A Vicente Fernández, el "Marqués" de las Cortes del Cid
En este país de pícaros, donde los políticos se pegan bofetadas por un despacho con vistas, Vicente era una especie extinguida: un hombre honesto por puro aburrimiento de lo contrario.

Vicente Fernández García.
Hay ausencias que no se llenan con minutos de silencio oficiales, decretados por la cursilería institucional de corbata negra y gesto ensayado, sino con el ruido ensordecedor del vacío que dejan en la barra de un restaurante. Se nos ha ido Vicente Fernández García. Dicen las esquelas oficiales, tan almidonadas como predecibles, que la política valenciana está de luto y que el Consejo de Transparencia queda huérfano. Todo eso es rigurosamente cierto, pero se olvida de lo verdaderamente importante: se ha marchado un señor de los que ya no se fabrican, un jurista de colmillo retorcido, un socarrón indomable y un tocador de dídimos profesional de la hipocresía pública. Un amigo insustituible.
A Vicente, los que compartimos con él trinchera parlamentaria y vivencias políticas, como Eduardo (a quien Vicente, con su sorna galaica y afilada, llamaba "el fiancé") y el que suscribe, le llamábamos "El Marqués". Y no crean que por un título nobiliario expedido en el Palacio de la Zarzuela, sino por su porte, su andadura de dandi antiguo y esa soberana, absolutista e inapelable autoridad con la que manejaba las cosas del comer.
Con Vicente no se discutía el menú. Él decidía el restaurante, él elegía los platos, él marcaba el compás de la cena y pobre del insensato desorientado que osara sugerir un vino diferente al que el Marqués había decretado. Tenía un sentido común tan aplastante, tan demoledor, que discutirle una mesa era entregarse, con los brazos caídos, a una derrota digna y segura. Con los amigos marcaba el paso, y en esa tiranía gastronómica radicaba, precisamente, su forma de querernos.
En este bendito país de pícaros, advenedizos y comisionistas, donde los políticos de nuevo cuño se pegan bofetadas por un despacho con vistas, una moqueta más gruesa o un coche oficial con chófer, Vicente era una especie extinguida: un hombre honesto por puro aburrimiento de lo contrario. Vivía en Alcocebre, frente al mar, pero mantenía vivienda en Valencia.
Cualquier leguleyo de tres al cuarto, de esos que abundan en las listas electorales, habría visto ahí la oportunidad de oro para trincar de las arcas públicas a base de kilometrajes, dietas de desplazamiento y demás prebendas. Vicente, no. Renunció a cobrar un solo céntimo de esas dietas desde el primer día. Y no lo hizo para salir en los periódicos ni para colgarse la medalla de la falsa modestia, sino porque le daba la real, soberana y republicana gana ser el único dueño de su propia decencia. Su integridad no era una pose de campaña; era su armadura.
Tenía un verbo fácil, de los que ya no quedan, propenso a hablar con la claridad de la actualidad política o de lo que se antojara y no con el jeroglífico incomprensible del politólogo de guardia. Poseía un olfato jurídico finísimo, casi místico; allí donde los demás veían un pasillo despejado, Vicente olía la trampa, el decreto camuflado entre la maleza legislativa o la soberbia de algún alto cargo al que fiscalizaba con el rigor implacable de quien se sabe infinitamente superior en derecho y en ironía.
Cómo vamos a echar de menos aquellos sanedrines clandestinos en las Cortes. El "Ruedo taquillero" —ese bendito pasillo de las taquillas donde se arreglaba el mundo entre susurros y complicidades— o los sillones de "Confidencias", ese purgatorio laico que unía el hemiciclo con el edificio administrativo.
Allí, entre miradas de reojo y sonrisas de complicidad, Vicente diseccionaba la actualidad con el escarpelo de su sarcasmo. Fue allí donde maduró su audacia, la misma que le llevó a anteponer sus ideales a las malditas siglas de su partido, convirtiéndose en el muro insalvable que evitó la rebaja del listón electoral, o la que le empujó a denunciar al mismísimo presidente de la Generalitat -que hay que tener bemoles- sin que le temblara el pulso ni un milímetro.
Estoy firmemente convencido de que Vicente va a ser como el Cid Campeador. Incluso ahora, libre de la pesadez de la carne y del barro de la tierra, su memoria, su prestigio como jurista, su paso impecable por las Cortes Valencianas o el Consejo de Transparencia y sus escritos, van a seguir ganando batallas y haciendo retumbar la vida política valenciana, porque ni muerto van a conseguir que calle.
Pero detrás de ese gigante parlamentario, de ese vocal pulcro que defendió la limpieza democrática hasta su último aliento, había un hombre tierno, secretamente gobernado por sus pasiones más puras. La primera, los gatos. Era un apasionado absoluto. Un tipo peculiar, inigualable, capaz de ablandarse y susurrarle a un felino mientras mantenía la mirada de hielo ante un adversario político.
En la pantalla de su teléfono móvil guardaba, como el más sagrado de los tesoros, la fotografía de una gata que ya se le había adelantado en el viaje al otro lado. Así era él: duro por fuera, de una pieza, pero con el corazón tierno de los hombres verdaderamente grandes.
Y por encima de todo, de los gatos, de las leyes, de las Cortes y de nosotros, los amigos felizmente subordinados a su dictadura gastronómica, estaba Desi. Desiré. Su inseparable compañera, su roca, su ancla desde los ya lejanos y hermosos años de la facultad. Vicente era un hombre de decisiones firmes, pero necesitaba el faro de Desi para encender el puerto y tomar el rumbo correcto. Juntos lo hicieron todo; juntos edificaron una vida de lealtad inquebrantable, de esa que no necesita firmar papeles porque se lleva sellada en el alma.
Querido Vicente, "Marqués": nos has dejado profundamente huérfanos de inteligencia, que es la peor y más desoladora de las orfandades en los tiempos de necedad que corren. Nos dejas el listón demasiado alto, el vacío en el pecho y las cenas sospechosamente pacíficas, ahora que nadie nos obliga a pedir el entrecot al punto exacto que tú querías.
Vete abriendo camino, viejo amigo, y búscanos un buen sitio para cenar allá arriba. Pero esta vez, por el amor de Dios, deja que el vino lo elijamos nosotros... aunque todos sepamos, con una sonrisa contenida y los ojos empañados, que vas a terminar pidiendo el tuyo.
Descansa en paz, figura. Descansa en paz, Marqués.