Baldoví, la reliquia del nacionalismo valenciano
Hoy aquel valencianote que se había creado simpatías entre los medios de comunicación nacionales por su capacidad comunicativa y filtraciones interesadas, se nos ha convertido en proselitista de obviedades y de invenciones cargadas de mala fe o estulticia manifiesta
Joan Baldoví en el pleno
El germen de Compromís viene del año 1998, pero se formaliza en el 2010, aunque todavía cambiará varias veces el nombre de sus coaligados para presentarse a las elecciones intentando recoger desde grupúsculos cabreados a la izquierda de los socialistas, hasta desafectos con una “valencianía” de baja intensidad.
Compromís nació con la ayuda del nacionalismo catalán, hoy descaradamente independentista manifestando que su fin último es la segregación de la nación española, y un claro posicionamiento en favor de unos supuestos Països Catalans. Una vez conquistadas las islas Baleares y traspasado el Ebro había que llegar en escisión a la desembocadura del Segura.
En principio tuvieron algunos éxitos electorales, incluyendo el llevar a varios diputados a las Cortes generales y, por supuesto a las valencianas, colocar diputados provinciales y concejales, cuyos principios programáticos consistían en atacar a una derecha reaccionaria y fideicomisaria de sus líderes en Madrid. Pero entre Ximo Puig que apoyó la extensión lingüística vernácula para toda la Comunitat, aunque muchas regiones e incluso pueblos colindantes, tuvieran al castellano como idioma de nacencia y uso; y los iniciáticos podemitas que se-nos la impusieron en su postureo progre de salvar las desventajas lingüísticas, entonces Compromís quedó cercado y casi sin idiosincrasia propia.
Hoy aquel valencianote de fuerte entonación específica, un Joan Baldoví que se había creado simpatías entre los medios de comunicación nacionales por su capacidad comunicativa y filtraciones interesadas, gracias a su carácter y sonrisa empáticos; y ahora vuelto a la patria valenciana, se nos ha convertido en proselitista de obviedades y, lo que es peor de invenciones cargadas de mala fe o estulticia manifiesta.
Acusar al PP de permitir, se supone que a través de la Conselleria de Educación, el intento en algún colegio religioso de cambiar la identidad sexual de sus alumnos, es decir: convertir a los homosexuales convencidos en heterosexuales conversos, algo así como en la Edad Media ocurría en el ámbito religioso con judíos (marranos) y árabes (morisma), no deja de ser un delirio que sólo se le puede ocurrir a un menda desesperado por la decadencia de unos “compromisos” de los que ya se están ocupando otros y con mayor calado social. Yo no sé si la masculinidad será una enfermedad nefanda que padece la mayoría universal, y deberíamos volver todos/as al bisexual y permisivo mundo helénico y sus alternancias de tálamos combinatorios; pero de lo que sí que estoy seguro es de que en la actualidad existe respecto (casi exquisito y comprobado) por “el otro/a”, tenga la condición sexual que quiera, y a propósito, identidad protegida por ley constitucional.
El colectivo o colectivos LGBI (Lambda en nuestro territorio) hace muy bien, aunque a veces se pasan de folclorismo reivindicativo, en defender los derechos de todo el amplio espectro no homosexual, pero supongo que vocear en las Corts valencianes, interrumpiendo la sesión, beneficie para nada su causa, entre otras razones porque también en el PP y en Vox militan, y ejercen la política, gays declarados/as con todas sus consecuencias personales, y ningún desprecio u obstáculo por parte de sus direcciones en cualquier ámbito territorial. Podríamos dar nombres y apellidos, pero sería considerado como inadmisible machismo intolerante. Nada más lejos de nuestra intención, pues ya son muchos en la derecha y centroderecha liberal quienes han salido del armario expresando su condición con toda sinceridad y dignidad.
El gran cabreo de Baldoví, y de mucho medio de comunicación adjunto a los pies y letras del PSOE, rabiando hasta la espuma entre dientes al ver pasar el tiempo sin que caiga Carlos Mazón, cuando ellos/as tras sus desaforados y paranoicos ataques, pensaban que no les iba a durar dos días arrastrado por el fango de su ineptitud. Pero Feijóo ha demostrado no ser cautivo de sus verdugos a las órdenes de Pedro Sánchez; los ignora mientras se pegan cabezazos contra el muro de las lamentaciones clamando venganza y exigiendo agendas y wasaps, pero negándose a enseñar los propios tachados o borrados.
La Fiscalía, una vez más, le ha dicho a Joan Baldoví que se cante otra, que eso de las terapias homófobas no entra ni con vaselina anticlerical; a ver si ahora vamos a prohibir a los colegios religiosos que den el evangelio, suspendan misas y oraciones, y prediquen el agnosticismo o el ateísmo dentro de la moral ácrata más disoluta. Son los padres quienes mandan a sus hijos a estudiar en centros educativos apriorísticamente determinados en sus planes y formas de enseñanza, cumpliendo, obviamente, con las asignaturas marcadas por las leyes de ámbito nacional o autonómico de acuerdo con los reglamentos educativos vigentes.
No al revés.
Sólo Núñez Feijóo sabe cuándo va a cambiar a Carlos Mazón, y no hay mayor incertidumbre informativa que la de un gallego sabio de tierra adentro. De momento lo tiene de punch boxístico para que al alicantino se las den todas, y el como presidente del PP nacional pueda preparar las próximas elecciones automáticas que también lo lleven a ganar las generales cuando el hartazgo hacia Sánchez, y sus socios traidores del común España, resulte del todo insoportable.
Las ultimísimas encuestas resultan claramente demostrativas en intención de voto de Compromís a la baja en picado, al tiempo que el PP empieza a remontar, el PSPV se mantiene y hasta Vox supera a la formación de Baldoví.
Una reliquia de otro país y de otros tiempos.