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Si no es indiscreción

Los españoles, el accidente y el amargamiento existencial

Como bien sentenciaba Umbral, la desgracia nunca desaparece; sólo cambia de barrio hasta que un día llama a nuestra puerta.

Zona del accidente en Urda (Toledo)

Zona del accidente en Urda (Toledo)JUANMA JIMENEZ

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Hay preguntas que no se le hacen a la teología para obtener un silogismo, sino al cielo para que nos devuelva un eco. A C.S. Lewis le temblaron los cimientos de la prosa cuando la muerte cruzó su umbral y comprendió que el dolor no es una fisura en el gran edificio de la fe, sino el susto con el que Dios despierta a un mundo dormido. Nos duele la muerte porque estamos hechos para la eternidad; nos rebela la injusticia del calendario porque en nuestro fuero interno sabemos que el hombre no nació para ser pasto de la estadística ni saldo de una mudanza trágica.

Asomarse al abismo del sufrimiento —esa herida que el demonio siempre acecha para convertir en duda— exige la valentía de mirar de frente a la ceniza. La abuela centenaria que se apaga en paz cumple la ley natural de la vendimia: el fruto maduro que se desprende de la parra porque el ciclo se ha cumplido. Pero la tragedia es otra cosa. Es la fruta verde arrancada a la fuerza por la granizada intempestiva. Es Adriana, con veintisiete primaveras por delante, convirtiéndose de pronto en la memoria de los que nos quedamos con veintinueve preguntándole a las vías del tren o al cielo por qué la providencia de las desdichas tocó su puerta y no la nuestra. Como bien sentenciaba Umbral, la desgracia nunca desaparece; sólo cambia de barrio hasta que un día llama a nuestra puerta.

Llevamos dos catástrofes en apenas diez meses y el reflejo inmediato es buscar culpables en los despachos o la dimisión de un ministro. Pero, como bien apuntaba mi querido amigo el obispo Manuel Acuña, Dios no da puntada sin hilo, y que todo tiene un propósito. Cierto es que los políticos han perdido la vergüenza y que la prensa ya no tumba gobiernos como antaño, pero el verdadero naufragio es espiritual y colectivo. Hemos cambiado la gratitud por el ansiolítico; hemos instalado en nuestros balcones el mirador permanente de la queja. Paseamos por unas calles repletas de rostros amargados, como figurantes de un sainete trágico, convencidos de que nuestros males son siempre exclusivos del vecino de enfrente.

Quizá la moraleja de este dolor que hoy nos sacude sea precisamente la urgencia de un éxodo interior. Hemos dejado de ver milagros porque hemos confundido el don de lo cotidiano con la vulgar rutina del calendario. Lo ocurrido en el trágico accidente ferroviario de Toledo debería servirnos como un hachazo en la conciencia para reformular nuestra escala de valores: dar gracias por el simple milagro de respirar un día más y extirpar de nuestros genes patrios ese rencor estéril y el revanchismo permanente hacia el prójimo.

Porque la vida —esta frágil y hermosa moneda que a veces maltratamos con desgana— es un don irrepetible que los ausentes ya no pueden disfrutar. Y a nosotros, los que aún caminamos bajo este sol de otoño, solo nos cabe la responsabilidad de vivirla con la dignidad de quien sabe que cada latido es, al mismo tiempo, un misterio y un regalo.

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