciendo de forma anticipada a la secretaria de Rodríguez Zapatero, la tal Gertru, un cuestionario sobre las mejores preguntas a realizar al interfecto para que en la entrevista en ciernes se sienta "cómodo". Ojo, no es algo insólito. He entrevistado en las últimas 3 décadas largas de desempeño profesional a empresarios, políticos y directivos de diverso pelaje. Entre ellos a varios presidentes o figuras de alto rango, incluidos expresidentes del Gobierno. Algunos de estos personajes, de forma vicaria claro, me han sugerido que anticipara las preguntas de la entrevista, pero nunca lo he hecho. No citaré a los que lo intentaron, pero sí a algunos de los que no se atrevieron a tanto. El Molt Honorable Ximo Puig abría y cerraba la temporada de El Faro en la 8 Mediterráneo en sus 8 años de mandato en el Botànic. No se le ocurrió, ni a él ni a ningún camarlengo, pedirme las preguntas. Y acudió fiel a la cita. Sin escudo ni hipotecas, a veces en ásperas circunstancias. Hace más de un año que giré invitación a Diana Morant, su pretendida sucesora. Aún estoy esperando a que me responda. Imagino que no quiere exponerse ante las preguntas obligadas para abordar el actual contexto de desintegración de su partido. Pero es lo que hay. A mi me parece una ofensa, pero no a mí, que tengo muchas garitas vigiladas, sino a los miles de telespectadores que nos escogen cada noche. Desde luego ni Paco Camps, ni Carlos Mazón, ni Eduardo Zaplana, ni Joan Ribó, me pidieron un cuestionario previo.
Todo esto viene a colación de los watsaps de ZP, que están dejando vendidas a más de una. Los chats de la discordia están aportando valiosísima información. Con toda seguridad, no son datos judicial o penalmente significativos, pero si que es información valiosa sobre el caso, porque nos ofrece a todos contexto, para conocer las coordenadas de un episodio gravísmo. En uno de los watsaps aparece Diana Morant, intentando boicotear la presencia de Zapatero en un acto del municipalista Jorge Rodríguez. Contra lo que reprocha José Muñoz, síndic del PSPV y hombre que brega sin protector en la lucha partidaria ―tampoco se le ocurriría pedirme un cuestionario―, la mención a Morant SÍ que interesa, porque nos ofrece el metadato del chanchullo y no "deshumaniza" a los protagonistas, como señala Francino, sino que nos ayuda a todos a comprender el asunto porque para muchísimos españoles lo de Ábalos es solo cosa "de cuatro putas". Y no es así. Los wasaps descubren que hay una legión de compañeros dispuestos a todo, incluso a negar la verdad, con tal de salvar a quienes les acompañaron en la cena de anoche. Durante mucho tiempo ese grupo ha señalado como apestada a determinada prensa, los pseudo medios, los fabricantes del fango y las mentiras, pero quienes estaban hasta las trancas eran ellos. La progresía mediática
La "sinistra" periodística estaba acostumbrada a tener razón, o a parecerlo, incluso cuando practican el relativismo moral, que es un deporte muy frecuentado. Como he dejado escrito, esto es como lo del alcalde de Manises, que los del pueblo asumían el latrocinio, pero al no haberse perpetrado en la ciudad "histórica y laboriosa", pues pelillos a la mar. Con Ábalos pasa igual, que es muy grave, escriben por doquier, pero "peor fue lo de Zaplana". Y no. No es serio hacer comparaciones entre causas judiciales tan complejas teniendo en cuenta únicamente las penas que se imponen. Este tipo de procedimientos judiciales conlleva una instrucción extensa con muchas pruebas, testigos, informes policiales y periciales, documentos, y en algunos casos seguimientos e intervención de comunicaciones. Luego hay un juicio oral donde en el plenario se practican todas las pruebas y solo después se dicta sentencia con la fijación de los hechos probados, fundamentos de derecho y el fallo. Insisto, la simple comparación de los años de cárcel no supera el mínimo rigor exigible. Y en términos absolutos, el caso por el que ha sido condenado José Luis Ábalos no es comparable con aquel cuya sentencia ha recurrido Eduardo Zaplana. Si, tienen como nexo que son fruto de corrupción política, pero la diferencia está en que en el caso Ábalos se ha enjuiciado una trama de corrupción sistémica que afecta al núcleo más poderoso de un gobierno actual, se han lucrado aprovechando la pandemia y se organizaron para cometer los delitos de forma estructurada y con división de funciones. Lo que se castiga no es solo un lucro ilícito, sino la erosión de los pilares que sustentan nuestro estado democrático, tal y como se recoge en la sentencia del Tribunal Supremo.