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Los alicantinos que fueron candidatos al Premio Nobel
Francis Mojica y Rafael Altamira se quedaron a las puertas de conseguir el galardón

Francis Mojica
Cada otoño, las instituciones encargadas de fallar los Premio Nobel convulsionan el panorama cultural e investigador al encumbrar, en ocasiones, a figuras desconocidas para el gran público. Todo comenzó en 1895, cuando el químico e industrial sueco Alfred Nobel estipuló en su testamento que su vasta fortuna se destinara a premiar a aquellos que hubieran aportado el mayor beneficio a la humanidad. En 1900 nació la fundación que lleva su nombre con el cometido irrenunciable de ejecutar sus últimas voluntades.
Sin embargo, el galardón nunca ha estado exento de controversia. Recientemente, el foco del debate ha vuelto a posarse sobre la concesión del Nobel de la Paz a Navi Pillay, envuelta en la polémica por antiguas declaraciones sobre los atentados yihadistas tras las caricaturas de Mahoma, interpretadas por sus críticos como un tibio compromiso con la libertad de expresión. De igual modo, la distinción en 2016 de Bob Dylan con el Nobel de Literatura desató un encendido reproche en los círculos literarios, donde se cuestionó que la máxima distinción de las letras recayera en un músico popular en detrimento de la narrativa formal.
En el ámbito científico, genera una viva perplejidad el reiterado olvido del microbiólogo alicantino Francis Mojica. Pese a ser el descubridor del sistema de edición genética CRISPR —hallazgo que revolucionó la biotecnología moderna—, la Academia Sueca optó por postergar al profesor de la Universidad de Alicante, quien, ajeno a los focos y habiendo rechazado tentadoras ofertas en el extranjero, prosigue sus investigaciones en España sin abandonar nunca las quinielas de favoritos a la medalla del químico sueco.
La amargura del soslayo no es nueva para el talento alicantino. Ya en 1933, la candidatura del jurista e historiador Rafael Altamira al Nobel de la Paz cobró fuerza en influyentes foros internacionales, sin llegar a concretarse. Una frustración que se repetiría en 1951, cuando otros nombres eclipsaron su figura. Humanista de convicción y pacifista militante, Altamira desempeñó un papel determinante en la gestación de los organismos de arbitraje internacional que precedieron a las Naciones Unidas, dejando una huella indeleble que, paradojas del destino, jamás obtuvo el refrendo formal de los comités nórdicos.