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Pilu Hernández Dopico

Pilu Hernández Dopico

Docente, formadora de formadores y divulgadora educativa

El negocio del miedo

Deberíamos preguntarnos qué futuro estamos construyendo si los niños llegan agotados antes incluso de empezar

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El negocio del miedo Cada septiembre se repite la misma frase: «que no se quede atrás». Quizá la pregunta es quién convirtió la infancia en una carrera. 

Septiembre tiene una forma muy peculiar de presentarse: con prisas, listas, horarios y una sensación constante de que todo llega tarde. 

Inglés cuanto antes. Refuerzo por si acaso. Robótica porque es el futuro. Técnicas de estudio porque ya va siendo hora. Deporte, música, idiomas, tecnología, deberes, academias, actividades... La agenda de algunos niños empieza a parecerse más a la de un ministro que a la de alguien que todavía está creciendo. 

No seré yo quien critique una extraescolar bien elegida. Hay actividades maravillosas. Hay niños que disfrutan aprendiendo música, practicando un deporte o descubriendo algo que les apasiona. También hay apoyos necesarios, profesionales que ayudan y recursos que pueden marcar una diferencia. 

El problema no está ahí.

 El problema empieza cuando dejamos de elegir desde la necesidad real del niño y empezamos a decidir desde el miedo del adulto. Miedo a que no llegue. 

Miedo a que no destaque. 

Miedo a que los demás avancen más. 

Miedo a que pierda oportunidades. 

Miedo a que, si no empieza ya, sea tarde. 

Y el miedo, conviene decirlo, vende muchísimo. 

Vende cursos, métodos, cuadernos, aplicaciones, academias, promesas y futuros empaquetados con letras grandes. Todo bajo la misma idea: si no haces algo más, quizá no estés haciendo suficiente. 

Como maestra, me preocupa esa trampa. Porque un niño no necesita vivir septiembre como una salida de carrera. Necesita volver poco a poco a sus rutinas, dormir bien, sentirse acompañado, recuperar horarios, encontrar su sitio en el aula y empezar el curso con la cabeza lo bastante despejada como para aprender. 

Aprender no siempre exige añadir.  

A veces exige quitar. Quitar presión.

Quitar ruido. 

Quitar comparaciones. 

Quitar esa sensación de que la infancia es una lista interminable de competencias que hay que completar antes de que alguien nos adelante por la derecha. 

Nos han convencido de que prepararse para el futuro consiste en llenarlo todo. Pero quizá también deberíamos preguntarnos qué futuro estamos construyendo si los niños llegan agotados antes incluso de empezar. 

Hay una pregunta que me parece mucho más importante que «¿a qué más le apunto?». Y es esta: «¿Qué necesita de verdad este niño?» No el niño de la publicidad. No el del folleto. No el del grupo de WhatsApp. Ese niño concreto, con su ritmo, su carácter, sus miedos, sus fortalezas y su manera de aprender. Porque no todos necesitan lo mismo. Y ahí está precisamente la educación: en mirar antes de llenar. 

Quizá este septiembre, entre tantas ofertas, listas, horarios y actividades, convenga detenerse un momento. No para renunciar a todo. No para demonizar nada. Sino para recordar que no todo lo que se ofrece como oportunidad responde a una necesidad. 

A veces responde a un miedo. Y antes de repetir aquello de «que no se quede atrás», quizá deberíamos preguntarnos algo bastante más incómodo: ¿Atrás de quién? Porque quizá el verdadero negocio no sea vendernos una actividad. Quizá sea convencernos de que un niño que va a su ritmo ya va tarde.

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