ESdiario

Enemistando lenguas

Los políticos acaban enfangándolo todo, y cuando ya nadie se acordaba de viejas polémicas lingüísticas de la Transición, va la Diputación de Alicante y suelta por decreto que todos somos valencianoparlantes: un disparate propio de una mínima e indocta formación en Humanidades

Playa del postiguet de Alicante con el castillo de Santa Bárbara de fondo

Playa del postiguet de Alicante con el castillo de Santa Bárbara de fondo

Creado:

Actualizado:

Vaya por delante que aprendí a hablar y escribir catalán en la biblioteca Josep Torras i Bages de Vilafranca del Penedès con la recomendación y el apoyo de mis amigos (en su mayoría nativos) que, con amable deferencia cambiaban el idioma de su conversación para particularmente hacérmelo más fácil.

Además del sondeo que hizo y publica este periódico, personalmente también he consultado entre amistades y conocidos de toda condición intelectual y socioeconómica sobre el uso urbano del “valencià” en la ciudad de Alicante, la respuesta fue casi unánime: “de poco o muy poco a casi siempre ‘forzado’ para ser una lengua cooficial”; aunque la cosa idiomática cambia bastante (equiparándose ambas lenguas: valenciano y castellano, incluso predominando la segunda) cuando sales del perímetro capitalino y accedes a pueblos limítrofes, pongamos por caso Sant Vicent, Mutxamel o San Juan, y pedanías como El Palamó o Bacarot, la respuesta, según los sociolingüistas docentes, reside sencillamente en que la burguesía y la clase más erudita desde los siglos XVIII y XIX dieron preferencia al castellano, mientras los barrios, que popularmente se expresaban en valenciano (tendiendo al castellano como “parla més de señorets”). Hasta entonces la comunicación no era demasiado fluida entre el centro y el extrarradio, los barrios conservaban su peculiar idiosincrasia y la ciudad apenas se había expandido tanto perimetralmente.

Si bien, y dicho lo anterior, escasamente hubo problemas socio-comunicativos entre ambas lenguas porque los valencianoparlantes, aunque minoritarios al intentar escribir en su lengua-madre pues no tenían recursos docentes, y ya desde la escuela dominaban aceptablemente el castellano, mientras quienes se expresaban en la lengua de Miró, Azorín, Miguel Hernández…, mayoritariamente entendían el valenciano más popular en su deriva alicantina (aunque muy pocos sabían escribirlo de acuerdo con la normativa gramatical del iniciático Luis Fullana Mira en 1915); y así hubiéramos podido seguir con nuestro habitual, enriquecedor y muy compartido bilingüismo con el único y fácil esfuerzo social y político de mejorar desde primaria la filología de un valenciano comúnmente aceptado, como ya se había hecho con el catalán y su añadida adaptación balear, el vasco o el gallego.

Pero no, los políticos acaban enfangándolo todo, y cuando ya nadie se acordaba de viejas polémicas lingüísticas de la Transición, por ejemplo aquellas que tuvimos al no querer reconocer (o sí) la paternidad del catalán, (Lizondo versus Fuster) ahora va la Diputación de Alicante y suelta por decreto que todos somos valencianoparlantes, es decir un disparate propio de una mínima e indocta formación en Humanidades. Primero, porque varias zonas en el transcurso del Vinalopó, no lo son, tampoco la Vega Baja, Torrevieja… y siquiera Alicante capital; por cierto, unos días antes el Ayuntamiento capitalino se había pronunciado acerca de que la ciudad de Alicante hablaba castellano en un 90%, declarándolo lengua oficial y preferente, con lo cual se da la situación un tanto irrisoria de concejales/as (municipio) que a su vez son diputados/as (provincia) han votado en pura paranoia, es decir a favor y en contra de sí mismos y sin apearse de sus propias siglas. Y segundo, porque viene a demostrar no sólo el escaso nivel intelectual de nuestros amados representantes públicos, sino de vaguería y contradicción impropia de quienes cobrando un peculio nada despreciable si contamos “extras”, son incapaces de hincar los codos antes de entrar en una comisión, y ya no digamos en un pleno decisorio. Y tercero porque la letra no entra con la sangre de la oficialidad impuesta para superar unas oposiciones, comunicarte con un funcionario que sólo quiera hacerlo en una de las dos lenguas cooficiales, ni el gastazo en la cartelería informativa nos va a hacer cambiar por disposición de cualquier gobierno, desde el autonómico al municipal, las populares denominaciones conocidas y usadas de toda la vida.

Así que me la trae al pairo, o al añorado “fresco” que tanto se echa de menos con este ardiente estío, cuál es mi lengua “oficial”, seguiré hablando en valenciano, similar catalán o castellano según demanda de mi interlocutor/a en cada ocasión, incluso a veces es muy divertida una conversación a varias bandas idiomáticas. Para mí todas oficiales porque son enriquecedoras: se ha demostrado que niños capaces de manejar dos o tres lenguas en su ámbito de progreso desarrollan mejores recursos intelectuales y nemotécnicos muy útiles para su futuro, pero como decía al principio de este artículo ese aprendizaje, en aquel caso del catalán, fue un acto de voluntariedad compartida sin necesidad de mandatos institucionales. Y es ahí donde quiero ir para terminar: ¿porque lo pretenda Barcala, alcalde de Alicante y poco conocedor de la lengua de Estellés, vamos a arrinconar el valenciano a la nadería de lo anecdótico? ¿O por ese “valencianote” benidormense de nacencia, Toni Pérez, presidente de la Diputación, o sea toda la provincia desde Pilar de la Horadada a Dénia, y de Xàbia a Villena hablará, escribirá, y se supone que también “pensará” bajo normativa lingüística de la Marina Baja?

Éstos políticos cuando no tienen, o por lo general no quieren, nada mejor que hacer inventan polémicas bizantinas metiéndose en el primer charco que encuentran chapoteando estulticias y argumentaciones geográficas y lingüísticas que por banales e innecesarias nos avergüenzan a todos. Cierto es que de eso viven intentando no cambiar de oficio.

tracking