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Esa lengua que denigra

Alejandro García Raduán

Alejandro García RaduánAYUNTAMIENTO ELCHE

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Estoy en un grupo de chat, amigas mayormente, con quienes de vez en cuando hacemos quedadas gastronómicas, charlamos de lo divino (inescrutable), pero de lo humano cercano más frecuentemente. Esta mañana, al conectarme, corrían torrentes de imprecaciones contra Alejandro García Raduán, alcalde pedáneo de los Arenales del Sol, complejo costero perteneciente al municipio de Elche con una playa de más de 3 km a la que acuden alicantinos e ilicitanos por igual cuando buscan más espacio que las multitudinarias y abarrotadas playas desde El Postiguet hasta Campello.

Al parecer, el ya madurito pedáneo abusó con una veinteañera y delante de “testigo”, expresándose en un lenguaje sexual y soez sobre si la asaltada, impropia y verbalmente, debía aumentarse el pecho, y alguna corrección epidérmica añadida, para así poderle hacer fotos en bikini, incluso adjuntarla a una plataforma (OnlyFans), especializada también en citas a modo de prostíbulo cibernético, como Fansly, Pornhub, etc., donde cualquiera puede meterse previo pago. Pago que la plataforma reparte con el cebo. Todavía recuerdo una película de humor inglés en la que una señora medianeja y no muy atractiva completaba el sueldo familiar amamantando a su criatura, mientras por el teléfono erótico sostenía con el “cliente” conversaciones descaradamente pornográficas.

Nada más conocer las acusaciones de la denunciante, el alcalde de Elche, Pablo Ruz, ordenó, por tajante y muy expeditivo decreto, la destitución inmediata de Alejandro García Raduán de todos los cargos que tuvieran responsabilidades municipales. Ni siquiera, y como hacen otros, optó por “abrir expediente informativo”: a la puta calle y que sean los tribunales quienes declaren mayores penas (o no) contra el bocazas de incontenible lenguaje ante una chiquilla que, obviamente, se quedó paralizada.

Decía un viejo proverbio español: “donde tengas la olla, no metas la p…”, en clara advertencia sobre el inconveniente de entremezclar las relaciones laborales con otro tipo de “relaciones”, y mucho menos de tipo instintivo, por muy débil que pretendidamente sea la carne y el coco inconsciente, como si todavía anduviésemos en primitivos tiempos de homínidos. Del “aquí te pillo, aquí te mato” hemos pasado, a través de milenios, a la absoluta y necesaria prohibición de cualquier tipo de violación, aunque se reduzca al lenguaje verbal machista heredado de tiempos relativamente cercanos que nadie quiere (ni debe, por ley democrática) recordar.

Quizá por ello deba pasar un par de generaciones que sepulten la “mala educación”, porque desde primaria hasta bachiller se les enseñe a comportarse civilizadamente, incluso en el amplio aspecto sexual, mediante un cortejo sano y compartido, exento de improperios chabacanos y dominadores, como ha sido el caso de Los Arenales, donde un machongo que doblaba en corpachón, edad y tontuna provocadora a una criatura, quien al menos ha tenido el valor de denunciarlo, tantas otras, muchísimas más, se lo callan, y, a buen seguro, que deberá pagar la bravuconada de semejante impresentable.

Elche es la tercera ciudad de la Comunidad Valenciana, pero todavía tiene ese deje de pueblo en torno al cual todos se conocen, esencialmente entre familias que vienen de antiguo. Ahora el menda faltón deberá optar por el exilio, poca pena me parece, o evitar salir a la calle para no ser delatado como: “ese es Alejandro Díaz Raduán, el salido”. Quizás, y cuando llegue la sentencia (si es inculpatoria), este desagradable sucedido debiera enseñarse en las escuelas para que los chavales/as aprendan que la libertad expresa de uno/a acaba donde empieza la consentida reciprocidad del otro/a, y que hay muchísima expresividad amatoria más allá del porno puro y duro que hoy domina Internet, objetivamente incontrolable por mucho que nuestro Gobierno quiera legislar contravenciones. Solo tardarán minutos en encontrar otros canales pornográficos, y todavía menos si están prohibidos, lo cual los hará muy codiciados por el simple hecho de transgredir la norma oficial.

Como dijo Sigmund Freud, que de sexo sabía un rato: "Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla".

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