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Vivir en una zona sísmica

Me vienen recuerdos de mi estancia en Torrevieja cuando pude estudiar con cierto detenimiento el terremoto que la asoló el 21 de marzo de 1829 con casi 400 muertos y otros tantos heridos.

Daños del terremoto en Venezuela.

Daños del terremoto en Venezuela.EFE

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Abres un canal u otro y siempre ves las mismas caras desencajadas por la desesperación, el terror colectivo, y la angustia latente, en el mejor de los casos, de una Venezuela desgarrada en canal por dos terremotos inmediatos y devastadores, con el amago de un tercero, aunque, gracias a Dios de menor intensidad, pero y si cabe mayor susto. 

La lista de muertos y heridos aumenta oficialmente, las valoraciones externas se disparan y por miles cuando todavía quedan cientos por rescatar, además de los que todavía no fueron localizados.

Inmediatamente me vienen recuerdos de mi estancia en Torrevieja cuando pude estudiar con cierto detenimiento el terremoto que la asoló el 21 de marzo de 1829 con casi 400 muertos y otros tantos heridos cuando el actual emporio turístico con más de 100.000 habitantes apenas era un pueblecito de pescadores y salineros no llegaba a los 5.000. Va a hacer 100 años de aquella desolación de la Vega Baja, los mismos que el último en la ciudad de Cumaná en el litoral venezolano. Por no hablar de Ojeda, Ciudad Guayana y tantas otras que conforme pasan los días aumenta el hedor de los cadáveres sepultados, las grietas siguen abriéndose amenazando derrumbes y en los hospitales no quedan pasillos para tanta gente. 

Sólo los gastos inmediatos equivalen a la tercera parte del presupuesto anual venezolano, mientras que una auténtica recuperación para volver antes del seísmo triplicaría esos gastos; encima un gobierno en almoneda que dificulta la vuelta de la oposición exiliada propiamente o por decisión impropia de las autoridades actuales herederas del chavismo más intolerante.

Obviamente en la España actual la sintonía entre los partidos mayoritarios (a los que forzosamente deben adherirse los demás) debe ser inequívoca y decididamente consensuada poniéndose en marcha de inmediato con un gobierno y gabinete de crisis paritario.

Lejos de mi pensamiento todo atisbo alarmista, pero la naturaleza de la que se pueden predecir causas y territorios amenazados, nada nos cuenta del dónde, ni del cuándo, aunque en tantas ocasiones se muestra reiterativamente brutal y genocida, debemos al menos intentar ser previsores. Sabemos por los anales históricos que los seísmos y riadas en nuestra zona se dieron a partir del mes de septiembre, todos recordamos la de Santa Teresa en Orihuela engullida por las aguas. Pero y también el grave peligro latente que supone la falla de la Vega Baja como la más temible de todas según los sismólogos.

“A Dios rogando y con el mazo dando” pero decir también que todavía estamos en julio y nos quedan dos meses como mínimo para revisar pavimentos, estructuras, etc. con todos aquellos elementos complementarios que los japoneses, muy duchos por sufridos en ello, denominan “amortiguadores sísmicos” y endurecimiento de las normas con cimientos flotantes y refuerzo de vigas maestras. Todos suponemos que para nuestra desgracia habrá víctimas, pero que por lo mismo intentar que sean las mínimas, debemos aprender tanto de Japón como de México, curiosamente puntero en alarmas preventivas. En general de todas aquellas naciones que por haber recibido recientemente el aterrador “meneo” de sus suelos, han emprendido severas medidas precautorias.

En lugar de discutir sobre auténticas nimiedades con vistas electorales, deberían anteponer en los Presupuestos generales y autonómicos, una importante partida para vigilancia y refuerzo sísmicos. Si Francia estudia en España el por qué tenemos menos fallecidos (aunque no son pocos) por la ola de calor, nosotros deberíamos estudiar en los departamentos universitarios y tecnológicos de los pueblos más castigados, y a la vez avanzados en estos traumas geológicos, toda una colocación de sismógrafos, sensores de tensión de fallas, GNSS / GPS de alta precisión, porque luego vendrán los llantos y la tan fatídica como inútil pregunta habitual: “¿y si…?”

Los médicos dicen que la mejor curación es la prevención. Será por eso.

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